Dicen que todos los caminos conducen a Roma, pero en este caso por temas del destino me condujo a París. La capital de la cultura, la ciudad del amor y del arte. Esa ciudad que enamora y que ha sido centro neurálgico de la historia mundial occidental. Ha sido espectadora de caídas de dinastías, de revoluciones, de luchas, de nacimiento de imperios y de la humillación de ser invadida por otro. Ha sido clave en la lucha contra el fascismo, en la lucha por las libertades, de nuevos pensamientos, de nuevas culturas. Ha sido el hogar de marginados artistas y de artistas consagrados, la madre del cine y de la fotografía. De las nuevas corrientes pictóricas, de las nuevas corrientes arquitectónicas. Hablar de París es hablar de arte en mayúsculas, de arte en estado puro, de arte en todas sus vertientes.

París, simplemente París.

La llegada a París

No entraba en mis planes personales viajar a París, pero por distintos condicionantes acabé viajando con dos buenos amigos para ver a otra amiga que vive en la capital francesa. Alojándonos durante una semana en un pequeño apartamento del distrito XIX de París.

Veníamos ataviados como si del Polo Norte se tratara, ya que nos habían avisado “hace frío en París en esta época del año”. Aun así, no nos chocó mucho el cambio de temperatura, simplemente unas llovizna nos dio la bienvenida nada más pisamos suelo francés.

El viaje en el RER, el cercanías parisino, fue tranquilo, pero me sorprendió. Había estado en Tailandia y había visitado aeropuerto de varios países en ese viaje, pero ese trayecto de camino al distrito en el que nos alojábamos fue muy especial. El vagón en silencio mientras nosotros hablábamos de cómo había ido el vuelo y de cómo llegar a nuestro destino, a la vez que iba viendo los distintos barrios periféricos que rodean la capital me hizo asimilar de que estábamos por fin en París. Hacía exactamente 20 años desde que estuve en esa ciudad, por aquel entonces no era más que un niño que viajaba con su padre y sus hermanos para disfrutar de Disneyland, en esta ocasión iba con mis amigos, pero esa sensación de nostalgia no me abandonó en todo el viaje.

La bienvenida fue cálida y nostálgica, nuestra amiga francesa la cual hacía algún tiempo que no veíamos nos esperaba en el piso con cervezas y algo de comer. Entre anécdotas e historias se nos pasó pronto la primera noche en la capital francesa, por lo que decidimos acostarnos pronto para coger fuerzas para el día siguiente. Nuestra amiga nos había dado un mapa de París y decidimos hacer una ruta a pie que comenzaría en La Bastilla y acabaría en el Arco del Triunfo.

El Metro de París

El primer monumento que visité de París fue el metro, no por su grandeza arquitectónica, ni por su innovación tecnológica, sino por la magia que transmite y por la gente que viaja en él. Porque el metro de París con más de 100 años a sus espaldas tiene vida propia, para lo bueno y para lo malo: desde sus arqueadas paredes hasta los viejos vagones. Pasando por los usuarios, los turistas que ríen, el trabajador que pasa desapercibido, el silencio que inunda los vagones y que solo se rompe por la música que escucha a través de sus auriculares a máxima potencia algún chico que nadie sabe quién es y las personas que por desgracias tienen que malvivir en él siendo ignorados en la estación como si nadie quisiera mirar la realidad.

El temblor que hace el tren al girar alguna curva es para el turista una novedad pero para el parisino medio es una normalidad, el movimiento no es problema, ni las aglomeraciones en algunas estaciones, ni la forma en que es narrada por una grabación cada una de las estaciones. Ni la forma de entrar en las bocanas de metro, ni la forma de subir al vagón en el último momento, ni las carreras en Gare du Nord y ni la forma de cruzar el control del metro. Ni París en sí, pero para mí si que lo era. Como si de la mismísima Amalie me tratara vagando por las calles de París, no había persona ni elemento en el que no me fijara y me sorprendiera.

Primera parada: La Bastilla

Nuestro primer día en París comenzó donde nació la historia moderna de París y de toda Francia, en La Bastilla, o mejor dicho en aquel monolito que se levanta donde una vez estuvo La Bastilla, donde los ciudadanos de París iniciaron aquella revolución. Ahora no es más que una rotonda más, sí, una rotonda con mucha historia, pero no quita que el tráfico parisino se apelotone allí como en cualquier otra.

Dejando La Bastilla a nuestras espaldas comenzamos a caminar por las genuinas calles de París; esas aceras húmedas de la lluvia que había caído y que no se habían secado, esas hojas mojadas que te recordaban en la estación del año en la que estábamos y esos charcos que reflejaban el grisáceo cielo. Porque si hay un color que se identifique con esta ciudad es sin duda el gris, los edificios, la propia ropa de los parisinos, todo en París es gris, pero un gris que enamora.

Siguiendo el curso del río Sena

Como las primeras civilizaciones que llegaron a París, comenzamos una ruta siguiendo el curso del río Sena. Hasta que llegamos al corazón de la ciudad, la mismísima Notre Dame. La majestuosa catedral se sitúa en La Isla de la Cité, una pequeña isla en pleno cauce del río. A los alrededores de la Notre Dame se sitúan una infinidad de tiendecillas de souvenirs que explotan todo lo relacionado con la iglesia, pero quizás los que más vida tengan sean esos pequeños puestos que se sitúan al borde del propio río. Esos puestos que no tienen más que un pequeño cubículo metálico y que apenas se pueden resguardar del frío que hace a los alrededores del río.

Continuando nuestra ruta, nos topamos con uno de los puentes que cruzan el Sena dirección Museo del Louvre, pero este tenía una particularidad. Se trataba del Puente de las Artes y está repleto de candados del amor. Candados de todo tipo: pequeños, grandes, con cierre básico, con cierre numérico, candados para motos, para camiones o para simples maletas, candados con forma de corazón, de color rosa, de color azul o con la llave puesta por si no estás seguro de la relación. Si no tienes un candado lo puedes comprar allí mismo y colocarlo si encuentras un sitio claro está. El puente ha llegado a tal punto de saturación que el propio ayuntamiento tuvo que quitar algunos hace unos años por el sobrepeso que representaba para la estructura del puente.

El Louvre

Desde el Puente de las Arte llegamos a la casa de las artes, el hogar de la sonrisa, uno de los mayores museos del mundo, el Museo del Louvre. Clave para entender la historia de Francia; de su pasado monárquico, del pensamiento que nació en la Ilustración por el conocimiento y del interés que Napoleón tenía en hacer París la capital mundial del arte y de la cultura.

Si París es en sí es arte, El Louvre es su mayor expresión, es el hogar donde el arte mundial reside. Ya que no hay que olvidar que es en el Louvre donde se encuentran infinidad de obras de distintas culturas que fueron expropiadas de sus respectivos países, especialmente durante el periodo napoleónico.

El Louvre es mucho más que un museo, tiene alma en cada rincón que veas. Desde su majestuosa plaza donde verás a los clásicos turistas hacerse fotos delante de la pirámide, a los vendedores ambulantes con llaveros y mil objetos de parís, los que te quieren vender entradas del Louvre, los que están perdidos.

El Louvre es arte, no solo el que reside allí sino el que inspira: los pintores que simplemente se sientan a dibujar las esculturas, los estudiantes que aprenden, los que son fotografiados observando, el arte que hay detrás de cada obra, la historia de ese arte, la historia de cánones distintos durante generaciones y la historia del arte en general.

Pero no es oro todo lo que reluce ni en el propio Louvre. Las aglomeraciones ante algunas obras, el interés en un simple selfie, en una foto delante de una obra sin conocer nada de lo que hay detrás de ella, hace que disfrutar del arte sea un obstáculo para cualquiera que visite este o cualquier otro lugar de interés en la capital francesa.

Destino: La Torre Eiffel

La Torre Eiffel es el emblema de París y de toda Francia, es visita obligada para cualquier turista de a pie. Y nosotros obviamente no íbamos a ser menos, aunque la experiencia de verla en primera persona fue efímera, el proceso desde que dejamos el Museo del Louvre atrás hasta que la tuvimos justo delante nuestra fue toda una odisea. El frío nos había ido matando poco a poco desde que salimos de la casa por la mañana, unos -3º bajo cero para unos viajeros venidos de Málaga era una sensación térmica de estar en pleno Polo Norte. Al frío se le había sumado su amiga la lluvia que acabó en una nevada espectacular en plena plena Plaza de la Concordia, en la antigua Plaza de la Revolución, lo que nos obligó a resguardarnos en una estación de metro de París.

Antes de que nos pillara la nieve tuvimos la suerte de toparnos con el Jardín de las Tullerías en la hora mágica, ese espacio de tiempo en el que el Sol se ha puesto pero sigue habiendo la luz suficiente para que se vea bastante bien. Además el parque estaba vacío y pudimos pasear y verlo tranquilamente sin problemas aparente. Tras cobijarnos en el metro nos pudimos calentar algo, a la vez que parecía que la nevada había cesado, por lo que decidimos continuar nuestra aventura hasta la famosa torre.

La Torre Eiffel era como el Monte del Destino de “El Señor de los Anillos”, lo veíamos desde la lejanía, pero por mucho que andábamos parecía que nunca llegaríamos. Así que poco a poco, fuimos andando por todas esas edificaciones que hay a sus alrededores y que curiosamente son siempre las que salen en todas las películas, esas que siempre tienen vista a la Torre Eiffel. Pero finalmente conseguimos llegar a la torre, ya de noche eso sí, por lo que pudimos disfrutar de su iluminación navideña que la acompañaba aquella fría noche invernal.

Última parada: Arco del Triunfo

La última parada de nuestro primer y largo día no podía ser en otro lado, después perdernos, de cruzarnos los mismísimos Campos Elíseos prácticamente corriendo, conseguimos llegar al Arco del Triunfo. Uno de los más espectaculares monumentos de París, construido por orden del mismísimo Napoleón, que quería que sus hombres llegaran a París por arcos triunfales. Un lugar que ha sido símbolo de muchos triunfos, como la Liberación de París que estuvo durante cuatro largos años en manos del nazismo, gracias en parte a “La Nueve”,  la 9.ª Compañía de la 2.ª División Blindada de la Francia Libre que la conformaban unos 150 republicanos españoles bajo mando francés.

Así que allí estábamos, buscando a nuestra amiga, la cual por cosas del destino no encontrábamos al no disponer de Internet ni línea telefónica, quizás uno de esos problemas de la era moderna. Pero finalmente, conseguimos encontrarla de la manera más normal, dando vueltas por los alrededores. Así que pudimos entrar juntos al Arco, al cual no tardamos ni unos minutos en acceder, sin colas interminables ni esperas.

Una vez dentro había que subir una interminable escalera de caracol que te conducía primero a una estancia en la cual se situaba un pequeño museo con elementos, maquetas y datos históricos de la edificación del monumento, además de la típica tienda de souvenirs. Seguimos subiendo otras escaleras hasta que finalmente llegamos a la gran azotea desde la cual se pueden ver a través de unos barrotes, unas maravillosas vistas de los Campos Elíseos, de una majestuosa Torre Eiffel iluminada y de todo París.

Cuando fuimos era de noche totalmente, lo que nos ofrecía un paisaje mucho más espectacular. Quizás es de los momentos más bonitos y especiales de mi viaje, de un viaje que nunca olvidaré, porque lo grandioso de viajar no es lo que visites, ni el lugar, sino las personas con las que estés en esos momentos y en París tuve la suerte de estar con unos grandes amigos.

Así que el primer día no se podía despedir de mejor forma, después de un largo día por esa ciudad, estábamos ahí, en la azotea del Arco del Triunfo, en el mismísimo centro de París observando todo como si fuéramos un mero espectador de la historia, como si el tiempo se hubiera detenido por un instante y no importara nada más que nosotros. Como si nosotros fuéramos la mismísima París.

París es París

Es cierto que el turista siempre ve la cara amable del lugar. Pero no es menos cierto que París te embelesa, tanto con sus cosas buenas, como malas. Creando en ti una sensación de nostalgia que te invade, como si estuvieras caminando por una página más de un gran libro de historia que hace mucho tiempo que comenzó a escribirse. París es mucho más que postales, monumentos, mucho más que la Torre Eiffel, mucho más que una ciudad. Por eso, todo el equipo de Tottori Trip que viajamos a la capital francesa el pasado mes de diciembre realizamos la primera producción audiovisual de esta revista, un poema visual llamado París es París.