A pesar de su proximidad al mar, es frecuente que el la nieve cubra estas cumbres durante varias semanas al año en los meses de invierno y primavera. No en vano, las sierras Tejeda y Almijara constituyen la superficie más elevada del poniente andaluz, siendo en la provincia de Málaga mucho más celebrado ese acontecimiento que en la vecina Granada, más hecha al decorado blanco en sus montañas. Este inmenso mundo de roca y agua se mantiene erguido y altivo como atalaya hacia el occidente meridional. Sus crestas recortadas y sus laderas desafiantes amenazan la serenidad del horizonte. Desde aquí, A-xarq (el levante) hasta las costas de Al-garb (el poniente) no hay otra altura que las supere.

Este enorme muro, que aparece como telón de fondo en la Axarquía y las tierras de Alhama, sirve como delimitación administrativa entre sus respectivas provincias. Sus cumbres y barrancos son protagonistas en numerosas historias de contrabando, caza furtiva o partisanos, al amparo de aquellos inexpugnables riscos. Sin embargo, nunca existió la separación física ni mucho menos la humana. Los distintos puertos o «colás» siempre se mantuvieron como pasos naturales por los que se encauzaba un continuo reguero de hombres y acémilas. Por esos «boquetes», el mar se unía a la campiña y trasegaban las mercancías, las vidas y hasta los hogares. Algunos de sus pueblos se encuentran hermanados y muchas familias, aún emparentadas.

Tejeda y Almijara mantienen aún el embrujo de lo desconocido, de lo inesperado. Si en otros tiempos aquellas cuestas empinadas de rocas ásperas y arenas sacaroideas, apuntaladas por los enhiestos pinos «nebrales», bullían por la presencia humana de pastores, resineros, esparteros, leñadores, cazadores y madereros, entre otros, los últimos decenios trajeron la soledad y el silencio a sus veredas y barrancos. Las claras aguas de sus arroyos son más musicales, los árboles entonan mejor el sonido de la brisa y la noción de infinito parece comprenderse al ascender por sus estrechas y tortuosas sendas. Su bravura, puede resultar así enormemente cautivadora para quienes sentimos pasión por la indómita naturaleza del solar ibérico.

Este conjunto natural, el más agreste de la provincia malagueña, fue justamente reconocido en 1999 con la declaración como Parque Natural. Ese año, en el que la Red de Espacios Naturales Protegidos de Andalucía cumplía su décimo aniversario sirvió para resaltar la categoría de estas montañas que en su día fueron olvidadas. De ese modo se cubría una vieja deuda con este territorio natural, de valores muy superiores a los de algunos otros incluidos bajo la normativa de protección. Estos valores naturales tienen que ver con su geología, su flora, su fauna, e incluso su paisaje.

GEOLOGÍA
Estas montañas son una de las piezas que componen el variopinto mosaico geológico del territorio malagueño. Los rasgos alpinos son más acentuados aquí por azones de proximidad hacia el origen de los empujes orogénicos que levantaron las cordilleras circunmediterráneas. Tanto por su litología como por su tectónica los rasgos de Tejeda y Almijara son plenamente Alpujárrides. Sus límites denotan un cambio brusco en el paisaje debido a la topografía y el color del suelo respecto del entorno circundante. Practicamente surgen del mar y se encaraman sobre los blandos depósitos sedimentarios de las tierras de Alhama o el Flysch de Colmenar. A sus pies se agotan las sierras Subbéticas que, como un largo y estrecho pasillo arqueado recorren el norte provincial conectando uno y otro extremo de la provincia hasta llegar a la Serranía de Ronda. Frente a este vecindario, de materiales más jóvenes en cronología, los terrenos del Parque Natural les aventajan en unos 150 millones de años (Triásico).

Otro carácter singular e importante es la presencia de dos tipos de litologías muy dispares. Por una parte se encuentran los materiales continentales, de naturaleza silícea y exentos de carbonatos en su composición mineralógica. Cuarcitas, filitas, esquistos, gneis…, proceden de la actividad ígnea de la Tierra en edades muy antiguas, más de 400 millones de años. Generados en el entorno del continente africano, llegaron aquí mediante empujes de la corteza terrestre una vez separados de su matriz original, tal vez en el Plegamiento Alpino. Aunque no suponen las cotas más altas, en estas montañas, presentan la particularidad de constituir el sustrato silíceo más elevado de la provincia malagueña, superando los 1.600 m. de altitud y con implicaciones importantes en cuanto a representación florística. Los relieves formados por estas litologías, al ser los más antiguos en edad expuestos a la erosión, tienen por lo general perfiles alomados y crestas poco agudas. Su coloración distintiva frente al otro gran grupo les suele atribuir el apelativo de «tierras p»ardas. Estas rocas son insolubles al agua, impermeables y su degradación origina materiales arcillosos que generan suelos profundos, capaces de sostener densas formaciones de vegetación. A su vez, son pobres en nutrientes por lo que presentan clara vocación forestal.

Por otra, se presentan los materiales sedimentarios de origen marino, cuyo rasgo distintivo es su naturaleza carbonatada. Poseen alto contenido en iones minerales como el calcio, que son excluyentes para algunas especies, tales como el castaño, el alcornoque o el rebollo. Además son rocas solubles ante la acción del agua de lluvia y muy permeables a las aguas superficiales, siendo por ello muy generosas en aguas subterráneas y parcas en escorrentía superficial. A diferencia de las anteriores, se formaron en los abismos oceánicos de eras geológicas arcaicas por acúmulo estratificado de materiales procedentes de la erosión continental y restos de organismos marinos. Todo ello cementado por los precipitados salinos del agua marina. Estos materiales se originan a principios de la era Secundaria, en el período que se conoce como “Triásico” o “Trías”, en el tiempo que nos queda atrás entre 300 y 200 millones de años. Otra característica singular de estas rocas es que dada su mayor antigüedad frente a posteriores, quedaron situadas en las mayores profundidades marinas, debiendo soportar los acúmulos progresivos que el proceso de la sedimentación mantuvo aportando. El peso de centenares de metros de roca origina una presión elevada que genera en las capas inferiores una elevación de la temperatura que da lugar a procesos de metamorfismo. De este modo, los materiales se funden siendo posible una recombinación molecular que permite la posterior formación de una estructura cristalina, en un proceso más o menos similar al que experimentan las rocas ígneas, procedentes del interior de la Tierra. Estas rocas cristalinas de origen carbonatado son los mármoles, que en esta región presentan componente dolomítica por la presencia de magnesio en su molécula y constituyen el núcleo más extenso en la provincia de Málaga. Frente a las tierras pardas, su color es blanco o gris siendo su toponimia bautizada por los lugareños con apelativos tales como sierras blanquillas. Su dureza es mayor a la de otras calizas y en el caso particular que nos ocupa, también son distintas otras propiedades como su solubilidad ante el agua de lluvia, su permeabilidad a esta y su alteración física, que genera unas arenas blancas (sacaroideas por parecer azúcar) incapaces de retener con eficacia tanto el agua como los iones minerales u orgánicos que pudieran dar fertilidad a sus suelos.

Estas rocas emergen a la superficie mediante los esfuerzos de la orogenia Alpina, hace unos 25 millones de años. Son por ello relieves jóvenes, como atestiguan sus agudas crestas, de perfiles sobrecogedores que le hacen conformar el conjunto paisajístico más espectacular de ambas provincias.

Tal variedad de materiales, entrelazados por una complicada trama de mantos y escamas tectónicas junto con una amplia serie de fallas, plegamientos y formaciones geomorfológicas constituye tal vez el más complejo conjunto geológico en la provincia de Málaga, responsable  del relieve y paisaje singular que se muestra como primera impresión a ojos del visitante.

Si sus pies se bañan en las orillas del mar Mediterráneo entre Nerja y Almuñécar, su techo, en la cumbre de Sierra Tejeda, supera los 2.068 m., en el vértice conocido como Tejeda o mojón de los tres términos, adonde vienen a confluir los municipios de Sedella, Canillas de Aceituno y Alhama de Granada. Esta diferencia de altitud de unos dos kilómetros, a tan solo diecisiete de distancia o apenas diez en el caso de Navachica, cumbre de la Almijara con más de 1.800 metros de altura respecto al nivel del mar, sirven para explicar las tremendas pendientes que aparecen en sus laderas, cortadas por profundos barrancos en los que, a pesar de su naturaleza calcárea, suele ser frecuente la presencia continua de agua, en ocasiones de caudal notable y espectacular como es el caso de río Verde en Otívar.

Este relieve es también responsable en gran medida de las características climáticas locales, determinantes a su vez del tapiz vegetal posible. Desde las orillas del mar, su orientación SE-NW (Sureste-Noroeste) enfila su eje principal de modo más o menos paralelo a los vientos portadores de las borrascas atlánticas, de manera que no se enfrenta con ellos bruscamente, sino que vienen a discurrir a lo largo de sus dos faldas. Consecuencia de ello es que Tejeda está más favorecida por el poniente que Almijara, al igual que la ladera norte del macizo, correspondiente a la provincia granadina y más abierta a la influencia del valle grande (Wadi al Kabir), lo es frente a la ladera que mira al mar desde la provincia de Málaga. Así pues, los repartos pluviométricos van desde unos 650 mm., en Alcaucín, hasta unos 400 m. en Nerja. Asimismo, la precipitación aumenta con la altitud, de manera que en la zona de cumbres, más o menos uniformemente, la media oscila en torno al metro de precipitación (1.000 mm. anuales), siendo frecuentes las nevadas esporádicas que en otro tiempo alimentaron una singular industria del hielo demandada por los territorios vecinos.

La gran diferencia altitudinal entre su pie y la cumbre es a su vez responsable de una destacada amplitud térmica, testigo de la disponibilidad energética procedente del astro solar a medida que varía el desnivel respecto a la superficie del mar. Frente a las abrasadoras solanas de arena blanca en las inmediaciones de Nerja, encontramos las gélidas alturas de Tejeda, Albucaz, Lucero o Navachica cuando los días se hacen imposibles por aquello del invierno. En esas ocasiones en que el Norte sopla como sólo él sabe, también su disposición relativa influye en las condiciones meteorológicas, de manera que la vertiente continental es asolada por las bajas temperaturas, mientras que su cara orientada al mediodía, permanece notablemente reservada. Es así como la sierra protege a las tierras bajas de la Axarquía de las inclemencias del duro Norte, proporcionando unas condiciones climáticas posibles para la novedosa agricultura subtropical o atractivas para el esparcimiento turístico. Esta disponibilidad energética, distribuida según niveles altitudinales, caracteriza lo que se conoce como horizontes o pisos bioclimáticos. Junto con los aportes de humedad a lo largo del año y la capacidad de los suelos para retener la solución nutritiva (aparte de algunas peculiaridades inherentes a la litología para algunas especies) será la energía solar la que determine la presencia de unas u otras especies vegetales sobre el suelo en función de la capacidad o especialización de cada una de ellas para su aprovechamiento vital.

FLORA
Esta diversidad en parámetros climáticos y litológicos tiene como reflejo una similar diversidad en su flora. Las especies vegetales, cuyas posibilidades de movimiento son obviamente mucho más limitadas que en el caso de los animales, requieren evolucionar ante los cambios del medio en que se desarrollan de manera que consigan adaptarse ante nuevas condiciones. Es por ello que su diversidad es muy superior a la animal. En el caso del ámbito mediterráneo, sometido a profundos cambios a lo largo de millones de años, la singularidad y diversidad de especies es muy superior a la de otras regiones del globo. En sus montañas, esta relevancia florística es aún mayor debido principalmente a la variedad de ambientes que son capaces de generar, así como al aislamiento que presentan al encontrarse dispuestas a modo de islas separadas y orientadas en sentido paralelo a una determinada latitud.

Las sierras Tejeda y Almijara son uno de estos casos, estando consideradas entre los enclaves botánicos más relevantes de la Península Ibérica. En ellas tienen representación todos los pisos bioclimáticos del clima mediterráneo con excepción del Crioromediterráneo, el más elevado. Sin embargo, su carácter costero y su marcado contraste entre las laderas norte y sur le confieren una amplia representación botánica, ausente en otros ambientes del interior. A ello se añade la singularidad de los arenales dolomitícolas, sustrato pobre donde los haya que impone condiciones especiales de vegetación tanto por su escasa retención de agua y nutrientes como por la presencia de magnesio en su composición mineralógica. De las 2.800 especies que más o menos se encuentran en la provincia de Málaga, aproximadamente la mitad, unas 1.400 se ubican en estas montañas. Algunas son exclusivas, restringidas a este ámbito (endemismos estrictos), pero la mayoría, están relacionadas con las montañas dolomíticas del sureste peninsular (Sierra de Lújar, La Contraviesa, Sierra de Gádor y parte de Sierra Nevada), endemismos béticos o béticos-norteafricanos.

De este modo, tienen representación aquí:

          El piso Inframediterráneo, el más bajo y cálido, propio de las costas de Nerja y Almuñécar, donde en otro tiempo se levantó el imperio de la caña azucarera y se sitúan especies como el romero marino (Rosmarinus tomentosus) la siempreviva (Limonium malacitanum) y el botón amarillo (Asteriscus maritimus) al amparo de las espumosas aguas del mar y las soleadas rocas de los acantilados, el revientacabras (Cneorum tricoccum), el boj de hoja ancha (Buxus balearica), el palmito (Chamaerops humilis) única especie de la familia espontánea en Europa, el acebuche (Olea europaea), el algarrobo (Ceratonia siliqua), el arto (Maytenus senegalensis), el oroval (Whitania frutescens), la bufalaga marina (Thymelaea hirsuta), el bayón (Osyris quadripartita), y el pino carrasco (Pinus halepensis) entre los más representativos.

          El piso Termomediterráneo es prácticamente el mismo a nivel florístico, desapareciendo en él las especies propias de los acantilados marinos y algunas otras como el revientacabras, el cambrón, el bayón y el boj, que queda relegado a zonas próximas a barrancos y cauces de arroyos conforme aumenta la altitud. En general encontramos formaciones de pino carrasco con presencia de algarrobo, acebuche, lentisco (Pistacia lentiscus), la hiniesta (Genista spartioides) y en ocasiones mirto (Myrtus communis), aladierno (Rhamnus alaternus) y durillo (Viburnum tinus). La encina suele ser escasa, sobre todo por limitaciones de suelo, haciendose rara cuando el sustrato se compone por arenas dolomíticas y frecuente cuando aparecen los profundos esquistos y gneis. En estos últimos, preferentemente en las zonas de umbría y fondos de barranco, donde los rigores solanos son menores y la humedad se mantiene mejor que en exposiciones opuestas, el alcornoque (Quercus suber) aparece formando pequeños bosquecillos o en mezcla con encinas y algarrobos. En las proximidades a riberas y fuentes de agua, destaca la presencia de Erica terminalis, uno de los pocos brezos tolerantes a suelos calcáreos, junto con Erica erigena y el que tal vez sea el helecho de mayor porte que se encuentra en estas montañas, Pteris vittata, heredado de las grandes selvas húmedas que dominaron la flora de estas latitudes a principios de la era Terciaria.

          El piso Mesomediterráneo es contiguo en altitud al anterior. Ya denota condiciones más frescas que le hacen óptimas para el desarrollo de alcornoques en el caso de sustratos silicícolas y encinas tanto en estos como en los calcícolas. Sus condiciones son igualmente toleradas por el algarrobo, uno de los árboles emblemáticos de la Axarquía, así como el quejigo (Quercus faginea), propio de mayores alturas pero que se encuentra en algunas umbrías de este ámbito altitudinal. En los terrenos dolomíticos hay que destacar la presencia de pinares formados por el pino negral o resinero (Pinus pinaster). En ellos es frecuente la sabina mora (Juniperus phoenicea), el nerbo o enebro (Juniperus oxycedrus) y la hierba de las coyunturas (Ephedra fragilis) constituyendo una de las formaciones singulares de estas montañas, de interés a nivel internacional por estar considerados como núcleo de pinares negros endémicos mediterráneos. En estos se encuentran especies exclusivas de estos arenales como son Anthyllis tejedensis, Linaria amoi, Hippocrepis squamata, Eryngium grossi, Centaurea bombycina, Iberis grossi, Centaurea prolongoi, Thymus longiflorus, Cistus clusii, Echium albicans, Erysimum myriophyllum, Armeria filicaulis, Arenaria delaguardiae, Pseudoscabiosa grosi, Arenaria racemosa, Salvia candelabrum, Iberis grossi, Pseudoscabiosa grossi, que desde siempre han despertado enorme interés para los botánicos.

          El piso supramediterráneo denota ya condiciones frías propias de la alta montaña mediterránea. Estas sierras, con sus más de 2.000 metros de altitud son el mejor conjunto representativo dentro de la provincia malagueña y prácticamente de Andalucía Occidental. Se caracteriza por la aparicición de matorrales de altura, con especies de porte espinoso y almohadillado. No obstante, continúa siendo posible el desarrollo espontáneo de bosques naturales resaltando la presencia del rebollo o roble (Quercus pyrenaica) si los sustratos son silíceos o el quejigo (Quercus faginea) cuando son carbonatados y el tejo (Taxus baccata) al que le resulta indiferente uno u otro. Este es el dominio en el que vegetan cómodamente los pinos salgareño (Pinus nigra ssp. salzmanii) y silvestre (Pinus sylvestris), al que los lugareños aplican el apelativo “pino de nieve”. Estas especies se han utilizado con frecuencia en la repoblación artificial de las cumbres, manteniéndose aún amplias extensiones en algunas zonas. Junto a ellos, es posible encontrar algún ejemplar de encina, incluso llegando a formar pequeños grupos. Destaca en estas alturas también la presencia del cenizo o rascaviejas (Adenocarpus decorticans), arbusto de gran porte perteneciente a la familia de las leguminosas y que suele acompañar al rebollo y le sustituye cuando desaparece. Más indiferentes a la composición mineralógica del sustrato son el espino majoleto (Crataegus monogyna), el durillo (Amelanchier ovalis), el durillo dulce (Cotoneaster granatenis), la madreselva arbórea (Lonicera arborea), el mostajo (Sorbus aria), el agracejo (Berberis hispanica), el arce (Acer granatense), el enebro rastrero (Juniperus communis ssp. hemisphaerica) y el laurel macho (Daphne laureola). El matorral xeroacántico o almohadillado espinoso que suele presentarse a pleno sol en estas alturas y preferentemente en zona de cumbres contiene varias especies que son propias de las montañas béticas. Las especies más representativas, conocidas en general como piornos son el piorno azul (Erinacea anthyllis), el piorno fino (Echinospartum boissieri), el piorno de crucecitas (Vella spinosa), el rosal de montaña (Rosa sicula), Hormathophylla spinosa, Genista lobelii y Astragalus granatensis. También son de resaltar las llamadas “rupícolas”, hierbas o matillas que se incrustan entre las fisuras y paredes de los roquedos. En ambientes húmedos y paredes rezumantes pueden encontrarse Aquilegia vulgaris ssp. nevadensis, Primula veris y Pinguicula detorsensis, y precisando menos humedad aparecen Draba hispanica, Erinus alpinus, Teucrium fragile, Silene boryi, Festuca scariosa, Saxifraga erioblasta, Arenaria erinacea y Campanula mollis entre otros.

Hay que señalar que no existen otros materiales silíceos en la provincia de Málaga que se encuentren a una altura equiparable a los esquistos almijarenses. Sobre ellos se asientan un robledal y un pinar de pino silvestre que no tienen semejante en el conjunto de la provincia.Quejigo y pino silvestre en Sierra Tejeda

          El piso oromediterráneo es el último que podemos encontrar en Tejeda-Almijara, manifestándose más o menos a partir de los 1.800 m. de altitud. Aunque son condiciones aptas aún para el desarrollo de árboles, lo cierto es que estas alturas aparecen casi despobladas, cubiertas por matorral espinoso almohadillado y en ocasiones simples solares rocosos descubiertos por completo. Además de las rupícolas citadas en el caso anterior, cabe añadir aquí la particularidad de Odontites longifolia, Sideritis glacialis, Centhrantus nevadensis, Fumana baetica, Helianthemum viscidulum y Andryala agardhii. Los hoyos de Tacita de Plata, albergan aún algún ejemplar de tejo, mostajo, arce y pino silvestre, indicadores del camino a seguir en la recuperación vegetal de aquellos rincones que fuesen apropiados en estas alturas.

FAUNA
Por último, resta hablar de su Fauna entre sus valores naturales. Por lo general, los animales, cuya capacidad de movimiento a nivel de individuo es muy superior al de los vegetales, suelen ser menos dependientes de las condiciones locales impuestas por la naturaleza, dado que pueden desplazarse en busca de sus óptimos vitales. Así pues, la variabilidad que se encuentra en las comunidades animales es de mucha menor relevancia que en el caso de la flora.

En el mundo invertebrado es de relevancia la presencia de la mariposa monarca (Danaus plexipus), que anualmente viene desde sus cuarteles americanos para vivir aquí a expensas de algunas plantas de la familia del algodón como es Asclepias curasavica o el “algodoncillo” Gomphocarpus fruticosus. También son famosas algunas otras mariposas como es la mariposa de cuatro colas (Charaxes jasius), cuya oruga se desarrolla sobre el madroño (Arbutus unedo) y la mariposa de Graells (Graellsia isabellae) cuya oruga se alimenta del pino salgareño. Destaca también Polyommatus violetae, endémica de la Cordillera bética. Este mundo es poco conocido, dada su escasa apariencia, por lo que suele quedar relegado al ámbito de los expertos.

Al hablar de vertebrados siempre se suele iniciar con referencias a los reptiles del lugar. Así pues, para no alterar el ususal orden de las cosas, diremos que el lagarto común (Lacerta lepida) junto a otras familiares de menor tamaño como las lagartijas y varias especies de serpientes como la culebra de escalera (Elaphe scalaris), culebra de herradura (Coluber hippocrepis) y la vibora hocicuda (Vipera latastei) son frecuentes en determinados lugares y en ciertas épocas del año. El camaleón, especie en peligro muy identificada con la costa andaluza, también tiene representación aquí, aunque es más frecuente en los campos de la baja Axarquía que en el Parque Natural. Entre los anfibios hay que destacar la ausencia de salamandra y tritones. En contraposición, estas montañas son el lugar donde se descubrió el sapo partero bético (Alytes dickilleni) para la ciencia.

Lo más llamativo entre los animales de la sierra y en general de nuestros campos y montañas suelen ser las aves. Tanto por su colorido y sonoros reclamos, como por sus hábitos, las aves diurnas son los elementos faunísticos que suelen llamar más la atención del visitante. Entre estas se pueden distinguir varios grupos. Por un lado las aves rapaces, tal vez las más ansiadas por el espectador dado su comportamiento espectacular y la facilidad de contemplar la mayoría de las especies en vuelos de planeo o remonte. De ellas existe una amplia representación que incluye al águila real (Aquila chrysaëtos), águila perdicera (Hieraëtus fasciatus), las más grandes y presentes todo el año. El águila culebrera (Circaëtus gallicus) y el águila calzada (Hieraëtus pennatus) llegan en primavera para sacar sus respectivas familias adelante a lo largo del verano. El ratonero común (Buteo buteo), el azor (Accipiter gentilis), el gavilán (Accipiter nisus), el halcón peregrino (Falco peregrinus) y el cernícalo vulgar (Falco tinnunculus) también son frecuentes en el área. Dentro de este grupo hay que señalar la ausencia de aves carroñeras. El grupo de los buitres, al que también pertenecen alimoche y quebrantahuesos, desapareció hace varias décadas por la utilización del hombre de cebos envenenados. Se instaló un comedero artificial para estas aves con el fin de conseguir su progresiva reintroducción. Igual destino debieron seguir los córvidos, de cuya familia solamente se encuentra aquí representación por el arrendajo (Garrulus glandarius) y la chova piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax). Por su parte, entre las rapaces nocturnas se encuentran presentes casi todas las especies ibéricas, destacando el búho real (Bubo bubo), el cárabo común (Strix aluco), búho chico (Asio otus) y autillo (Otus scops)

Otro grupo interesante son las aves forestales. Entre ellas resaltan los picos carpinteros como el pico picapinos (Dendrocopus major) y el pito real (Picus viridis). Otros que viven en bosques, matorrales y arroyos son el ruiseñor (Luscinia megarhynchos), carboneros, herrerillos, mitos, la oropéndola (Oriolus oriolus) y el chotacabras pardo (Caprimulgus ruficollis), la curruca rabilarga (Sylvia undata), el alcaudón común (Lanius excubitor), el chochín (Troglodytes troglodytes) y el colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros). En las partes más altas, principalmente entre roquedos y zonas despejadas aparecen las aves de montaña. Aquí se encuentran las collalbas negra (Oenanthe leucura), rubia (Oenanthe hispanica) y gris (Oenanthe oenanthe), también los roqueros rojo (Monticola saxatilis) y solitario (Monticola solitarius), el escribano montesino (Emberiza cia), el acentor alpino  (Prunella collaris) e incluso el raro treparriscos (Trichodroma muraria) cuando los fríos aprietan en la vecina Sierra Nevada.

Los mamíferos por su parte, son mucho más difíciles de detectar. Sus hábitos principalmente nocturnos les lleva a pasar desapercibidos a los ojos profanos del visitante eventual. Solamente sus rastros e indicios nos valen para confirmar la presencia de una u otra especie en el territorio. Entre estos existe presencia más o menos abundante de mustélidos como el turón (Putorius putorius), comadreja (Mustela nivalis), tejón (Meles meles) y garduña (Martes foina), los felinos ibéricos, no siendo raro el gato montés (Felis sylvestris), y algunos otros cazadores como gineta y meloncillo.

Otros mamíferos señalables son la ardilla (Sciurus vulgaris), de reciente aparición en la vertiente malagueña, así como el jabalí (Sus scropha) o el ciervo (Cervus elaphus), más antiguos en la vertiente granadina de la sierra. Es escaso el conejo, que apetece más de los campos abiertos y la labor agrícola, por lo que su papel como alimento principal de otros mamíferos pasa a ser relevado por lirones, ratas, topillos y ratones, también por las ardillas para los cazadores con capacidad arborícola. Pero lo más destacable a nivel faunístico es la presencia de cabra montés (Capra pyrenaica). Este animal, era uno de los endemismos faunísticos característicos de la Península ibérica, hasta su reciente reintroducción en Pirineos. Desde el siglo pasado, época en que anduvo escaso de representantes, estuvo extinguida en las vecinas Portugal (en el caso de la subespecie lusitanica) y Francia (en el caso de la subespecie pyrenaica). Aquí anduvo igualmente escaso de ejemplares hasta que en el año 1905 empezara la historia de su protección con la creación del Coto Real de la Sierra de Gredos bajo los auspicios del Rey Alfonso XIII. En nuestras sierras, la población anduvo recuperándose tras años de presión intensa, desde finales de los años 50. Pero es en 1973, con la declaración de la Reserva Nacional de Caza por parte de la Administración cuando se impulsa una protección específica de la especie que ha logrado aumentar la población desde unos 200 animales hasta unos 2.000, veinte años después, en la vertiente malagueña. Asimismo este aumento se ha dejado notar en territorios aledaños siendo bastante abundante cincuenta años después.

Entre todos estos valores silvestres, desde casi siempre estuvo presente el Hombre, ese ser bípedo con capacidad para crear cosas. Desde que uno de los primeros dejase su mandíbula inferior en Zafarraya ha pasado ya mucho tiempo en el que se ha generado una peculiar manera de vivir y entender la vida con la sierra como eje vertebrador de la cultura y economía en los pueblos del entorno.

El término Tegea aparece claramente en el libro escrito por Luis del Mármol y Carvajal en el año 1600, al hablar del paso desde Granada a la provincia de Málaga y lo relaciona con la abundancia «de los árboles tejos» que existen en ella. Almijara procede del término árabe al mihyara, «la rocosa» y deja patente que el aspecto actual de la montaña ha debido ser muy parecido a lo largo del último milenio Pese a ello, las tierras del sopie y la profusión de agua que manaba de ella, permitió una ocupación difusa del territorio, aunque con densidades no muy elevadas. La Tierra, poco generosa con la agricultura, ofrecía otros recursos que no toleraron a lo largo de la historia grandes números entre sus moradores. Así se desarrollaba una agricultura de montaña, de marjales o bancales clavados horizontalmente en la verticalidad de sus laderas, capaz de sostener pequeñas huertas de verduras y frutales. El nogal, el camueso, el serbal, el almez, el olivo, la higuera, el granado, el acerolo, la gamboa, el cidro, y el azufaifo son algunos de los árboles más utilizados en épocas antiguas. Y sobre todos el árbol fersad o morera, que permitió una próspera industria de la seda de notable importancia económica. Otras ocupaciones de estos hombres fueron el pastoralismo, la caza, el esparto, el carboneo, la madera, el viñedo con la uva pasa y la industria de la nieve.

Destacan dos por su relativa reciente desaparición, la resina y la arriería. La resina es obtenida a partir del alma de sus pinares. Heridos en su longitud por el corte de la escoda, su lento manar de resina era recogido periodicamente en los potes de barro recorriendo aquellas blancas laderas arenosas en que vive el pino negral o resinero. La excelencia de estas montañas para este aprovechamiento queda plasmada en la ubicación de una industria de recogida y destilación de la resina en el centro de La Resinera, de la localidad de Arenas del Rey (Granada). Por su parte, la arriería era la sangre viva de estas sierras, recorriendo sus arterias a través de los puertos de Cómpeta y Frigiliana principalmente para poner en contacto las vidas de ambas vertientes.

Ahora todo esto ha cambiado a una alta velocidad, no en vano el pasado ha sido el siglo del AVE, antesala del actual, en el que todo ya es anticuado antes incluso de crearse. Hoy día, la vida de esta comarca se muestra más dependiente de la costa que de la montaña. A pesar de ello, la inmensa barrera que esta sierra supone con sus más de mil quinientos metros de altitud, protege a la soleada línea costera de los gélidos vientos del norte, lo que es codiciado por la industria hotelera y las gentes extranjeras que han tomado asiento definitivo en esas tierras.

Los pueblos, aunque son externos al Parque Natural encierran un enorme valor cultural que debe protegerse con el mismo interés que se ha procurado hacia el patrimonio natural. Encerrados en ellos siglos de historia, constituyen un legado único en el mundo, con singularidades arquitectónicas, paisajísticas y sociales que distinguen a esta tierra. Desgraciadamente, con excepción de Frigiliana, esto es poco valorado por ellos mismos.

La Axarquía, en la cara sur del Parque Natural, contrasta con todo su entorno, inicialmente ya es distinta a las tierras de Alhama, en la cara norte de la montaña. Las perlas blancas de cal y ladrillo, de olor a azahar y jazmín,  que albergaban a sus gentes se van convirtiendo en una babel cosmopolita, de urbanismo disperso y desordenado. Los usos tradicionales de la tierra han decaído por la situación actual del comercio y se rinden a la elevada cotización con fines urbanizadores, que se han consentido años atrás. Solamente el municipio de Salares se ha mantenido como siempre hasta hace poco, aunque ya se atisban indicios de cambio. El rítmico mosaico del paisaje, conformado por empinados viñedos y alineadas plantaciones de almendro u olivar, con casitas diminutas incrustadas al terreno y guarnecidas por el perfil de sus paseros, va quedando para el recuerdo en los lienzos de Evaristo Guerra y otros enamorados de estas soleadas tierras.

Ahora se ha convertido en un sinfín de parcelas acotadas por un “Prohibido el paso” cansino y molesto que atenta contra la afamada hospitalidad ligada al carácter de sus gentes durante siglos. Un paisaje que muere al tiempo de ser conquistado por la pala mecánica nivelando sus laderas para plantaciones tropicales o casas cercadas de arquitectura aberrante. Es una muerte de éxito que lleva a la uniformidad, propia de la globalización actual arrolladora de las singularidades en todo el mundo.

El Parque Natural, único hasta ahora promovido por la iniciativa de sus pueblos, es deseado como reclamo natural que incremente el atractivo turístico de la comarca. En este sentido es un nuevo reto de futuro para dinamizar la economía de los pueblos aledaños. En mi opinión no obstante, se corre el peligro de quedar deslumbrados por la naturaleza forestal frente a la naturaleza agroganadera, a veces igual de interesante y singular y desde luego mucho más cercana a los intereses populares. Más humana, más compatible y más comercial. Solamente es cuestión de superar la rutina que lleva a confundir el progreso con lo novedoso, poniendo en manos ajenas la tierra, la cultura y el futuro no lejano.

Esperemos que al menos, sea para bien.

Antonio Pulido Pastor
Tottori Trip