Todo lo que empieza termina algún día y finalmente mi idilio con Koh Tao llegó a su fin, tras una estancia en la isla de varios días, en los que tuve mi primer contacto directo con la cultura tailandesa. Comenzaba así la segunda etapa en mi aventura, dejando la comodidad que pueden ofrecer las islas para el turista occidental para viajar al noroeste de Tailandia, a la desconocida para muchos Isaan.

KOH TAO

Nos despertamos temprano con la idea de dar un pequeño paseo por Koh Tao antes de coger el ferry con dirección a Chumphon, nuevamente. Casualmente ese día era el primer día de la festividad reina de Tailandia, el Songkran, el año nuevo tailandés. Realmente no era casualidad, precisamente viajaba al noroeste con la intención de pasar allí el año nuevo y conocer esta festividad desde dentro.

El Songkran tiene una particular forma de festejarse, con una enorme guerra de agua. Todo hombre, mujer y niño que se precie porta pistolas de agua, cubos y cualquier medio que ayude a empapar de agua al `rival´, haciendo por tanto esos tres días una gran y divertida batalla campal.

Pero en Koh Tao el amo de esta fiesta no es otro que el turista medio, por lo que mientras paseábamos por las tiendas un grupo de jóvenes y no tan jóvenes nos asaltaron, mojándonos totalmente. Mi cámara fotográfica salió indemne de milagro, no sin antes jurarles al grupo de turistas vendetta al más puro estilo malagueño. Aunque si algo me quedó claro ese día es que el Songkrang es el enemigo número uno de cualquier fotógrafo, ya que como en el lejano Oeste, no hay leyes, aunque entre los tailandeses sí que suelen respetar ciertas cosas, como la de no mojar a niños demasiado pequeños o a personas mayores. Pero por lo demás no hay límites y menos para los turistas de ojos redondos.

Tuvimos que volver al hotel a refugiarnos, porque en parte ya me había ganado muchos enemigos fuera y era el blanco de sus pistolas de agua. Mientras hacíamos tiempo y devolvíamos la moto que alquilamos rezando para que no nos cobraran más por el incidente que tuvimos, nos relajamos bebiendo refrescos y despidiéndonos de algunos de los trabajadores del hotel. Entre ellos un hombrecillo del que no recuerdo bien su nombre pero me saludaba todos los días y siempre acabábamos hablando un rato de algún tema.

Finalmente uno de los empleados del hotel nos acercó al puerto en una furgoneta del propio hotel, esta vez al igual que la primera vez que pisé la isla, tuvimos que lidiar con el agua para no acabar empapados. Aquella vez se trataba de la lluvia, de una tormenta increíble, pero esta vez no se debía al tiempo, porque hacía un sol radiante y un calor sofocante. Se debía al Songkran y que un par de turistas en la parte trasera de una furgoneta son la diana perfecta para todo el que nos veía pasar.

Nos bajamos en el puerto, nuevamente estaba abarrotado y estuvimos esperando, viendo como los niños tailandeses disfrutaban del Songkran en la propia playa, hasta que pudimos embarcar. En esta ocasión el barco era más grande que en el viaje de ida y sin el oleaje de aquella vez el viaje se hizo bastante ameno. Era curioso, pero mientras esperábamos me gustaba observar a todos los turistas que estábamos sentados en el puerto y siempre era fácil diferenciar las nacionalidades de cada uno, los españoles siempre destacábamos por llevar esas barbitas tan de moda últimamente.

CHUMPHON

La travesía en barco fue rápida y sin incidentes. Una vez en el puerto de Chumphon, volvimos en un micro-bus al aeropuerto de esta ciudad, (del que ya hablé anteriormente), para volver a coger un vuelo con dirección Bangkok. Allí pasé una noche a la espera de que a la madrugada del día siguiente tomara otro avión rumbo a Isaan, concretamente Sakon Nakhon, la segunda protagonista en mi viaje por Tailandia.

BANGKOK

Esa zona del país a diferencia de otras como las islas no son para nada turísticas, por lo menos la concepción del turista que viaja a Tailandia. Quizás el turismo que viaja más a Isaan es un turismo interno, de tailandeses que por un motivo u otro se desplazan a esta región. A diferencia de todos los vuelos que había cogido anteriormente desde que inicié mi viaje, este fue distinto, básicamente porque yo era el único occidental que viajaba dirección a Sakon Nakhon, bueno también viajaba otro farang acompañado de su mujer tailandesa.

Para llegar a Bangkok aterricé en el Aeropuerto de Suvarnabhumi el aeropuerto internacional, pero para los vuelos internos que llevé a cabo tuve que trasladarme al Aeropuerto de Don Muang, con suerte los propios responsables del hotel en el que me alojé en la capital esa noche me acercaron al mismo.

El vuelo tardó poco en llegar, cogimos el primero de todos los vuelos que salían rumbo a esta ciudad del noroeste de Tailandia, que cuenta con unos pocos vuelos directos desde las más importantes ciudades tailandesas. Y es que la bajada de precios en estos vuelos, sumado en parte al crecimiento económico en mayor o menor medida de la sociedad tailandesa fomentó que para cualquier tailandés fuera más viable viajar en avión que en otro medio de transporte, como lo es el autobús que obliga a cualquier viajero a perder un día entero viajando.

SAKON NAKHON

El aterrizaje me sorprendió, no porque ocurriera nada extravagante, sino por las vistas desde mi asiento. Sakon Nakhon se ubica en una planicie pantanosa y desde las alturas era como llegar a otro país totalmente distinto al que había estado visitando en los últimos días.

El aeropuerto tenía mucha semejanza al que había visto en Chunphon, quizás este fuera algo más grande y en parte me sorprendió menos porque estaba ubicado en una zona más urbanizada, no en plena selva. Nuevamente me recogieron en una furgoneta y me trasladaron al propio hotel que se encontraba dentro de la ciudad, una ciudad en la que me alojaría los siguientes días.