En mi breve pero intensa estancia en la región de Isaan, visité un par de días un pequeño y humilde pueblecito perteneciente a la provincia de Sakon Nakhon, llamado ThaRae. Ubicado a unos 21 km de la ciudad, su subsistencia se basa en la agricultura, principalmente en el arroz, ya que la mayoría de sus habitantes viven de esta práctica. Además de la pesca; ya que el pueblo hace frontera con el lago Nong Han, uno de los más importantes del país y afluente del famoso río Mekong. Pero el mayor interés de ThaRae reside en que es el último pueblo católico de Tailandia.

Partimos desde Sakon Nakhon en coche desde la cual no hay más de media hora, pero fuimos parando a lo largo del camino, comiendo por algunos de los restaurantes de carretera tailandeses. Que curiosamente me sorprendieron mucho, al igual que yo a ellos, ya que es raro ver a un farang por esos lares.

Llegar a ThaRae era como visitar otro país totalmente distinto, como si las tradiciones culturales se hubieran quedado intactas durante mucho tiempo, ajenas a la influencia que sufren las grandes urbes y los centros turísticos. En este pueblo la vida sigue prácticamente igual que hace unos años, tranquila y rural. La zona culturalmente tiene más en común con los países limítrofes como Laos o Vietnam que con la propia Tailandia, con la que choca en muchas cosas.

Nada más llegar lo primero que me fijé es como el color rojizo de su tierra contrasta mucho con el verde intenso que impregna la vegetación salvaje que allí nace, al igual que el color de sus casas de madera y el ambiente que allí se respira. Eran sensaciones inexplicables, me recordaba mucho a mi Andalucía natal, ya que también se hace vida fuera de casa, realizando grandes comidas en familia hasta tarde. Quizás se deba al clima, allí el calor era sofocante al igual que en el resto del país, con una humedad bastante alta, aunque quizás en comparación fuera algo más seco.

EL SONGKRAN EN THARAE

Llegué a ThaRae en pleno SongKran por lo que el pueblo era una gran fiesta; las familias cocinaban gran cantidad de comida, la cerveza Chang caía más que el agua, los niños se perseguían unos a otros con sus pistolas de aguas y los perros deambulaban detrás de ellos en busca de comida. Los tailandeses vestían camisas hawaianas por el año nuevo y la música resonaba en todo el pueblo. Especialmente la música latina, que como comenté acerca de Koh Tao, en Tailandia apasiona, aunque no entiendan ni una palabra de castellano.

Y desde que puse mis pies en este particular pueblo católico de Tailandia no paré de comer, ni de beber. Todos me trataron como uno más, me invitaron a probar platos autóctonos y a toda la cerveza Chang que mi cuerpo aguantaron. Inclusive un ladyboy muy amable nos invitó a la fiesta que estaban organizando cerca de donde nos encontrábamos. Y mi sorpresa fue encontrarme un escenario enorme y un equipo de música que no paraba de sonar. Todos me saludaban alegremente y se sorprendían cuando les explicaba de donde venía.

Allí las familias son matriarcales, son las mayores las que organizan todo, las que reúnen a la familia a su alrededor. Porque las familias son enormes allí, primos, sobrinos, nietos, etc. No falta nadie, se podía decir que casi todo el pueblo era una gran familia y no mentiría. Y dentro de toda esa gran familia, tuve el placer de conocer a algunas personas maravillosas que fueron los protagonistas de mi breve paso por este pueblo.

Comenzando por los más pequeños, uno de los que primero conocí fue Matt, un pequeño de unos 10 años con nombre inglés. Porque en Tailandia, todo el mundo tiene un nombre oficial y un apodo, que es el nombre real que todo el mundo acaba utilizando. Y para el pequeño Matt no podía ser de otra forma, porque le encantaba jugar al baloncesto, demostrándome que efectivamente era mucho mejor que yo y que este deporte no es lo mio.

Pero aquellos días el pasatiempo preferido de los niños en ThaRae era el SongKran. La gran guerra del agua había comenzado y no había ni uno de ellos que no estuviera preparado para la contienda. Todos estaban listos, cargaban sus grandes pistolas de aguas con unas especies de cantimploras que almacenaba más agua y que no había visto en mi vida. Los avances tecnológicos en pro de la diversión infantil.

Después de comer volveríamos a la ciudad para combatir sin cuartel, así que esas horas previas eran perfectas para terminar de completar nuestros equipos. Algunos de ellos y mi querida Fon me acompañaron a un supermercado para que me comprara mi pistola. Viendo que los precios eran baratos y que me lo podía permití, acabé comprándome la pistola de agua más grande de la tienda, una increíble máquina de mojar que era la envidia de todos los niños. En mi vida había tenido una pistola de agua tan grande, así que por un día estaba volviendo a sentirme como un niño.

Todo estaba listo para la batalla, las familias llenaban la parte trasera de las camionetas tipo pickup con los niños vestían sus camisas hawaianas a la vez que portaban sus armas de combate y un recipiente bastante grande lleno de agua para poder recargar. Pero a la hora de salir a combatir con ellos comencé a sentirme mal, como buen español las horas previas las había pasado comiendo y bebiendo cerveza Chang como un loco con toda la familia en ThaRae, la cual no paraba de rellenar mi vaso y yo desde luego yo estaba encantado. Sumado a todo eso el calor sofocante que hacía,  lo que contribuyó a que acabara algo mareado. Por lo que oficialmente había sufrido mi primera borrachera en tierras asiáticas y perdí mi oportunidad de participar en la guerra de agua con ellos.

Así que con un poco de ayuda conseguí volver a mi hotel, no sin antes de desprenderme de mi preciada pistola de agua, que acabé regalando a Matt y a los demás niños, que como si fuera el mejor regalo del mundo se alegraron mucho, por lo que acabé dejándolos discutiendo en tailandés por quién portaría tan preciada pistola. La cual nunca volví a ver.