En una colina al norte de París, en el distrito XVIII se encuentra el conocido como “el barrio de los pintores”, Montmartre. Sin duda la cuna del arte francés y uno de los más importantes enclaves para entender no solo la historia del arte occidental sino la historia contemporánea de Francia.

Nacido como un pequeño enclave romano, pasó a cobrar más importancia durante la Edad Media y con la propia Revolución francesa. Fue testigo directo de la invasión rusa y del levantamiento de la Comuna, un movimiento de carácter social-anarquista que aconteció tras la caída del Imperio de Napoleón III. Pero quizás uno de los factores más importante en la historia de Montmartre se debe a que fue un enclave muy importante en las nuevas corrientes pictóricas y artísticas que nacieron a mediados del siglo XIX.

Caminar por Montmartre es como caminar por un museo en la calle, es como mirar a través de una ventana y ver el pasado. Ese pasado bohemio y marginal que siempre acompañará a París. Porque si por algo destacaba este barrio parisino es por ser uno de los suburbios de la ciudad a finales del siglo XIX. Aunque intenten vender lo contrario; los pintores y demás artistas vivían en Montmartre porque en definitiva era barato, porque el arte siempre ha estado relacionado con la marginalidad y es obvio que de esa forma se formó uno de los núcleos artísticos más importantes de la historia artística de Europa.

Hoy día Montmartre vive de ese pasado que no volverá, vive de esa esencia que tuvo y que transmite, pero de forma distinta. Es innegable que caminar por esas calles es especial para cualquier artista contemporáneo, pero no es menos cierto que los artistas que hoy en día viven del arte en Montmartre lo hacen al turismo. Gracias al que viene y suelta las monedas para ver esa magia parisina que una vez allí se formó. En cierto modo es algo triste, pero es la verdadera cara del Montmartre actual.

La Basílica del Sagrado Corazón

Pero teniendo en cuenta eso y como un turista más, el segundo día que estuvimos en la capital de Francia, decidimos pasarlo en el genuino barrio de los pintores, para adentrarnos en la cuna del arte francés.

Nuestra primera parada tras bajarnos del metro fue la magnífica Basílica del Sagrado Corazón. La cual se encuentra ubicada en un colina, por lo que para acceder a ella tienes que subir unas escaleras y esquivar la infinidad de vendedores ambulantes que allí se encuentran.

La Basílica del Sagrado Corazón tiene vida propia, pero si algo nos llamó la atención cuando la visitamos fue su música. Por que si Montmartre es la cuna del arte parisino, esta basílica es la catedral de la música, por que la música se encuentra por todas partes. Personalmente, en nuestro viaje nos topamos primero un joven músico llamado Samba venido de la lejana Mauritania, que como tantos otros jóvenes se juegan la vida cruzando el estrecho en busca de una oportunidad en la vieja Europa. Con él y sus amigos estuvimos un rato charlando y disfrutando de su estilo musical, un afro-reggae con mucha alma.

Acabábamos de despedirnos de Samba y de su música cuando nos topamos con otro grupo de jóvenes franceses que tocaban a los pies de la basílica, llamado Le Presteej. El pequeño callejón que nos llevaba al corazón de Montmarte se llenó en un momento gracias al grupo y sus canciones. Versiones de clásicos en inglés y temas propios hacían que cualquier turista que se pasara se uniera a la fiesta. El vocalista animaba al público a participar y a bailar a la vez que intentaba que compraran su disco. Algo que acabamos haciendo nosotros ya que la música callejera francesa nos había encandilado. Y no se si fue casualidad, pero el poco sol que vimos aquellos días en París lo disfrutamos en aquellos alrededores de La Basílica del Sagrado Corazón.

Moulin de la Galette

Finalmente decidimos continuar nuestro camino, aunque nos costó dejar atrás a aquel grupo francés y sus pegadizas canciones. Pero no tardamos en sorprendernos con más arte, en esa ocasión se trataba de una plaza repleta de pintores en las que muestran sus obras a los turistas y los dibujan por un módico precio. Además cafeterías y crepería la rodean haciendo que el turista no salga de allí sin comer.

Es cierto que el arte de Montmartre subsiste únicamente del turismo pero también es verdad que cada rincón de ese bohemio barrio tiene magia. Desde sus calles grisaceas, sus árboles secos, pasando inclusive por sus edificios repletos de vegetación, como si la esencia pueblerina francesa se hubiera fusionado con el adn de París.

De tanto pasear y sin haber comido nada desde que salimos a primera hora, buscábamos un lugar bueno, bonito y barato para comer nos topamos con el mismísimo Moulin de la Galette, el otro famoso molino parisino. Que en menor medida es menos conocido por el público en general, pero que ha sido retratado por los más grandes pintores del siglo XIX, desde Renoir, pasando Picasso o Van Gogh. Todos habían inmortalizado a aquel viejo molino de madera que desde un pequeña colina vigilaba a aquella antigua Montmartre. Hoy día el Moulin de la Galette es una famosa y bonita cafetería parisina en este genuino barrio.

Moulin Rouge

Nuestra meta en esta segunda jornada en París finalizaba en el máximo exponente de este barrio que una vez fue la cuna del arte francés, el Moulin Rouge. El molino por excelencia de toda Francia y el cabaret más famoso del mundo y de toda la historia. Quizás llegamos en la hora perfecta, ya que el Sol se acababa de poner y las luces del molino rojo estaban encendida haciendo que brillase aún más si cabe. Así que de esa forma nos despedimos de Montmartre.

Como uno más de esos tantos artistas que una vez fueron, que una vez visitaron, caminaron y vivieron en Montmartre. Como uno más de esos tantos a los que el arte y el ambiente parisino invadió e inspiró. Como uno más de aquellos que nadie recuerda, que nadie sabe que existieron, que nadie sabe qué crearon. Como uno más, me despedí de esos molinos, de esos pintores, de esa música y de ese rincón de la vieja Francia en la que generaciones de artistas marginados y desconocidos vivieron únicamente por el arte.

París es París

Es cierto que el turista siempre ve la cara amable del lugar. Pero no es menos cierto que París te embelesa, tanto con sus cosas buenas, como malas. Creando en ti una sensación de nostalgia que te invade, como si estuvieras caminando por una página más de un gran libro de historia que hace mucho tiempo que comenzó a escribirse. París es mucho más que postales, monumentos, mucho más que la Torre Eiffel, mucho más que una ciudad. Por eso, todo el equipo de Tottori Trip que viajamos a la capital francesa el pasado mes de diciembre realizamos la primera producción audiovisual de esta revista, un poema visual llamado París es París.