En mi periplo ibérico siguiendo el rastro del lobo, en esta ocasión visito la Sierra de Guadarrama, esa cuña del Sistema Central oriental que sirve de frontera con las provincias de Segovia, Soria y Guadalajara en un radio de acción de apenas cincuenta kilómetros. 

Como en otras ocasiones mi primera incursión se produce sin conocer a nadie de quienes voy a visitar. Simplemente tengo unas referencias facilitadas por amigos interesados como yo en el tema de la ganadería extensiva y la conservación del lobo ibérico en estado salvaje. Y así, cuando me encuentro con Paco Álamo, me sorprende su juventud al esperar a alguien de mayor edad, más acorde con el prototipo de pastor promedio que conozco. La profesión tal vez sea la más deficitaria en cuanto a relevo generacional, raramente encuentra uno a pastores jóvenes en el campo. Y Paco, apenas llega a los cuarenta años.  Enseguida se muestra como una persona abierta, sin trabas ni reservas interiores que suelen ser características entre la gente de campo cuando entabla conversación con un desconocido. Así que es fácil congeniar con él. Me cuenta sus mil y un avatares anteriores a nivel profesional, en su mayoría vinculados al medio ambiente y resulta así fácil entender que haya terminado viviendo en un pueblo y haciéndose cargo de una piara de cabras. Me resulta simpático además el hecho de que haya elegido la raza rubia malagueña. Es algo que me pasó también en la montaña de Riaño (León), con ganado caprino de la basta serrana, procedente de Sierra Morena en Jaén. En un caso se debe a la aptitud lechera y en el otro a la cárnica de cada una de estas razas.

Cuando le acompaño en el careo de la piara no me espero la maestría que ya tiene pese a la mocedad en el oficio que él mismo alega. La compenetración con Mary, su perra de pastor o Atenea su mastina son asombrosas, así como el trabajo de ambas. Igualmente asombrosa es la docilidad de las cabras, que son prácticamente mansas. Vienen a la mano, piden de comer e incluso se rascan contra el cuerpo del visitante. Puede el lector imaginarse el no tan sutil aroma con el que uno termina la visita a tal congregación de capricornio.

La conversación con Paco es fluida y amena dejando percibir el enorme caudal humano que atesora en su interior. Fascina escucharle hablar sobre la forma de entender el paisaje y las relaciones hombre-naturaleza. No en vano su trayectoria vital le han ido dejando poso hasta proveerle de una pátina de serenidad y solidez de principios que resulta impactante. Paco es un juglar que canta a la coherencia personal. Convencido desde siempre de la importancia de la biodiversidad y la naturaleza, en general navegó por distintos oficios vinculados a la vida silvestre. Y en su última aventura, ha apostado de manera fuerte por vivir la montaña de forma autónoma y en uno de los oficios más apegados desde siempre al medio rural, el de la ganadería extensiva a pequeña escala. Su fachada ascética concuerda perfectamente con sus planteamientos de vida y su filosofía personal en la que destaca la concepción del Uno como integrador entre lo físico y lo metafísico predican la hermandad entre el hombre y lo salvaje. Y así entiende que el lobo, recientemente llegado a la montaña de Guadarrama es una pieza que faltaba en el ecosistema y un activo más para los usos que el práctica.

Puestos a pensar en balances económicos, viene a ser como ese veterinario que hay que costear cuando una cabra se pone enferma o trae un mal parto, dado que elimina en el medio silvestre vectores portadores de patologías indeseables como agalaxia, pododermatitis, tuberculosis, queratoconjuntivitis, sarna, oestrosis y cuantas afecciones contagiosas puedan permanecer como reservorio en el conjunto de la fauna silvestre. Por otra parte el lobo también contribuye no sólo a reducir la carga de herbívoros salvajes en el medio natural mediante predación. Con su presión depredadora actúa obligando a las especies presa a distribuirse por el territorio sin dar lugar a las grandes concentraciones que en su ausencia se generan. Ello contribuye por tanto a evitar daños en la vegetación del lugar haciendo más viable el aprovechamiento ganadero. El ejemplo de la cabra montés en Sierra Nevada o en esta montaña puede considerarse como representativo de ello.

Los días que paso por aquí se muestran con su cara menos amable. La transición del verano al invierno parece haberse efectuado en un instante y fuertes aguaceros me asaltan de forma repentina e inesperada complicando el manejo de todo. Y uno que conoce la capacidad de enfado que puede tener una alta montaña como esta, puede hacerse fácilmente una idea de la dureza de esta actividad en lugares como estos.

La ganadería extensiva, pertenece a ese sector especial del mundo laboral que no tiene tiempos muertos. Menos aún paradas ni días de descanso. Son ese tipo de empresas que abren durante 366 días al año si es bisiesto y que consumen toda la atención que el operario, el gerente, sea capaz de ofrecer. Pese a ello, también se queda en el lado de las ocupaciones socialmente menos consideradas.

Aunque suele decirse que los niños de las grandes ciudades creen que la leche sale de los envases, en ocasiones, parece ser verdad. Pocos se paran a pensar en el esfuerzo personal que supone atender a un rebaño de animales cuyo ritmo fisiológico no dista mucho del nuestro. Resulta imposible desconectarlos cada tarde para cerrar el centro de trabajo y volver a la mañana siguiente empezando por donde al cuidador le resulte más cómodo. Bien es cierto que hoy en día, los sistemas intensivos de estabilización mecanizada hacen posible un incremento del control, de la comodidad y de la rapidez de gran parte de las operaciones cotidianas y eso redundan en los precios de producción y mercado. Pero también en la calidad. Somos lo que comemos dice un proverbio utilizado frecuentemente en temática alimentaria a nivel humano. No deja de ser aplicable también a otros seres vivos. Y así, la alimentación manipulada, basada en concentrados a base de grano, de forraje deshidratado, que se altera térmicamente, maltratado mecánicamente, y de composición más o menos uniforme en base a grandes cultivos forrajeros todos manejados para la alta producción y con peligrosa carga desconocida de pesticidas en su seno (soja, maíz, alfalfa, girasol, veza, avena, cebada, centeno) no resulta comparable al cortejo vegetal que tapiza de forma casi exclusiva cada uno de los lugares por los que pasa un rebaño de ganado en pastoreo extensivo.

Desde la calidad y variedad de la hierba, compuesta en este caso por plantas que han evolucionado durante milenios en interacción mutua con el ganado pastante (Poa, Brachypodium, Festuca, Agropyron, Lolium, Holcus, Bromus, Vulpia, Dactylis, Cynodon, Medicago, Trifolium, Vicia, Onobrychis, Astragalus, Scorpiurus, Ornithopus, Hedysarum, Melilotus,…) hasta los distintos arbustos que se encuentran en el terreno y de los que algunos, como los pertenecientes a la familia de las Labiadas, Cistáceas, Compuestas, le aportan al animal aceites aromáticos y compuestos orgánicos naturales en su dieta. Salvia, tomillo, romero, cantueso, lavanda, olivilla, zahareña, ajedrea, perdiguera, jara pringosa, estepa blanca, jaguarzo morisco, jara rizada, jara laurel y así muchas otras, proporcionan una variedad forrajera inimitable por la alimentación industrial. Junto a ello, bien es conocido además el efecto que sobre la musculatura tiene el ejercicio que durante el careo cotidiano llevan a cabo los animales.

La calidad del producto, bien sea cárnico, bien sea lácteo o sus derivados, no encuentra parangón entre los derivados de la estabulación del ganado. Tal vez muchos de los consumidores no sepan que los corderos o cabritos que proceden de ese tipo de explotación, no son criados con leche materna, sino con un sustitutivo artificial en polvo que se les suministra a través de sistemas automatizados donde ni siquiera están en contacto con la madre, a la que se ordeña de forma paralela para destinar su leche a la producción quesera principalmente.

Dejo atrás a Paco, con su cinta continua de tareas en Bustarviejo y llego hasta Robregordo donde contacto con Rubén Cano. Con ese nombre, sólo se puede ser una cosa, delantero centro. Él tiene esa energía y la mente hábil propia de un líder de equipo. También es sencillo, afable, y me atiende al momento. La sorpresa esta vez no resulta tan estremecedora porque ya me habían advertido de su juventud. Sin embargo, no deja de impactar que alguien que no llega a la treintena sea capaz de abandonar la comodidad urbana y optar por la hostilidad y falta de oportunidades en un pueblo de montaña en el que durante el invierno sólo viven 15 de los 45 habitantes censados. La gran autovía del norte, en lugar de haber funcionado como una herramienta de conexión y contacto, parece haber actuado como vía de escape, por la que se ha perdido la mayor parte de la población. Rubén tiene aspecto de un luchador como Ayax, con fortaleza física y mental para afrontar retos como el que se ha propuesto y vivir de la ganadería extensiva en la montaña, de convivir en paz con el lobo. De momento compagina el ganado con otras taras, auxiliando las necesidades que sus compañeros tienen con el cuidado del rebaño.

El mérito de estos chicos reside principalmente en una convicción de principios. No tienen una tradición familiar que les haya llevado a sentir amor por la vida en el campo ni tampoco filias cercanas a las complicaciones que supone el manejo ganadero al nivel profesional que se requiere para vivir de ello. Su arrojo debiera ser recibido calurosamente por esas Administraciones públicas que tanta energía emplean en predicar contra el despoblamiento rural y el abandono de los pueblos de montaña a fin de emular en coherencia a este grupo de jóvenes que se han propuesto volver a revitalizar pueblos de escaso crecimiento vegetativo como Robregordo, Madarcos, y todo el entorno de Somosierra. Un mal endémico que gangrena el mundo rural y que sólo en Castilla y León afecta a unos 7.500 pueblos. Algo que es común a las áreas marginales de montaña, y que en realidad se extiende por toda la Península donde ese tipo de territorio viene a ser casi el 50% de la superficie total. En lo que llevo visto en montaña palentina, montaña de León, Sierra Morena, Sierra de Segura y ahora el Sistema Central, la población serrana que no va siendo fagocitada por los núcleos urbanos más prósperos de su entorno, sufre de un envejecimiento paulatino que la lleva a una cercana extinción.

Subo hasta Montejo de la Sierra, la protagonista principal en la Reserva de la Biosfera “Sierra del Rincón”. Allí converso con Ana y Guillermo. Es otro planteamiento en cuanto al medio natural, porque cuentan con un seguro de vida. Guillermo es el maestro del pueblo y Ana es la titular de una granja de producción animal y hortícola. No obstante, enlazan con los mismos parámetros frente a la agonía rural. Son un matrimonio joven con dos hijos y podrían haber elegido otra opción a priori más seductora de cara a comodidades u oportunidades para sus hijos frente a las que ofrece un pequeño pueblo de montaña. Guillermo es además un tenaz defensor de los modos de vida tradicionales y forma parte de la representación sindical agraria de la comarca. Frente a los planteamientos arcaicos, defiende la compatibilidad de la biodiversidad silvestre con los usos humanos de la tierra. En ese sentido, ambos se encuentran plenamente integrados en el circuito vital del pueblo y su entorno productivo tradicional.

Vuelvo a Robregordo donde he quedado con Marina. A través del teléfono ya se intuye su afabilidad, pero consigue emocionarme cuando la encuentro en pleno monte conduciendo el rebaño de cabras. Es una sonrisa perpetua posada sobre cuerpo de mujer. Tiene 27 años y un buen día decidió abandonar la gran ciudad y asentarse aquí para cambiar de vida. Cada mañana ordeña a mano y saca a pastar a un ciento de cabezas de raza serrana algunas de las cuales tienen mayor peso y tamaño que ella. No le arredra la dificultad de sus contrincantes caprinas, la dureza del trabajo, ni la reciente llegada del lobo a aquellos parajes, con quién ya ha tenido varios encuentros de mejor o peor fortuna.

Encontrar alguien así, en clara desventaja con la hostilidad del medio, por libre elección, no puede ser menos que admirable. Frente a la vida fácil y cómoda que da la capital del país para adentrarse en la cerrada sociedad de la montaña donde sus habitantes desconfían, y donde todo escasea o es más difícil de conseguir, es una decisión que habla por sí sola de valentía y entereza. Con su aspecto delicado, tiene impresa la tenaz flexibilidad con la que las ramas de sauce se enfrentan a las crecidas de un río. Y así, armada con un ánimo inquebrantable capea los temporales que la vida va dejando venir, y que en la montaña, suelen arreciar aún más. Junto con Rubén, Alvaro y otros, forma parte de una joven cohorte de aventureros y emprendedoras dispuestos a acudir a esa llamada que tanto repiten algunas Instituciones para que los pueblos del ámbito rural no se deshabiten. Pese a ello, parece que una vez llegados allí, encuentran más hostilidad que facilidades, algo que no resulta fácil de entender salvo que atendamos a la lógica política del momento donde salta a la vista el interés de la mayoría de los dirigentes públicos. Y valga Madrid como ejemplo. Ha sido una suerte encontrarles en este viaje y compartir con ellos unos instantes de su oficio y de su vida.

Esta generación de nuevos pastores ha llegado a la montaña a la par que el lobo. Escuchan historias de leyenda y de tiempos pasados donde la hostilidad hombre-medio natural era letanía cotidiana. Ellos, provistos de otros antecedentes más urbanos llegaron aquí con una concepción muy distinta de lo que es la fauna silvestre, claramente cargada con ese punto de idealización que da la educación moderna de tinte integrador y pacifista. Al darse de bruces con la realidad más rutinaria surgen las contradicciones. El esfuerzo que suponen las medidas preventivas en tanto que económico y el incremento de dedicación al ganado, en tanto que personal, llevan a replantearse convicciones y esquemas iniciales. Hasta que se llega al consenso emocional y personal al respecto. Digamos que, en ese tema, estos jóvenes son el mejor nexo posible entre lo urbano y lo rural. Ni presentan las inercias culturales anquilosadas en el pasado, ni tampoco son irrespetuosos o radicales frente a la postura de quién se encuentra con un problema que llevaba un siglo desterrado de estos horizontes serranos. Frente al desajuste, las opiniones son unánimes, hace falta apoyo por parte de la mayoría social urbana siendo conducida adecuada y eficazmente por las Administraciones competentes al respecto: Ayuntamientos y Comunidad Autónoma.

El lobo animal sólo requiere de tiempo para la adaptación. Uno o varios perros de guarda no es algo que pueda comprarse y añadirse al modo de una herramienta o utensilio más. Ha de criarse en el seno del rebaño desde sus primeras semanas de edad y no podrá estar listo para su labor hasta pasado un año y medio o más, cuando haya adquirido la corpulencia y habilidades suficientes. En el plazo de adaptación hay que suplir su labor con esfuerzo humano en horas de vigilancia, recogida de los rebaños, infraestructura para manejo y resguardo. En definitiva un sobrecoste que reduce los exiguos beneficios que el negocio maneja como renta. La Administración ambiental, tiene en el fomento y subvención de las medidas preventivas la mejor herramienta para favorecer la aceptación y conservación del lobo por el mundo rural, convencidos de que el papel ecológico de policía sanitaria que representa en los ecosistemas naturales resulta indispensable también para mantener el orden epidemiológico entre los rebaños domésticos o evitar la sobrepoblación herbívora que acabe con los recursos forrajeros.

Pese a todo ello, el acuerdo es unánime en que el gran enemigo de la ganadería extensiva no es el lobo. Eso lo tienen aún más claro en los territorios limítrofes con Portugal, donde el lobo nunca se extinguió y siempre se ha sabido conjugar con el libre pastoreo y la tenencia de rebaños en extensivo. El gran problema de este estilo de vida no es ni siquiera el Mercado, tal como se le suele denominar genéricamente en alusión a la dificultad para dar salida a los productos de la explotación ganadera artesanal. Toda la hostilidad procede de las grandes corporaciones industriales y de los modernos sistemas de explotación agropecuaria que tienden a la masificación siendo su principal objeto el control y capacidad de regulación del abastecimiento y por ende de los precios y el margen de beneficio. Que el mundo rural tradicional ha sido capaz de abastecer durante décadas a grandes ciudades es sólo una cuestión de historia que se encuentra escrita en los libros y hojas de la antigua Comisión Nacional de Abastos, cuando este país tuvo que ser autosuficiente. Toda una red de tratantes y mercaderes encaminaba las reses hacia los vagones del ferrocarril o camiones para poner destino a cada uno de la red de mataderos que se encontraba distribuida por las localidades más pobladas a lo largo de todo el territorio nacional.

En la actualidad, excusas sanitarias, de reducción de precios y la provisión de transformados han reducido el espectro comercial a grandes distribuidoras a las que se les permite manejar los precios de producción a conveniencia en perjuicio de los productores. El volumen de combustibles fósiles que se requiere, la huella de carbono que supone el proceso y los niveles de dependencia del abastecimiento respecto a la red de distribución son desorbitadas y sin embargo no aseguran la soberanía alimentaria, sino más bien al contrario, tienden a acabar con ella. La gestión política y administrativa en ese sentido dista mucho del interés general, algo que a día de hoy no es de extrañar visto el tráfico de influencias y sobres que circula entre los círculos de los dirigentes que elegimos para representarnos en ese tipo de tareas.

Frente a la decena o la veintena de cabezas que el lobo pueda generar como baja en un rebaño desatendido, la presión comercial es algo genérico que afecta a toda la explotación ganadera por igual y a toda una región o país. Los resultados, como salta a la vista, han sido la ruina de multitud de productores que se han visto abocados al abandono, encontrando una ocupación alternativa en el mejor de los casos.

No puedo sino sentir admiración por personas como éstas que muestran coherencia personal de pensamiento y acción, lo que contrasta en cierto modo con esa postura institucional que debiera velar por el interés general, la calidad y soberanía alimentaria y que aboga por frenar la despoblación del mundo rural. Sin embargo llegado el caso, no muestra apoyo suficiente a este tipo de iniciativas. Es algo general que me he encontrado mi último recorrido por los pueblos de la montaña del Sistema Central Oriental. Este es su testimonio.

Sin duda esta facción de juventud es pieza clave en el porvenir de la montaña. Espero que los responsables de la gestión, desde cualquier ámbito, sean capaces de verlo y entenderlo en la medida necesaria.

¡LARGA VIDA AL ARTE SANO!

 

Antonio Pulido Pastor

Siece.org