Mi viaje por Guatemala ha sido apasionante. Llegar allí conociendo que significa “lugar de muchos árboles” evita un fuerte impacto emocional. Comprobarlo como experiencia personal apreciando los diferentes matices, distinguiendo la composición en el entramado ecológico a que dan lugar latitud, relieve, vientos, temperaturas, suelos y uso humano resulta, además de una aventura, todo un proceso de crecimiento personal.

TIKAL, JOYA DE LA CIVILIZACIÓN MAYA

Viajar no es otra cosa que leer el libro del mundo escrito en la lengua internacional del discernimiento. La cadena volcánica de la dorsal occidental que recorre todo el itsmo mesoamericano de norte a sur me llevó a afirmarme en la creencia inicial de que todo aquel país era un episodio continuo de orogenias eruptivas, compartido además con el resto sudamericano.

Descubrir el asiento calizo en algunas de sus regiones ha sido una profunda sorpresa. Visto desde aquí, ahora es fácilmente entendible. El contacto tectónico entre placas, provoca la subducción a poniente, con el cordel volcánico tan característico, pero también la elevación del lecho marino en la costa oriental.

El gran océano, con su alto contenido en sales, provoca precipitado de las mismas con grandes acúmulos de caparazones, conchas y depósitos donde los carbonatos son protagonistas. Estas son las colinas que aparecen a medida que el trayecto se aproxima al este en busca del gigante Atlántico.

La naturaleza soluble de estas sales cuando vuelven a encontrarse con el agua, bajo determinadas condiciones ambientales, es la razón de ser de la cueva de Lanquín, de la espectacular composición de Semuc Champey y, como he podido comprobar personalmente, del florecimiento de la cultura maya.

Resulta más que fascinante analizar el proceso racional que los seres humanos han ido aplicando a lo largo de la historia sobre los recursos naturales y el territorio a su alcance. Aún más, estremece encontrar puntos de coincidencia entre culturas inconexas así como analogías que responden más a cuestiones de forma que de concepto y que inducen a pensar en préstamos culturales pese a encontrarse a miles de kilómetros de distancia en el espacio o de años, en el tiempo.

El paisaje se ha ido mostrando a lo largo del transecto lineal que supone un recorrido de este tipo, expandiéndose a veces cuando un punto estratégico facilitaba la apreciación de toda una panorámica. Desiertos, bosques naturales, bosques transformados, cultivos y la selva, facilitan una fantástica calibración del mosaico escénico que configura el territorio de este país.

En el camino del norte, hacia la península del Yucatán, uno encuentra el selvático mar del Petén. Adentrándose unos 60 km de la localidad de Flores se llega a Tikal, considerada hasta el momento, la mejor representación del esplendor de la cultura Maya. Sus 6.000 hectáreas de extensión principal, sus aproximadamente 90.000 habitantes y su círculo de influencia de unos 50 km de radio llegó a albergar casi medio millón de personas.

El esplendor de la cultura maya se extiende por un período de casi 3000 años, cifra que lo sitúa al nivel de las civilizaciones hindú, china y egipcia, muy por encima de la griega o romana.

Adentrarse en Tikal es una vía fácil para hollar la selva del Petén, la mayor extensión de bosque natural de todo el país, que trasciende más allá de la actual frontera mejicana. Los espacios abiertos por senderos y edificaciones permiten apreciar la magnitud de los árboles y la densidad de la vegetación.

Ceiba pentandra es aquí la reina del dosel arbóreo, pero también abundan los ejemplares del género Cedrela (cedro), Persea (aguacate), Maclura (tatajyva), Byrsonima (changunga o nanche), Aspidosperma (chiche o carretillo) como más representativas.

El sotobosque, pese a ser un ámbito extremadamente umbroso, se encuentra atestado de especialistas de hoja ancha y epifitas que saben aprovechar tales condiciones de escasa iluminación. Totalmente desconocido e inenarrable para mi.

También es, obviamente, uno de los mejores tests para entender la vida de las civilizaciones humanas en estrecha dependencia de su entorno natural y el colapso (Diamond, 2012) de las mismas cuando se quiebra el Principio de la Persistencia.

La civilización Maya, como tantas otras del Neolítico basó su prosperidad en la agricultura, no tanto así en la ganadería. Tal vez Egipto pudiera ser su paralelo más acertado, tanto por antigüedad y persistencia como por las megaconstrucciones líticas asociadas. Ambas practicaron el regadío e igualmente dependieron de la generosidad pluvial tropical. La una a distancia (Pulido, 2015), usando el río Nilo como gran canal conductor. La otra aprovechando directamente el agua de lluvia a través de acuíferos, embalses y su canalización.

Tal vez el Mediterráneo sólo adoptó el regadío como forma de cultivo cuando su mitad occidental perdió influencia sobre el gran granero que suponía el valle del Nilo. Conocido es que el Imperio Romano, pese a su dominio en la distribución del agua no practicó la agricultura de regadío. Hasta mucho después su escisión del siglo V no aparece en la antigua Hispania, de manos de quienes empezaron a llamarse andaluces (Barceló, 1995).

Al igual que los romanos, aprendieron a manejar el arte de la cal. Estos la usaron como componente fundamental en el mortero con el que unir los antiguos adobes masaríes, aquellos como sustituto de la piedra en sus construcciones megalíticas.

En el ámbito territorial maya, se distinguen claramente dos regiones, la norte y la sur. La primera con escasas altitudes y la segunda con elevaciones mucho mayores. En aquella, con unos 30 m de altitud fue factible la excavación en busca de alumbrar el manto acuífero dando lugar a los famosos cenotes de la Riviera Maya. En ésta otra, con planicies situadas a más de 200 m, aquella técnica no resultó factible con los medios de la época (Diamond, 2015).

Esta civilización no utilizó animales de carga. Esto, además de generar limitaciones en su logística, también suponía dificultades en el mobiliario. Manejar grandes bloques de piedra, les hubo de resultar poco práctico. En su defecto encadenaron una serie de procesos que les permitió utilizar a la perfección al medio que les daba asiento.

En los procesos cíclicos es difícil discernir el punto inicial. En este caso, la extracción de caliza en el subsuelo de las planicies del Petén generó grandes huecos. Estos se encharcaban sirviendo como acúmulo de agua. El clima de las zonas intertropicales es de lluvias estacionales, con un período seco variable, similar al del Mediterráneo. La diferencia es la ausencia de frío, sin limitaciones térmicas para el crecimiento vegetal a lo largo del año.

Las reservas de agua permitían el abastecimiento de las necesidades humanas y también el mantenimiento de una agricultura de regadío.

En la zona queda patente la presencia de los hornos de cal y de las excavaciones utilizadas como embalses. La cal (óxido de calcio) se obtiene mediante el proceso de calentar la roca caliza (carbonato cálcico) desprendiéndose en el proceso anhídrido carbónico y vapor de agua.

La reacción química es reversible mediante la adición del agua que se pierde en el proceso anterior, desprendiéndose calor. El producto resultante se conoce como cal apagada, que inicialmente es una pasta moldeable y que en contacto con el aire endurece lentamente volviendo a tomar la consistencia característica del duro carbonato.

Descubrir el manejo de estos procesos permitió usar la cal apagada como pasta para recubrimiento (revoco, enfoscado, enlucido, estucado) con diversas aplicaciones. El revestimiento de paramentos fue uno de los más utilizados. Su mezcla con arena y agua recibe el nombre de mortero y permitió sustituir al barro como elemento de argamasa en la unión de bloques o adobes posibilitando a la arquitectura una plasticidad que hasta entonces no permitieron los rígidos dinteles de roca monolítica. Los arcos y las bóvedas son su consecuencia más visible.

Los mayas utilizaron el mortero como recubrimiento impermeabilizante para sellar los estanques reservorios de agua. El ciclo debió empezar con la roturación de la selva con destino a producción agrícola. En los inicios neolíticos, el laboreo del campo se hace mediante la técnica de quema y roturado.

En algún momento de carencia hubo de descubrirse la ventaja del riego y la necesidad de embalse. Con casi 4000 mm de precipitación anual durante el período húmedo es fácil recoger grandes cantidades de agua a partir de una ligera escorrentía.

La excavación de huecos daba lugar a un excedente de leña, que en estas latitudes no se necesita para calentamiento doméstico y una provisión caliza que habría de irse acumulando en superficie. La combinación de ambas mediante el fuego es el proceso alquímico al que se ha hecho antes referencia.

La prosperidad agraria provoca garantías de supervivencia, incremento de población y aumento de las necesidades. El hombre neolítico es menos dependiente de la aleatoriedad natural que sus predecesores. Además, consigue dominar la selva. Productividad y crecimiento basado en recursos naturales, un bucle cerrado que debe ser cuidadosamente ajustado.

A diferencia de los mediterráneos, los mayas no usaron el bloque de adobe. Tampoco la piedra de grandes dimensiones. En su lugar consiguieron un producto original, en posición intermedia de aquellos. El adoquín calizo de medianas proporciones se convirtió en la pieza constructiva fundamental.

Con ella levantaron sus edificios principales, dejando las piedras de mediano tamaño para estelas y construcciones singulares. Crecer hacia el cielo era también un modo de ir acumulando los extractos de las excavaciones inundables.

Su tecnología además, es preventiva frente a sismos. En este viaje he descubierto el vano trapezoidal adintelado. A diferencia del arco, no tiene clave y su reparto de cargas y esfuerzos son muy distintos. Ante el desplazamiento de un apoyo, la estructura no se resiente del mismo modo. Hasta el punto que, según la intensidad prevista, puede prepararse un recorrido más o menos largo.

El nombre originario de la ciudad, según consta en las inscripciones que se han conseguido traducir fue Yax Mutul. Durante la visita, instalado en cualquiera de sus plazas resulta fácil comprender el por qué de su nombre actual, Ti ak’al, “el lugar de las voces”.

Ubicado en el interior de alguna de aquellos emplazamientos el eco colabora en mejorar su acústica. Obviamente es una cuestión de cálculo preciso destinado a facilitar la difusión del discurso de oratoria o arenga dirigente de personalidades señaladas.

Y como muchas otras civilizaciones, parece ser que los mayas se disolvieron en su propio éxito. La prosperidad incrementó las necesidades y la selva que volvió a vengarse sobre el lugar, absorbiéndola durante siglos, en un tiempo fue eliminada.

Los espacios agrícolas irrigados la suplantaron produciendo mayor riqueza y mayores necesidades. El manto selvático que interviene en los procesos atmosféricos mediante su potente capacidad de retención de la humedad y transferencia transpiratoria a la atmósfera fue eliminado, causando afectando a la intensidad de los períodos secos.

Hasta que un proceso de sequías intermitentes, por encima de la capacidad de reserva hídrica llevó al colapso de esta gran civilización entre los siglos VII y IX de nuestra era (Diamond, 2015). El proceso hubo de carecer de plazo adaptativo generando posiblemente grandes hambrunas y fallecimientos. Su población se disgregó a lo largo del territorio perdiendo las capacidades que le hicieron brillar culturalmente en el pasado.

El recorrido de esta aventura suele requerir de 5-6 horas de paseo entre aquellas construcciones. A la vista quedan multitud de promontorios que aún subyacen bajo el verde manto de la selva. Tal vez como venganza, tal vez como protección del tesoro que surgió de sus entrañas.

Suele finalizar en la cima de la pirámide IV (templo de la serpiente bicéfala), de unos 70 m de altura. Desde allí pude cuestionar el sentido solar de la misma e intuir que su finalidad no era otra que la de situar al ser humano por encima de la potente e indomeñable naturaleza de aquelllas latitudes. El hombre vence a la selva. Su capacidad de elevación es mayor que la potente Ceiba, cuyas copas normalmente forman un dosel continuo a unos 65 metros sobre el suelo.

La quietud lacustre que aparenta el verde manto que se puede divisar desde esta cima genera tal sensación al contemplar la reposada horizontalidad de esa potente selva de otro modo difícilmente gobernable. Soy el más alto sobre la tierra, debió pensar el rey o sacerdote que profesara sus ritos desde tamaña atalaya.

El capítulo dedicado a la desaparición de los mayas en el libro de Jared Diamond es una lección más de cómo la simbiosis entre el Hombre y la Tierra parece condenada a no llegar a buen término. Frustra comprobar cómo se sigue mercadeando incluso con el Principio de la Persistencia, hoy en día llamado Sostenibilidad, y bajo las premisas del cambio climático subyace una estrategia mercantil dirigida por aquellos quienes no tuvieron reparo en llevarnos hasta aquí a base de explotar los recursos hasta su agotamiento desde lo que se conoce como Revolución Industrial.

Y obviamente después de VER TIKAL,….., HORI ZONTAL

No te debes perder el atardecer en el lago Petén Itzá desde El Remate.

Antonio Pulido Pastor
Tottori Trip

Referencias:
Barceló, M. (1995).- El agua que no duerme, fundamentos de la arqueología hidráulica andalusí. Fundación El Legado Andalusí-Sierra Nevada 95. Granada

Diamond, J. (2012).- Colapso, por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen. Pags 213-238. Editorial Debate. Barcelona

Pulido Pastor, A. (2015).- El monzón del Índico en el origen de las civilizaciones humanas. Chronica naturae 5, págs. 81-90. Asociación Hombre y Territorio.