El Poniente Mediterráneo, desde antiguo ocupado y objeto de interés comercial por gentes del otro extremo, ha desarrollado siempre una intensa actividad que queda reflejada tanto a nivel superficial como submarina. El elevado número de vestigios de todo tipo así lo atestigua. Pecios hundidos, puertos sumergidos, ciudades desaparecidas, restos arqueológicos, referencias históricas, leyendas, nos hablan de un intenso tráfico humano y material procedente de las costas que este mar baña ya en las proximidades o en la misma Asia. La prolongación africana de la antigua Fenicia y su dominio de la navegación llevó a Cartago a extenderse hacia los confines del mar manejable y entender la gran península del Atlántico como una prolongación de su brazo hacia los dominios del sol durmiente. La confluencia con la posterior expansión de la creciente Roma, supondrá un choque de titanes en este rincón del Mediterráneo que queda históricamente perfectamente documentado. El procesado del olivo y la obtención del oleum es ancestral, pero se desconoce su nombre y alcance anterior.

OLEUM BAETICUM

Resuelto el conflicto a favor de Roma, ésta se convertirá en el prototipo imperial hasta la fecha y el de mayor extensión conocida en el contorno del Mediterráneo. Al monopolio político que se establece le acompaña el monopolio de las materias primas y su trasiego por las distintas vías posibles en la época, terrestre y marítima. Roma se convierte en el paradigma de organización administrativa y la división en provincias será prácticamente la que establezca a grandes rasgos la configuración política que trascienda a épocas y gobiernos hasta nuestros días.

Dicha organización es meticulosa, bien estructurada y mantenida férreamente, nunca mejor dicho, merced al poderío tecnológico que supuso el gladius romano y las táctica e ingeniería militar utilizada por sus legiones. De tal estructura administrativa y la meticulosa depredación de recursos que llevaban a cabo dependió la supervivencia del Ente imperial hasta el punto que bajo la mínima desmembración que supuso la separación entre Oriente y Occidente, supuso el declive de la metrópoli imperial, por el simple hecho de haber quedado en la zona más pobre. La cantidad y asegurada frecuencia de la cosecha nilótica fue la pieza central de la Edad Antigua en el Mediteráneo. Egipto fue el granero del mundo a este lado del Mediterráneo. El trigo era el determinante de la economía alimentaria en la Edad Antigua y Roma no fue ajena a ello. Cuando pasó a depender de Constantinopla, la ciudad del Latius entró en colapso.

El gran valle de los faraones fue el proveedor de grano y las tierras de poniente las productoras de olivo. A las tierras itálicas se sumaron en ese suministro las provincias de Afriqa, Mauritania-Tingitana y la Hispania Ulterior. En esta última, la Baetica fue la principal protagonista en muchos sentidos. Vertebrada por el Mons Marianus se convirtió en una activa fuente de minerales, sobre todo de hierro, plata y cobre. A sus lados, dos grandes rios, Baetis flumen y Ana flumen discurrían por suaves valles de tierras fértiles y mullidas donde el cereal y el olivo fueron la principal riqueza del ager hispaniae.

El olivar de la Antigüedad clásica no tenía fines culinarios tal como ahora se conoce. Puede resultar extraño hacerse una idea, pero será más fácil de entender con una analogía. La utilidad principal del jugo de oliva era balsámico, como base para perfumes y ungüentos médicos y cosméticos, jabón, y sobre todo energético. La alimentación de las lucernas se fundamentaba en este líquido dorado facilitando la vida nocturna doméstica y urbana, la iluminación de las principales vías en las urbes más distinguidas. La comparativa actual por tanto nos lleva a asimilar al poniente mediterráneo como la productora energética que veinte siglos después se transmutó de orilla trasladándose al medio oriente y la ribera del mar arábigo. El oleum baeticum no fue sino producción codiciada al modo del actual petra oleum, con las salvedades que impone la diferencia tecnológica y sus distintos usos alternativos.

Este uso ha dado siempre carácter sagrado al árbol que lo produce, haciéndole protagonista de relatos legendarios en la cultura mediterránea como fue mostrar el final del diluvio universal. A buen seguro su uso es ritual y conocido desde la misma aparición de la agricultura y los asentamientos humanos fijados a ella. La arqueología así lo documenta y los fondos marinos están llenos de ánforas que sirvieron para su traslado comercial desde milenios antes de la llegada de Roma al poniente europeo y africano. En tiempos anteriores a Roma, sólo es seguro que su producción estuvo menos extendida. Los núcleos habitados de la Iberia original fueron ciudades fortificadas de pequeño a mediano tamaño en las que los cultivos debieron ceñirse a un cinturón perimetral no muy extenso por razones eminentemente de seguridad. La apisonadora romana y su control absoluto permiten sin embargo un estado de seguridad que habilita la vida en el campo a fin de promover el cultivo y la puesta en producción de la tierra. Las necesidades de una creciente población así lo exigen. Por otra parte, la riqueza da poder al ciudadano, al patricio y por ende, al Imperio. Los principales restos que aparecen en este sentido pertenecen a la dominación romana. Y así, una red de villas rurales se extiende para el aprovechamiento agropecuario del ager y del saltus. Es la base de una organización rural que se ha extendido a lo largo de los siglos llegando hasta nuestro tiempo.

En esta, que es una revista de viajes, os queremos proponer el ejercicio de estar atentos al paisaje rural cuando viajéis por los territorios de las actuales Andalucía y Castilla-La Mancha y cómo el cortijo (un despectivo de corte) latifundista viene a ser una prolongación del mismo sistema que establecieron las villae romanas. Como itinerarios recomendables se pueden plantear dos, uno más marítimo con el complejo de Baelo Claudia en Tarifa y las villas romanas de Rio Verde (Marbella) y de Los Molinillos o Torremuelle en Benalmádena. La otra, interior, enlaza las villas de Cortijo Robledo (Antequera), Fuente Álamo (Puente Genil) y El Ruedo (Almedinilla), pudiendo incluir en el itinerario las cisternas de Monturque, actualmente ubicadas en el subsuelo del cementerio.

De todas ellas, las de El Ruedo y Fuente Álamo son las más interesantes, por su mayor tamaño y conjunción así como el estado de conservación y adecuación a la visita mediante centro de interpretación y exposición. El nivel de decoración original conservada también lo hace especialmente atractivo. En el caso de Fuente Álamo se añade el aliciente de quedar perfectamente registrado su proceso de evolución histórico.

Se trata de un centro eminentemente rural articulado en el eje de ciudades agrícolas importantes del entorno del río Singilis como fueron Ipagrum (Aguilar de la Frontera), Igabro (Cabra), Ostippo (Estepa), Anticaria (Antequera) y Urso (Osuna). La existencia en sí de este gran centro rural refleja la importancia ya de la vida rural en la época sirviendo como estación de servicio y control en el valle del Genil, lugar eminentemente olivarero. Todo lleva a pensar que el esquema hubo de repetirse en ejes de similar importancia como es el paralelo que recorre el cordón montañoso subbético (Iliberis, Anticaria, Ostippo, Urso) o el valle del Baetis (Astigi, Hispalis, Traiana, Italica). Las termas de Alange en las proximidades de Iulia Augusta Emerita son un equivalente a mayor escala. Fuente Álamo surge como un centro de explotación agrario en el entorno ya referido con clara orientación hacia el oleum baeticum. El trasiego comercial debió ser intenso y generar aglomeración transeúnte funcionando como lugar de parada y descanso. El tamaño de la terma debió ser un reflejo de necesidades al respecto.

En ausencia de aguas termales, la terma funcionaría con leña del propio olivo (uso que actualmente también se mantiene), a partir del agua que corre de forma natural por el arroyo existente. Así se mantuvo la situación hasta que el cambio del latín por el árabe como lengua vehicular cambiase el nombre por hamm (baño caliente). De al hamm y la corrupción con el paso del tiempo y la corrupción fonética al castellano dió Fuente Alhama, Fuente Álamo. Es decir, la toponimia no tiene nada que ver con el árbol del mismo nombre y que tiene representación en el lugar dada la presencia de aguas corrientes naturales. Del mismo modo el trapetum, mola olearia y torculum que se usaron para el procesado del oleum se denominará almasara (transformadora) para az zayt (aceite) en lengua árabe y nuevamente trapiche, molino y tornillo cuando se asienta de nuevo el latín. Aunque almunia fue el nombre que sustituyó a las villas en tiempos de al andalus, el término almazara sigue siendo muy común en los últimos dominios de la antigua Andalusya.Fuente Álamo puede considerarse por tanto uno de esos conjuntos de piedras que hablan con el visitante. Es un magnífico testimonio de cómo las culturas evolucionan en el tiempo sin necesidad de tanta conquista militar ni invasiones foráneas. Viene a sumarse así a la iglesia de San Pedro de la Nave, la mezquita aljama de Córdoba, la música andalusí, y los postulados al respecto de investigadores como González Ferrín y Amin Chaachoo. Sus referencias llegan hasta finales del s. XIII, quedando dormida entonces hasta que fue descubierta en el s. XIX y sacada a la luz en las décadas puente entre los siglos XX y XXI

QUE NO TE CUENTEN HISTORIAS, VÍVELAS POR TI MISMA!!

Antonio Pulido Pastor
Siece.org

Referencias:
Chaachoo, A. (2011).- La música Al-Ala: Historia, concepto y teoría musical. Editorial Almuzara. Córdoba
González Ferrin, E. (2006).- Historia General de Al-Andalus. Editorial Almuzara. Córdoba
González Ferrín, E. (2017).- Cuando fuimos árabes. Editorial Almuzara. Córdoba