Como un itsmo natural, pontificando las tierras del mediterráneo oriental con las de Asia central, la península de Anatolia siempre ha condicionado el paso desde el continente más grande hacia la periferia. Desde aquel otro extremo, en el que se desarrollaron tempranas y prósperas civilizaciones han existido durante decenas de siglos rutas de flujo comercial y cultural que traían bienes preciados y las novedades de progreso. Casi siempre fueron contestadas con aventuras militares desde esta otra parte, ávidas por alcanzar los puntos de control que fueron garantía de progreso y riqueza. Si la antigua Persia es el corazón del mundo (Frankopan, 2016), el puente de Asia Menor son su cava y aorta, por las que circulan las entradas y salidas de y desde aquel. Es por eso que la prosperidad se mantuvo bajo distintas manos en este área a lo largo de varios milenios haciendo de la extensión bizantina de Roma, el Imperio más longevo de la historia conocida de occidente, dando réditos a los turcos una vez conquistada, durante casi medio milenio más. La ruta de la seda fue la vía comercial más féraz y antigua conocida que inundó de vida y desarrollo los territorios a su paso. El más allá comenzaba a orillas del mar en Antioquía, la puerta del mundo.

TURQUÍA, LA PUERTA DEL MUNDO

El afán expansivo y conquistador de los pueblos del Turkmenistán (turcos u otomanos) hacia occidente, no era una simple emulación de los grandes logros que sus vecinos los mogoles habían logrado alcanzar en sus movimientos hacia el este (China) y luego hacia el sur (Hindu Kush, India) sino que sabían muy bien que llegaban a una de las grandes joyas de la cultura universal de todos los tiempos (Bizancio), poniendo fin al imperio más prolongado de occidente (Roma) con la toma de la ciudad de Bizos y de Constantino en 1453. El gran capital cultural acumulado en estas tierras era consecuencia de esa posición privilegiada que canalizó el tráfico de mercancías y riqueza desde el lejano oriente por la ruta norte que descendía de las alturas del Pamir y el Himalaya, bordeaba el mar Caspio por su orilla sur y se embocaba hasta el mediterráneo. Más de dos mil años se acumulaban allí desde que Ciro el Grande llegara a esas orillas mediterráneas poniendo bajo una misma órbita las fronteras de la India con las de los Balcanes. Aquella conquista cambió el nombre y la puerta del mundo empezó a llamarse Turquía. Su bisagra se atascó entonces, generando el pánico en los comerciantes mediterráneos que alimentaron la esplendorosa ostentación de la Italia renacentista. Eso impulsó la navegación atlántica de Portugal, que circunvaló por primera vez el continente africano con destino a India poco después y de Castilla, que intentó no perder su zaga acortando distancias en travesía directa con viento alisio a favor. El mundo se amplió hacia poniente y generó nuevos réditos a Europa como una consecuencia más de los sucesos ocurridos entre el Mar Negro y el Mediterráneo.

Para la cultura occidental, la historia de la península de Anatolia enmudeció tras el declive griego bajo el monopolio deslumbrante que Roma ejerció en el contorno del Mare Nostrum. Pese a ser el germen y bastión del cristianismo oriental durante más de mil años, fue postergada también al atribuirse el Pontificado romano la legitimidad espiritual de Europa, hasta el punto de urdir y ver con buenos ojos la invasión y caída de Bizancio que supuso la IV Cruzada en 1204. Y en los últimos cinco siglos, la potencialidad militar y el contrapunto islámico que mantuvieron los turcos la dibujaron como temible (Herrin, 2009).

Adentrarse en un escenario tal no puede ser sino una apasionante aventura que sirve además para ir ensamblando las distintas piezas con las que poder completar la legendaria ruta de la seda. El ingente patrimonio arqueológico que acumula en su haber además de sorprendente, resulta sencillamente abrumador. El paisajístico y ambiental por su parte, tampoco dejará indiferente a quién esté interesado en cuestiones naturalísticas, con cadenas montañosas que parecen interminables, pobladas de bosques inesperados para alguien acostumbrado a los parcos escenarios forestales del Mediterráneo occidental. La Península de Anatolia es ahora Turquía, con el añadido que logró mantener de la península Balcánica tras su disolución imperial al finalizar la I Guerra Mundial. Con sus aproximadamente 750.000 km² viene a resultar como vez y media la superficie de la España peninsular.

La aventura de un viaje en grupo comienza en el lugar de origen siempre que las personas congregadas son desconocidas. En esta ocasión, volví a hacerlo de la mano de 3000Km viajes de aventura, que suele ser garantía de cordialidad resolutiva.

Anatolia es como la pieza de un gran rompecabezas encajada entre las placas tectónicas de los continentes europeo-asiático y africano. Su complicada geología es consecuencia de esa posición y la responsable de su paisaje. El choque entre las colosales moles de África con Asia dan lugar a empujes que generan la elevación de altas cordilleras: Los montes Tauro al sur en el borde Mediterráneo y los Montes o Alpes Pónticos al norte, bordeando el Mar Negro. Entre medias, la alta meseta de Anatolia, donde los fenómenos de vulcanismo fueron abundantes en otro tiempo, siendo posible apreciar aún hoy día los extintos conos de sus volcanes. Cada una de estas zonas tiene una litología particular que, junto con su climatología y altitud condicionan la tipología del manto vegetal que reviste su paisaje. Mientras casi todas las especies suelen tolerar bien los suelos ácidos o de reacción neutra, no ocurre igual con los suelos carbonatados de pH alto. Es el caso de algunas fagáceas como el castaño, el alcornoque y algunos robles.

Las montañas suelen presentarse cubiertas por bosques, dada su mayor precipitación pluviométrica o nival, siendo sorprendente incluso en el sur la gran extensión boscosa que se presenta en este país. A ello contribuye también su pedregosidad y altas pendientes, que las hacen inadecuadas para el uso agrícola. Por el contrario, las mesetas interiores, tienen climatología suficiente para los cultivos, siendo ocupadas por grandes extensiones cerealistas en secano o distintas opciones de regadío en la proximidad de sus grandes ríos o disponibilidad de aguas subterráneas.

La llegada a este país por vía aérea se realiza a través del aeropuerto internacional de Estambul. El vuelo directo desde Málaga o Madrid ocupa unas cuatro horas y media. Desde allí, el destino a Capadocia requiere un vuelo doméstico que parte desde el aeropuerto de Sabiha Gokçen en la orilla asiática de Estambul, a unos 50 km del anterior. El recorrido a última hora de la tarde transmite las primeras impresiones sobre esta enorme ciudad. El trayecto periférico circunvala el estadio del Galatasaray, uno de los equipos de fútbol emblemáticos del país, así como una zona de edificios modernos muy elevados que causan sensación. También se muestra un entorno asombrosamente boscoso, con formaciones de frondosas que recuerdan mucho al paisaje del noreste ibérico. El atardecer sobre el Bósforo se torna precioso, con las clásicas siluetas de basílicas cupuliformes rodeadas de sus alminares en aguja, los reflejos sobre el agua del colorido crepuscular y la multitud de luces que decoran los sombríos perfiles del terreno sobre el mar.

El aeropuerto de destino se encuentra en Kayseri, a unos 750 km por carretera. De ese modo, en apenas una hora se sortean las ocho de bus que exige el recorrido. El ahorro en tiempo es abismal para lo escaso de la diferencia en coste, unos 4 euros. Por lo que he podido constatar, los viajes terrestres no son aquí tan baratos como en Irán. Una vez en Kayseri, el traslado a Göreme se efectúa por carretera (unos 70 km). Con la luz del nuevo día, se descubre un paisaje totalmente distinto. Una zona semiárida con reminiscencias desérticas sólo desdibujadas por los pespuntes hídricos de los barrancos y algunas zonas de regadío merced a perforaciones en el subsuelo.

Capadocia
Tierra de bellos caballos” según cuentan, es una comarca natural de Anatolia central que se extiende sobre unas 40.000 ha de superficie y se caracteriza por una geomorfología muy peculiar considerada única en el mundo. Su origen se debe al depósito de material eruptivo provocado por la acción de varios volcanes, en su mayoría cenizas volcánicas consolidadas que generan una roca de tipo conglomerado y arenisca.El carácter continental de la región, le confiere cierta aridez que dan al paisaje una reminiscencia desértica bastante marcada. La tierra está cultivada principalmente por cereales en extensivo y algunas áreas presentan huertas en regadío abastecidas principalmente por un subsuelo arenoso que debe ser rico en acuíferos. Como árbol silvestre es muy destacable el árbol del paraíso (Elaeagnus angustifolia L.), de cierto parecido lejano al olivo en su aspecto y tonalidad cenicienta. Aunque es caducifolio. El acerolo (Crataegus azarolus L.) aparece también en los márgenes y roquedos, aunque con menos frecuencia.

El carácter intermitente de las erupciones y los consecuentes depósitos de material generó capas alternantes de materiales con distintas características y resistencia a la erosión. Así, cuando los últimos y más someros presentan una mayor consistencia frente al desgaste erosivo se genera una erosión diferencial que puede ser más o menos rítmica en función de la serie estratigráfica que conformen los materiales depositados. En el caso de esta región, el cincel erosivo ha sido manejado sobre todo por el agua de escorrentía, con un régimen de precipitaciones tempestuosas de cierta intensidad. De ese modo, las depresiones iniciales han ido siendo excavadas formando cárcavas profundas en cuyo seno se mantienen erguidas figuras pétreas de distinta iconografía que en general reciben el nombre de “chimeneas de hadas”. En este caso, no son tan esbeltas como las pirámides de tierra o “dames coiffées” de otros territorios, pero guardan cierta similitud paisajística y sobre todo geomorfológica.

La roca arenisca no resultó demasiado dura para el desgaste del agua torrencial ni tampoco para la herramienta humana, que encontró la manera de horadarla para convertirla en hogar troglodita. Pocos lugares del mundo albergan este tipo de colmenares humanos y posiblemente ningún otro tan densamente poblado y con el acervo cultural que acumula en su interior. Kaymakli es uno de esos ejemplos, considerada como la de mayor profundidad, con sus nueve niveles en altura y una de las de mayor capacidad, pudiendo haber albergado hasta 20.000 personas en su interior. Estas comunidades se formaban como refugio ante amenazas externas, invasiones en su mayoría, pero también operaron a modo de catacumbas en el tiempo de la persecución religiosa que el Imperio Romano sometió al Cristianismo. Es por eso que algunas se convirtieron en auténticas iglesias, catedrales y monasterios con una ornamentación arquitectónica y pictórica de lo más inesperado en rincones como aquellos. Un magnífico escenario sin duda para filmografías de ficción o históricas dignas de los mejores cineastas. El Valle de las Palomas, el Valle del Amor, el Museo al aire libre de Göreme y otros muchos espacios de grandes cárcavas se suceden en el plano de Capadocia, que es muy fácil de apreciar si realizas un recorrido en globo al amanecer (precio desorbitado).

Capadocia es recorrida al norte por el rio más largo de Turquía, Kizilirmak o río rojo, de sorprendente caudal a su paso por la localidad de Avanos que parece practicamente navegable. Resulta poco menos que pintoresco descubrir góndolas venecianas en sus aguas para uso turístico.

En el recorrido al sur, el Melendiz es un pequeño rio que puede considerarse como la frontera sur de la comarca. A su paso por la localidad de Ihlara da nombre a un valle encajado en paredes verticales de arenisca que albergan una profusa vegetación de ribera y se presta muy bien al itinerario senderista. Aquí se encuentran fácilmente ejemplares de cedro del líbano (Cedrus libani A. Rich.)en las inmediaciones del cañón, pistacheros (Pistacia vera L.), fresnos (Fraxinus sp.), sauce blanco (Salix alba L.) y otros así como ejemplares de zelkova (Zelkova carpinifolia <Pall.> Dipell), una especie de la familia de nuestros olmos, con aspecto parecido.

A lo largo del curso fluvial, las paredes rocosas albergan numerosas cuevas donde se alojaron congregaciones monásticas y de fieles cristianos en tiempos de persecución. Algunas de ellas poseen fantásticas pinturas de época románica, maltratadas en tiempos de la iconoclastia bizantina (s. IX-X). Pese a ello se encuentran en muy buen estado de conservación. Algunas tienen casi mil años de antigüedad permaneciendo en un entorno expuesto sin ningún tipo de medidas de conservación. El curso del rio nos lleva hasta Belirsima donde es posible subir de nuevo a vehículo motorizado y llegar hasta la casi inmediata localidad de Selime donde se encuentra la iglesia troglodita de Kasabasi, conocida como la catedral de piedra. El entorno del pueblo ofrece muestras de vida rural que son muy propicias para coleccionismo fotográfico.

El rio Melendiz prosigue su curso desviándose al oeste hacia la ciudad de Aksaray donde se extiende en una gran llanura sirviendo de riego para numerosas parcelas de cultivo, hasta parar en el lago Tuz, el lago salino más grande de toda Turquía y el segundo en tamaño. Es una enorme cuenca endorreica en las que las aguas que recibe se pierden por evaporación en verano, sin llegar a desembocar en el mar. 

Otra visita que no debe faltar, para comprender el entorno troglodita de Capadocia es el complejo monacal de Zelve, en el mismo Göreme. Aquí aparecen los arcos de herradura, de posible ascendencia y creación bizantina que llegaron hasta la Península Ibérica sustentando las bóvedas de medio cañón del románico visigótico (San Pedro de la Nave en Zamora) y posteriormente dando vida y esplendor a las naves alargadas de las mezquitas andalusíes años más tarde.

A partir del segundo día de visita Capadocia se hace monotemática en piedra y conviene cambiar de paisaje y escena. Un bus nos lleva desde Göreme hasta Antalya pasando por la gran ciudad de Konya, base que fue del gran maestro sufí Jalal ad din Muhammad ar Rumí y principal asiento de su escuela mística o tariqa, la metlevi.  El recorrido es muy bonito e interesante. El transecto de ruta permite apreciar los cambios de paisaje, con una gran meseta con pequeñas elevaciones de roca arenisca masiva entre las que se insertan extensas llanuras donde se cultiva prósperamente el cereal en secano.

Montes Tauro
Las grandes tensiones que se produjeron durante la orogenia Alpina, hace unos 25 millones de años, dieron lugar a una serie de arrugas en la corteza terrestre que se conocen como Plegamiento Alpino por haber dado lugar, entre otras, a la cordillera de los Alpes en Centroeuropa. En líneas generales emergieron en el contorno del Mediterráeno una serie de cordilleras, de cierta elevación que conformaron los bordes exteriores de la cuenca marina y dieron lugar a otra gran serie de depresiones interiores hacia el continente. De ese tipo son la Cordillera Bética ibérica, el macizo del Rif norteafricano, los Balcanes, islas como Córcega, Sicilia o Malta. Y también los Montes Tauro, al sur de Anatolia, que conforman el contorno sur de la meseta de Anatolia, con un labio arqueado de unos 1500 km de longitud. Sus elevaciones de hasta 3000 metros provocan el secado de los vientos procedentes del mar (efecto Foëhn) dando lugar a un clima seco y extremo a su otra vertiente.  La meseta de Anatolia, con sus aproximadamente 1000 m de altitud media es muy similar a la iraní, algo más baja. Pero más húmeda y con mejores suelos, permitiendo su cultivo. Konya, una de sus mayores ciudades, se encuentra a unos 950 m sobre el nivel del mar. Una vez sobrepasada, en la ruta hacia Antalya, comienza a pronunciarse el relieve hasta que de pronto, la litología parda y el relieve suave de areniscas y cuarcitas deja paso al color ceniciento y mayor anfractuosidad de las calizas jurásicas. Sus laderas se ven cubiertas de cipreses (Cupressus sempervirens L.), autóctonos de estos lugares. Es la primera vez que veo cipreses naturales.

A medida que se asciende por esa vertiente la cliserie altitudinal va sucediéndose hacia especies más resistentes al frío, como son los cedros y los abetos (Abies cilicica <Antoine & Kotschy> Carriére), de un bonito tono glauco (verde azulado) y que en esta fecha ya muestran sus mazudos y erguidos conos femeninos productores de semilla. El transecto montañoso parece interminable. Más y más extensiones de bosque se extienden hasta donde alcanza la vista, con perfiles montañosos muy marcados que se van oscureciendo al contraluz del atardecer. El parecido con las montañas calizas andaluzas es más que notorio. Sobre todo con la Serranía de Ronda o el Rif marroquí, donde cedros y abetos se conjugan con pinares y otras especies de su cohorte. Una vez sorteado el puerto de montaña, el descenso se va mostrando más mediterráneo y conforme se pierde altitud aparecen especies de quercus mesófilos que no puedo distinguir (parecidos en aspecto a nuestros quejigos), encinas, cipreses, sabinas, cornicabras, acebuches y finalmente algarrobos en la ya cercana línea de costa.

La zona baja es dominada por pinares de Pino de Chipre (Pinus brutia Ten.) o pino eldarica, una especie muy próxima en todo sentido al Pino de Alepo o Pino Carrasco (Pinus halepensis Mill.), que nos resulta más familiar.

Costa Mediterránea
Llegar a Antalya es encontrar un paisaje familiar. Para alguien habituado a la costa mediterránea oriental de la Península Ibérica, esos farallones calcáreos mojando sus pies en el mar o sus piedemontes cubiertos de vegas profusamente cultivadas con especies similares a las de aquí, construyen un paisaje idéntico al hispano levantino. Tal vez la diferencia principal sea que en Turquía, de momento, no hay tanta presión urbanística sobre el litoral como aquí.

El conjunto se ubica en una enorme bahía que desde antiguo debió servir como puerto natural para la navegación marítima. Ya sabemos del intenso tráfico comercial que la gente de estos antiguos lugares generó en todo el Mediterráneo. Antalya aglutina el aire de lo antiguo con la atracción turística moderna. Sus murallas y rincones de piedras históricas dan resguardo a numerosos rincones pintorescos convertidos hoy en día en restaurantes, bares, lugares de asueto o tiendas comerciales en un marco urbano tradicional como otros tantos del Mediterráneo. Cascada del Düden. Antalya, Turquía

El primer sitio al que acude una ruta turística por la zona es al nacimiento del rio Düden, una surgencia bestial, consecuencia directa de la cercanía del macizo calcáreo de Tauro y su fenomenología kárstica. La compleja serie travertínica compone una red de galerías que permiten contemplar un salto de agua como cortina exterior. El caudal de agua es bastante voluminoso y enseguida empieza a generar rápidos a consecuencia del desnivel en el terreno. En apenas 15 km de recorrido, un rio completo se deja caer al vacío saltando directamente al mar por un acantilado de más de 20 m de altura. El espectáculo es sobresaliente a la par de singular, dada la inserción en el entorno urbano de una gran ciudad.

Desde allí, vamos a Aspendos, una antigua ciudad panfilia situada a unos 50 km de Antalya. Las ruinas son apenas apreciables pero el lugar es sobresaliente por alojar a la que está considerada como la mejor muestra de teatro romano conservada en el mundo. Entrar allí, resulta sobrecogedor. Penetrar por la galería umbrosa que da acceso te lleva a la sensación que pudieron tener los gladiadores en el anfiteatro. La llegada a su interior es un viaje en el tiempo que enmudece…, hasta que alguien quiere comprobar la acústica del lugar y rompe el silencio con una canción o un absurdo grito. A la vuelta, el conjunto arqueológico de Perge aumenta el nivel de categoría a la vez que de asombro. Toda una ciudad romana, se ofrece al visitante, con un nivel de conservación realmente asombroso. Mucho mejor que cualquiera de los que conozco hasta ahora en la Península Ibérica. La planta del conjunto es enorme, sus torres de entrada que aún se yerguen casi completas, hacen de vigias silenciosos y parecen estar llenas de vida. Sus largas avenidas pavimentadas, el conjunto columnar del ágora, y sobre todo las termas. Aunque no se encuentran bien conjuntadas, es fácilmente apreciar el gran volumen de las mismas y sus cisternas, lo que lleva a pensar en un elevado número de usuarios. Tal vez mucho mayor del que pudiera dar servicio a los habitantes de la ciudad, es posible que sean muestra del intenso tráfico comercial de la zona y de la población flotante que pudiera recorrer estos lugares con ese motivo. Algo parecido ocurre con las termas y posterior hammán de Fuente Alhama (Puente Genil, Córdoba).

Pero lo que más me ha impresionado es el conjunto de teatro y circo (hipódromo), que aún se conserva en un estado tal, que dos milenios después aún podría utilizarse para celebraciones de equitus en su pista y alojar al público espectador en sus gradas. Me va pareciendo cómo las visitas en este país, pese a parecer escasas, resultan agotadoras. No se si es resultado de la emoción que generan sus escenarios arqueológicos o que el tiempo sobre ellas se consume a una velocidad imperceptible.

El recorrido hacia poniente nos lleva al Parque Nacional de Oiympos, al pie del monte Tahtali (2365m) cumbre que es posible visitar mediante el ascenso en teleférico (unos 25 euros/presona). Subir hasta su base merece la pena para divisar desde esa altura la panorámica sobre el mar. El entorno está abrigado por extensos bosques en los que domina el pinar como estrato arbóreo, con el pino de Chipre como principal protagonista. Abundan también los pies de algarrobo (Ceratonia siliqua L.). La bajada hasta Olympos es de paisaje espectacular. Una sucesión de perfiles calcáreos muy acentuados que marcan un profundo barranco hasta llegar a una pequeña bahía donde se asienta el conjunto arqueológico de Olympos. Antes de eso, ya hemos visitado Phaseli, ubicada en un itsmo costero unas calas más atrás. El recorrido desde Antalya hasta aquí es de unos 80 km.

Las vistas panorámicas de la costa y del mar son aquí espectaculares. La nitidez cristalina de sus aguas también. Visitar la playa de Olympos es una experiencia curiosa, porque se accede bajo pago en taquilla de un bono de visitas que da opción a atravesar el conjunto arqueológico. Todo ello sigue siendo abrumador, tanta piedra de cantería y tan bien colocada dos milenios después.

Desde Olympos, la visita a la isla de Kekova es mucho más económica (10 euros) que desde Kas. Un microbús te lleva por carretera hasta la localidad de Demre (unos 70 km) en cuyo puerto se embarca para recorrer aguas cristalinas y costas rososas llenas de vegetación y de historias de todo tipo. Es equiparable al Egeo, pero seguro que mucho más barato. Además de las ruinas sumergidas de la ciudad de Simena se puede visitar el castillo y enclave de Kalekoy. Después de pasar un magnífico día marinero, el retorno pasa por la antigua ciudad de Myra, donde se conserva un conjunto arqueológico con una monumental necrópolis en piedra (las tumbas del oro) y un teatro bastante bien conservado.

En el entorno de Olympos se encuentra también La Chimera, un curioso fenómeno de gases orgánicos expulsados desde la montaña a través de fisuras naturales y que entras en combustión fácilmente formando hogueras continuas que en la Antigüedad hubieron de tener sentido mágico.

Pamukkale-Hierápolis
La línea de costa se abandona en Finike, volviendo a atravesar los montes Tauro y adentrarnos en la altiplanicie de Anatolia con rumbo a la provincia de Demizli. El recorrido es muy similar en paisaje al de bajada desde Konya si bien aquí los espacios son más abiertos, con mucha planicie tipo poljé y otro gran lago endorreico, el Salda Gölu. La sucesión en vegetación es similar a la antes descrita en los montes Tauro, volviendo a presentarse la catena de pinos, encinas, robles, cipreses, cedros, abetos y páramos desnudos que indican bastante altitud. Una mirada al mapa marca unos 1540 m sobre el nivel del mar en algunas zonas por las que pasa la carretera. Algunas cumbres quedan mucho más arriba. Debe ser una paramera con inviernos bastante secos y fríos.

Denizli es otra gran ciudad, ubicada en una depresión montañosa a mucha menor altitud, unos 350 metros. Eso hace más viable la actividad agraria y la ciudad ha prosperado en base a ello. A poca distancia se encuentra la ubicación de la antigua Hierápolis y la actual Pamukkale, ese “castillo de algodón” tan conocido merced a su protagonismo en actividad publicitaria y a la que dedicaremos un capítulo independiente merced a su valor sobre todo fotográfico.

El recorrido desde Olympos, en microbús se completa en cuatro horas. El bus público, en trayecto regular contempla hasta 7,5 horas para el mismo trayecto. Posiblemente no sea directo.

Costa Occidental
Pamukkale tiene una visita breve. El conjunto de Hierápolis y los estanques de carbonato cálcico se visitan sobradamente en un día. Recomiendo poder contemplar el espectáculo de la luz sobre esas blancas paredes y sus láminas de agua a lo largo de todo el ciclo solar diario. Desde Pamukkale otro servicio de microbus contratado nos llevará hasta Selçuk, en la costa del Mediterráneo que formaba parte del Thema Aegeus (Egeo) en el período romano, provincia de Izmir (Smirna). El recorrido dura otras cuatro horas aproximadamente.

Selçuk es un pueblo pequeño comparado con todas las ciudades que hemos visitado anteriormente. Tiene el encanto de mostrar la vida sencilla muy próxima a lo rural y marinero, con su castillo y un buen museo, legado de la cercana Éfes (Éfeso). Nos alojamos en las afueras, en la particular hacienda de un australiano asentado en el lugar y que se llama Atillas Gateway. Muy recomendable, salvo por la dependencia que requiere de transporte (unos 4 km de la ciudad).

En la visita del entorno, puedes ahorrarte las 45 liras del lugar conocido como “Casa de la Virgen María”, sobre todo porque no merece la pena, al margen de otro tipo de consideraciones. Sin embargo, el cercano conjunto arqueológico de Efes, la antigua Éfeso es uno de los recintos arqueológicos más interesantes. Es de dimensiones enormes, aunque aparentemente no parece tan extenso en planta como Perge o Hierápolis. Sin embargo la cantidad y calidad de los restos que se mantienen hacen sentir el pálpito de la vida en su mejor época. Desde el hemiciclo del parlamento hasta la avenida del mar, es una sucesión de grandes bloques de piedra en los que destaca sobre todo un pavimento colosal que se mantiene en condiciones de servicio aún hoy en día. Edificios como las casas en terraza, la biblioteca de Celso, el gran teatro o la enorme ágora dan pie para una recreación de la época a gran fidelidad. Pese a que toda esta provincia, con Smirna a la cabeza ha de ser de una profusión arqueológica colosal (Troya, Pérgamo), la vista del escenario que se contempla es un colofón que desborda cualquier previsión que pudiera haber hecho sobre el patrimonio histórico de estas tierras. Eso sin hacer mención de Samos, Tarso, Trabson, y tantos otros lugares que son familiares al oído a través de referencias históricas o bíblicas.

Efes se ubicaba al borde de una laguna interior de origen y conexión marina. Eso la hacia más segura aún como destino interior a medio camino entre puerto maritimo y puerto fluvial. Su importancia comercial y su esplendor pueden aún comprobarse en la calidad y tipología de sus construcciones.

Con los ojos y la mente rebosante de impresiones grecolatinas me aúpo en Selçuk a un bus enorme que en recorrido nocturno me llevará hasta Estambul a lo largo de unas ocho horas de recorrido.

Estambul no es la capital oficial de Turquía, por una simple cuestión de historia y convenciencia política reciente. Pero sigue siendo el referente geográfico, cultural, económico y sobre todo, emocional, del país. Todo un icono de lo que fue la gran hazaña de Mehmet II y que asentó a los pastores del Turkmenistán en las mismas puertas de Europa y en el corazón palpitante de su historia. El más largo imperio de todos los tiempos en occidente, se sometía ofreciéndoles una ingente herencia económica y cultural como nunca podrían haber soñado, dotándoles de un prestigio y poderío que aterrorizó a su inmediatez durante el medio milenio siguiente. Y les convirtió en guardianes de uno de los grandes tesoros de la Humanidad, asignándoles una equiparable responsabilidad para el resto de sus días.

Antonio Pulido Pastor
Tottori Trip

Dedicado a mi hija Alma, que en estos días emprendió el mayor y mejor viaje de su vida, tras su reciente mayoría de edad. Un camino universitario de Relaciones Internacionales que conjuga perfectamente con el trasfondo de este artículo. Con mis mejores deseos de un próspero y bonito recorrido en la vida profesional del que este es su primer paso.

Referencias:
Frankopan, P. (2016).- El corazón del mundo. Editorial Crítica. Barcelona
Herrin, J. (2009).- Bizancio, lel imperio que hizo posible la Europa moderna. Editorial Debate. Barcelona
Hobson, J. M. (2006).- Los orígenes orientales de la civilización de occidente. Editorial Crítica. Barcelona