Antes de comenzar con la primera entrada de este viaje, me gustaría añadir algo personal.

No es algo que me haya pasado en todos los viajes, pero hay lugares que me eran completamente desconocidos cuando los visité. Sí es cierto que había oído hablar de las dos regiones de este viaje, sobre todo en la que permanecimos más tiempo. Sin embargo, este conocimiento se basaba en las lecciones de historia que recibí en bachillerato, limitándose a mencionar la región, no a describirla. Así que cuando llegamos a cada una de ellas, me quedé fascinado. Podría decir incluso que, de todos lugares que he visitado, son dos de las regiones que más he disfrutado.

Aclarado este punto, empecemos con el reportaje:

Primer día: “Desembarque y alojamiento en nuevas tierras. Kaysersberg y Basilea”

Aquel 7 de agosto de 2017, aproximadamente a las 9:00, me embarqué en un avión rumbo a Basilea (Suiza). El vuelo duró algo más de dos horas, pero se me pasó muy rápido.

El aeropuerto de la ciudad era muy pequeño, pero lo que realmente me llamó la atención y que nunca había visto en otro aeropuerto era una frontera en el interior y en el exterior. No me refiero a un control de aduanas sino a una división arquitectónica del aeropuerto en la parte francesa y en la parte suiza. En menor medida, también hubo algo que sorprendió y es que pese a la reducida capacidad del aeropuerto, tenía una zona de recreativas bastante moderna.

Cuando conseguimos el coche que utilizaríamos durante todo el viaje, lo primero que descubrimos era lo mal que estaba señalizada la carretera. Lo que no me quedó claro es si era solo Suiza o también las otras dos regiones que visitamos. Sin adelantarnos a los acontecimientos, os recomendaría que si visitáis estos lugares desde el aeropuerto de Basilea, tengáis clara la ruta que haréis para llegar a vuestro destino.

No lo recuerdo con seguridad, pero me dio la sensación de que tardamos unas tres horas en llegar a Kaysersberg, un pueblo de la Alsacia donde nos hospedaríamos a lo largo de la semana. Si viajáis con un grupo grande, os recomiendo la casa que hay encima del restaurante “Le Kaysersberg”, un lugar con una exquisita decoración rústica bastante espaciosa.

Eso sí, aquel día descubrimos los horarios tan limitados que tienen en casi todos los pueblos de la Alsacia: la mayoría abren las cocinas de 12:00 a 14:00 para después reabrirlas de 19:00 a 21:00. En las ciudades son más flexibles pero os recomendaría seguir esos horarios para no os coja desprevenidos.

Aquel día nos dedicamos a comprar la comida para la semana en un supermercado llamado “Intermarché” y en ver un poco el pueblo.

La mayoría estaban cansados y no se movieron mucho, pero como yo tenía ganas de seguir investigando y echar fotografías, otro más se animó y me acompañó al mejor lugar de Kaysersberg: el castillo. Accediéndose por la parte de atrás de la oficina de turismo y la sala de exposiciones que os recomiendo visitar, no solo por lo que pueda contener sino por el claustro colindante, hay que subir una escalinata de piedra algo pronunciada para llegar al castillo.

En ese mismo lugar encontramos unas pequeñas estructuras de mimbre que me recordaban a los tipis de los nativos norteamericanos. No sé si eran las esculturas de algún artista, un lugar recreativo para los niños o tenían otro significado, pero la verdad es que me gustó.

Os recomiendo que subáis la escalera al castillo con tranquilidad, pues en determinados puntos del camino podéis pararos a contemplar unas vistas del pueblo ya bastante interesantes.

Se le conoce como un castillo pero no sé si llamarlo así, pues solo es un torreón con una muralla que lo cerca. De todas formas, pese a lo bien conservada que está la estructura, lo más interesante no es el edificio en sí, sino los paisajes que también ofrecen la plaza del castillo y lo alto de la torre.

Cuando bajamos de la torre y volvimos a la entrada del castillo, seguimos por el sendero por donde habíamos venido, pues continuaba ascendiendo por otro lado y se dividía en dos cruces: a la izquierda se internaba en un bosque y a la derecha se desviaba por un camino que atravesaba los viñedos y parecía bordear la ciudad en línea recta. Quien me acompañaba se adelantó por el sendero de la izquierda pero volvió al poco tiempo al saber que conducía hasta un restaurante. Como estábamos cansados y no nos interesaba el camino de la derecha, regresamos y descendimos por el camino de piedra hasta volver a la casa.

A la noche, ya habiendo descansado, volvimos a salir para dar un paseo. Ya os adelanto que no habrá mucha fotografía nocturna en el viaje, pues siempre volvíamos a Kaysersberg antes de que anocheciera, no solo porque tardaba en irse el sol, sino porque no aguantábamos más tiempo caminando y después conduciendo. Así que la fotografía nocturna se limita a Kaysersberg. Otro dato a tener en cuenta es que estas fotografías como las tomadas en el interior de las iglesias, están realizadas sin trípode, por lo que me costó para que no saliesen trepidadas.