No existen bosques incólumes en toda Europa. La acción homínida sobre cualquiera de ellos se ha venido repitiendo durante el último millón y medio de años, cuando se empezó a usar el fuego como herramienta de manejo de la vegetación y de la fauna salvaje (Sevilla, 2008).
Pese a ello, el reciente período de descanso sobre los recursos leñosos, provocado por el uso de energías fósiles, ha permitido la recuperación de algunos lugares hasta hacernos insospechable la enorme carga y trasiego humano que pasó por ellos a lo largo de su pasada historia.
Las selvas de la Sierra del Aljibe, en el suroeste ibérico son un buen ejemplo y el rincón de La Sauceda, tal vez la mejor muestra de lo que puede ser la recuperación natural de un bosque autóctono.

LA SAUCEDA, EL BOSQUE VIRGEN DEL SUR DE EUROPA

Cuatro días de asueto en esta pasada “Semana Santa” me han dado para recorrer la serranía occidental de la provincia de Málaga. Desde Tolox, en la cabecera del río Guadalhorce, hasta el límite de Cádiz, en la cuenca del Hozgarganta. En su centro, Sierra Bermeja y el Valle del rio Genal.

Tras navegar inmerso entre alcornocales regreso con el alma entretejida por árboles y pájaros, los ojos impregnados con la amplia paleta cromática de un aprendiz de verdes y la memoria perfumada por el aroma de una explosión de flores.Brezos blancos, rosados, retamas, genistas y escobones forman un mosaico multicolor que viste las laderas más soleadas donde a veces los jarales, simulan ser extensos campos de algodón en esta época del año.

Es la alfombra que cubre los huecos donde el extenso dosel arbóreo ofrece bulas para vegetar. Bajo el imperio de su densa sombra sólo grandes especialistas como musgos, líquenes y helechos tienen la regia merced de disponer de sustrato sobre el que instalarse y prosperar. Como rédito, humedad y hojarasca parecen no tener límites entre sus dominios.Situado entre las provincias de Cádiz y Málaga, hay un extenso bosque mixto donde las especies generalísimas son parientes cercanos, un reino endogámico donde el trono real queda en familia. A diferencia de otros bosques mezclados, no hay lugar para las coníferas ni las especies forasteras. El género Quercus es el monarca. Alcornoque (Q. suber L.), quejigo o roble andaluz (Q. canariensis Willd.), encina (Q. ilex L.) e incluso rebollo (Q. pyrenaica Willd.) cohabitan en esta cornisa montañosa que parte en dos el territorio entre el Atlántico y el Mediterráneo.

Unos y otros, con sus diferentes hábitos vegetativos dinamizan el paisaje al estilo de los bosques del norte. Para los habitantes del sur, viene a ser como visitar los espacios boscosos cantábricos, apenas a dos horas de camino. Al cabo del año, sus diferentes estados de color y copa dan lugar a cambios cromáticos y de luz que resultan asombrosos. Poca gente sabe, por ejemplo, que los alcornoques tienen hoja anual caediza. Pero a diferencia de lo habitual, su marchitez y caída tiene lugar en primavera, llenando de ocres variopintos el continuo verdín de la cubierta forestal.La selva más perfecta es la ecuatorial y tropical. Ninguna como ellas reúne tal cantidad de especies y complejidad estructural. Su copia más perfecta es esta otra, la macaronésica. Su desviación del estado siempreverde de aquella pluvisilva viene dada por la menor temperatura media que provocan altitud y latitud. Esta laurisilva meridional, de Mágala y Cái, con su verde persistente gana en luminosidad al resto de cornisa atlántica peninsular, por donde también se extiende.

Radiación solar y precipitación anual, son los obreros principales que arman este escenario boscoso en las sierras gaditanas. La composición litológica y pendientes del suelo, son los peones secundarios. Sin embargo, tan determinantes hasta el punto de condicionar la presencia del castaño, el alcornoque o el rebollo por su incompatibilidad con el mineral del calcio.

Y en esta catedral selvática, de inmensas proporciones y carácter sagrado, La Sauceda se erige en santuario principal. El nombre, pese a lo que pueda parecer, no deriva de árboles sino de personas. Apenas existen sauces en la zona, es más dominio del fresno (Fraxinus angustifolia Vahl.). El nombre procede del enclave habitado en que se convirtió, lugar de residencia de gente de condición humilde, a veces rechazados, los desahuciados. Dedicados a labores forestales de interés en la época como fueron el pastoreo, el carboneo y la madera, llegaron a generar un núcleo notable en su tiempo que se prolongó hasta el desastre humano acaecido después de la última contienda civil española.Pese a las abultadas proporciones que alcanzan los números pluviométricos en esta zona del suroeste ibérico la existencia de este santuario forestal es más una cuestión de magia que de potagia, de nubes que de aguaceros. La humedad no aparente provocada por las nieblas casi constantes, la precipitación horizontal, genera un doble efecto.

Por una parte, reduce la capacidad evaporante de la atmósfera. Por otra, provoca un continuo de humectación que se fija en el denso entramado diseñado para atraparla. Hojas, ramillas, cortezas, musgos, líquenes, helechos, fisuras, hojarasca. Todo aquello con potencial higroscópico retiene el minúsculo gramaje aerosol y lo conduce hacia el suelo.

La roca que origina estos suelos da lugar a perfiles arenosos, sueltos, donde las raíces pueden profundizar, la materia orgánica acumularse y la humedad discurrir por el subsuelo hasta encontrar el cielo abierto de una pequeña cárcava o reguero. La unión de la profusa red existente da lugar a los numerosos arroyos que mantienen el ambiente fresco y sonoro de estos barrancos umbrosos.

El resultado general es la mejor muestra de bosque autóctono existente en mucho territorio alrededor. No es solo la existencia de singularidades de la laurisilva terciaria como el ojaranzo, el acebo o el madroño, es la inmensa cantidad de árboles notables de dimensiones descomunales.A pesar de haber sido un bosque aprovechado por el hombre en intensidad notoria, la particularidad del trasmocho así como la capacidad regeneradora del sistema han permitido la persistencia de pies de dimensiones colosales como no se encuentran fácilmente en otros puntos de la provincia. Sólo por eso, el enclave ya reúne valor suficiente para la visita.

A ello hay que agregar algunos encantos particulares como son las rocallas y saltos de agua en sus arroyos. Preciosamente vestidos de musgo y helechos parecen más obra de jardinería que de origen natural.La laguna del moral, sus extensos pastizales llenos de flores, el ganado y las reses salvajes, así como la observación de avifauna son otros reclamos de interés para el visitante atraído por la naturaleza.

La estancia en el lugar se facilita con la posibilidad de alojamiento y pernocta en el antiguo poblado de La Sauceda. Las cabañas de aspecto tradicional se encuentran ahora en uno de sus mejores momentos con comodidades higiénicas y de aseo personal que no han existido en otras épocas.

Todos estos ingredientes no pueden sino dar lugar a un enclave singular que tiene mucho de mágico. La conexión con el yo natural y primario es automática desde el primer segundo en que la mirada se incrusta entre las copas de estos árboles o en el horizonte de sus perfiles montañosos.

En pocos lugares el silencio te contará tantas cosas como en este.

Dedicado a Manolo Méndez, que ha podido culminar su vida laboral en este bosque de sus sueños. Y a todos los alumnos y compañeros que con él compartieron jornadas memorables en La Sauceda.

Contacto reservas: 671 657 875 (Olga Ríos)

Referencias:
Sevilla, F. (2008).- Una teoría ecológica para los montes ibéricos. Instituto de Restauración y Medio Ambiente. León