Un viaje de recuerdos

El viaje comienza en el aeropuerto, la tensión y las prisas hacen que no puedas disfrutar de la expectación del viaje hasta que estás en el avión. Una vez dentro aún necesitas unos minutos para darte cuenta de que no se te olvida nada; quizás no te has despedido de tus padres, o a lo mejor has olvidado coger el libro que querías leer en el avión, pero ya es tarde. Sin darte cuenta estás apunto de entrar en una preciosa burbuja y lo mejor, o tal vez lo peor, es que no sabes que has entrado en ella hasta que esta se deshace.

Al bajarte del avión te sientes invadido por una sensación amiga; la tensión y las prisas vuelven, pero esta vez te importa mucho menos porque te sientes curiosamente más ligero. No es que hayas olvidado la maleta en el avión, te sientes libre. Aunque tardas en notarlo el cansancio comienza a hacer mella, tanto es así, que cuando por fin llegas a tu alojamiento lo primero que haces es buscar una silla.

Es difícil decir como vas a pasar tu primera noche fuera de casa, cada uno tiene una experiencia diferente, pero está claro que la sensación de estar en una cama que no es la tuya es algo extraña. Abres los ojos en mitad de la noche y la ventana está a tu derecha, mientras que en tu habitación la tienes a tu izquierda, casi detrás de ti. El espacio y la organización es distinta y por un momento se te olvida donde estás. A pesar de todo, la fatiga y el conocido “jet lag” te inducen en un sueño profundo. Duermes plácidamente sin saber que ya estás dentro.

Los días transcurren y la libertad que sentiste cuando te bajaste del avión ahora forma parte de ti, es como si siempre hubiera sido así. Cada día que pasa te encuentras más metido en la burbuja. La burbuja te eleva, a través de sus paredes las imágenes de fuera adquieren un color más llamativo, todo es más bonito, además las sensaciones que experimentas dentro de ella se convierten en algo más intenso y personal.

La gracia de todo esto es que disfrutas de todas estas sensaciones sin pararte a pensar que algo no cuadra.

El viaje se acaba, toca volver a casa, y lo haces con una sensación de victoria, es como si hubieras visto, sentido y vivido algo único, algo que nadie más ha experimentado, y te sientes importante.

Un viaje en el recuerdo

Llegas a casa, durante las primera horas todo parece seguir como estaba; vuelves con una sensación muy diferente a la que tenías cuando te fuiste, y te das cuenta que por casa todo sigue igual, nada se ha movido de su sitio. Al llegar te echas para descansar del viaje en tu cama de siempre, estás muy cómodo pero tienes la sensación de que te falta algo.

Cuando te despiertas ya se ha hecho de noche, tu te encuentras desorientado, ¿estás en un sitio diferente?, estás en casa pero no te sientes como en casa, te sientes diferente. Al día siguiente las cosas tienen otro color, te sientes curiosamente fuera de lugar. Esta sensación no dura demasiado, es el tiempo que tarda tu burbuja en deshacerse con un entorno que no es el suyo.

Unos días después te sientes más normal, sin embargo algo te llama la atención. Descubres en tu móvil una foto de tu viaje. En ella ves a tus amigos y te ves a ti. En ese momento comienzas a recordar los colores llamativos, de repente, tu memoria te sorprende y en tu mente se despierta una sensación increíblemente bonita, miras atrás y sabes que te ha dejado una cicatriz. Todo esto dura lo que tardas en levantar la vista y seguir tu camino.