A mis 21 años, nunca había viajado solo. Sí, había cogido varias veces un avión, un barco, un tren, un autobús y un coche sin ningún acompañante, pero esta era la primera vez que nadie esperaba mi llegada en el lugar de destino. Llevaba dos semanas en Coventry, tras pasar las vacaciones de Navidad en España. Se acercaba el fin de semana y no se vislumbraba ningún plan en el horizonte. Todo apuntaba a que me iba a pasar los dos días encerrado en casa, acompañado de una pizza congelada del Iceland (famoso supermercado británico), de esas con los bordes rellenos de queso. En serio, si tenéis oportunidad de probarla, no lo dudéis. Bueno, el caso es que, aunque la pizza y una peli no me parecían mal plan, algo me decía que tenía que hacer otra cosa. Debía seguir descubriendo los secretos de esta isla. Estuve varias horas buscando billetes de tren, dudando si comprarlos o no, ya que me daba miedo viajar solo y nadie podía ese fin de semana. Y claro, en enero hace frio… y un montón de excusas más que me puse para quedarme en casa disfrutando de la pizza, en mi “zona de comfort”. Sin embargo, al final me decidí. Al día siguiente iría yo solo a Liverpool.

Liverpool de noche

Albert Dock: Puerto de Liverpool

A las 8:37 de la mañana salí de la estación de tren de Coventry, e hice dos transbordos (uno en Birmingham New Street y  otro en Crewe) hasta llegar finalmente (sobre las 11:00) a  Liverpool Lime Street, la céntrica estación de tren de Liverpool. Una de las cosas que más me gustaron de esta ciudad es que puedes llegar a todos los sitios interesantes a pie, y sin cansarte demasiado, como el príncipe de Bel-Air. Nada más salir de la estación, me encontré con el St. George Hall. No entré, pero no era necesario para disfrutar de la belleza de su arquitectura neoclásica. Por lo que supe después tras hacer unas preguntas, es una sala de conciertos, además de albergar los juzgados de la ciudad. Solo a 100 metros, el arte neoclásico continúa en la Walker Art Gallery, que como la mayoría de galerías británicas, es totalmente gratuita. Merece la pena pasarse si te interesa la escultura y la pintura. Bajando esa misma calle, a menos de 50 metros, encontramos la Biblioteca Central de Liverpool, que posee una estructura circular bastante atractiva. Además, en la entrada hay una gran superficie de suelo en el que hay escritos los títulos de un montón de obras, tanto literarias como cinematográficas. Junto a este edificio, encontré el World Museum, o Museo del Mundo, también gratuito. Como su nombre indica, es un edificio que alberga todo tipo de elementos, desde arte egipcio, hasta acuarios, maquetas de dinosaurios, etc. No tuve tiempo de explorarlo a fondo, pero me habría encantado.

Acuario del World Museum

Tras abandonar la “zona de los museos” me dirigí hacia las catedrales. Después de caminar 15 minutos llegué a la Catedral Metropolitana. Es sin duda la más extraña que he visto en toda mi vida. Desde fuera, parecía una nave espacial, o una instalación tecnológica muy alejada de cualquier ámbito religioso. Una vez me acerqué, empecé a intuir el carácter eclesiástico, pero no dejaba de ser un monumento bastante raro. Tras subir las numerosas escaleras, que me recordaron a aquella película de Stallone, me sorprendió mucho el interior tan colorido que formaba aquella iglesia. Las vidrieras hacían un juego de luces precioso. En una mesa encontré un cuaderno en el que la gente que pasaba por allí podía escribir lo que quisiera. Tras escribir mi frase, salí en busca de la otra catedral. Tras andar unos 10 minutos, llegué a la llamada Catedral Anglicana de Liverpool. Ya desde lejos me impresionó su gran tamaño, y es que al parecer está considerada la quinta catedral más grande del mundo. Esta, a diferencia de la anterior, tiene una arquitectura más tradicional, pero no por ello menos interesante. Su estilo gótico y su fachada de marrón rojizo oscuro es muy impactante. Sin embargo, no eres consciente de su tamaño hasta que contemplas el interior. También me llamó mucho la atención la existencia de un restaurante dentro de la propia catedral. Al salir me topé con el St. James Park, un parque que rodea un lateral de la catedral y que, si no eres de los que se asusta fácilmente, es de visita obligada. Está plagado de tumbas y tiene una atmósfera muy misteriosa. No me importaría pasar la noche de Halloween allí, pero eso sí, nunca solo. Continuará.

Catedral de Liverpool

Catedral Metropolitana de Liverpool