Han pasado tan solo 4 años. Un grupo de seis españoles nos embarcábamos rumbo a Turquía para realizar un proyecto de voluntariado sobre jóvenes en una ciudad, para nosotros desconocida, al sur del país: Gaziantep, ciudad de la cual hablaré detenidamente más adelante. No obstante, hicimos parada previa y, un tanto, obligada en la ciudad de Estambul.

Estambul, indiscutiblemente, la mayor y más poblada ciudad de Turquía, es considerada el centro histórico, cultural y económico del país. Su gran valor artístico y su situación geográfica ubicada en el Estrecho del Bósforo hacen de ella una de las ciudades más distinguidas del mundo, siendo además una de las ciudades transcontinentales situada entre Europa y Asia.

Quizás en un principio ninguno de nosotros sabía mucho sobre la ciudad, pero a todos nos sorprendió positivamente. Todo se encontraba plagado de una gran diversidad de gente, todo tenía un ambiente distinto, un color diferente, un olor singular.

Solo tres días fueron los que pasamos en Estambul, tres días completos de zonas que visitar, restaurantes a los que acudir y lugares que descubrir. Por suerte, uno de los integrantes del grupo de españoles conocía a un estambulí, así que todo resultó ser mucho menos complicado. A veces el ser turista puede atraer cierta conveniencia comercial.

Ya desde el primer día todo nos resultaba peculiar. Cada rincón de la ciudad poseía un atractivo propio de la esencia turca. Tal vez eran esos pescadores sobre el puente disfrutando del pasear de los turistas de un lado a otro al tiempo que observaban sus capturas de pesca.

O probablemente sus abarrotados mercados llenos de especias, muy variadas y peculiares del país, los que nos envolvían en otro mundo, junto a sus lamparitas típicas de la zona, que atraían la vista de cualquiera.

Deambulábamos por una ciudad repleta de una indudable multiculturalidad, con sus singulares costumbres y sus características propias de la sociedad turca, donde convivían diferentes culturas, tradiciones y creencias.

También tres fueron varias de sus grandes construcciones las que pudimos contemplar:

La Mezquita Nueva, vista desde abajo, podía parecer mucho más pequeña de lo que en realidad es. Abrirte paso entre tanta multitud resultó ser una laboriosa tarea.

La Mezquita Azul o del Sultán Ahmed, única en la ciudad con seis alminares, y situada frente a la Basílica de Santa Sofía,  separadas ambas por un jardín.

De la Mezquita Azul se dice que su espléndido exterior entra en armonía con su magnífico interior, logrando que sus espléndidos mosaicos azules creen una atmósfera muy singular. Lástima que no pudimos entrar a contemplarlo.

La antigua Basílica de Santa Sofía, convertida posteriormente en mezquita y siendo actualmente un museo, nos daba ese otro perfil del jardín, hallándonos en un mismo sitio y pudiendo observar sutilezas tan diversas.

Nada era esperar, todo era nuevo e insospechado.

Sus extrañas calles guardaban particulares sensaciones a las que no estábamos acostumbrados.

Un vaso de té recién tomado por uno de los clientes de una cafetería y colocado sobre la acera del local.

Un gato que observaba plácidamente esos platos ilustradamente maquillados tras el escaparate de una tienda de decoración.

O esas maravillosas vistas del atardecer en Estambul al otro lado del mar.