“Quién quisiere dedicarse a esta especie de arte conseguirá por él, con el favor de Dios, cuanto es necesario para la vida. Con el auxilio de la Agricultura asegurará el preciso alimento para sí, sus hijos y familia. En ella encontrará lo que necesite, y hallará cuanto apeteciere a su voluntad. Debe considerarse la Agricultura como uno de los principales auxilios para lo que mira a las utilidades de la vida presente, y también para procurarnos las felicidades de la otra con el auxilio del Altísimo, por cuyo favor, mediante las sementeras y plantíos, se multiplican los alimentos.”

(Kitáb al Filáha <<Libro de Agricultura>>. Abu Zacharia Yahyá Ibn Muhammad Ibn al Awan. Sevilla, s. XII)

Antonio Pulido Pastor

Las sierras Tejeda y Almijara, son un macizo montañoso de unas cincuenta mil hectáreas de extensión que se sitúan como límite entre las provincias de Málaga y Granada, separando las respectivas comarcas de la Axarquía y las tierras de Alhama.

La vida del hombre en este entorno queda datada desde muy antiguo tal como lo testimonian los restos arqueológicos que aparecen desde tiempos prehistóricos. Esto no es sino reflejo de una generosidad del territorio en cuanto a recursos naturales se refiere, pilar fundamental de la vida humana por aquellos tiempos ligada directamente al medio ambiente como uno más de sus componentes.

Esta generosidad queda definida por dos factores fundamentales.

En primer lugar la orientación de la montaña así como su elevada altitud. Siendo atalaya privilegiada del mar y alineada casi paralelamente a la línea de costa mirando a mediodía, con sus más de 1.600 metros en la línea de cumbres, la montaña actúa como un inmenso paredón natural que se opone a la entrada de los gélidos vientos del norte que durante el invierno asolan la vecina provincia de Granada. De este modo los inviernos se presentan aquí como el equivalente a primavera u otoño en comarcas más interiores. Prácticamente no hay parada vegetativa por frío durante los meses invernales. Reflejo de ello son las tempranas floraciones del almendro o el algarrobo en los meses de diciembre-enero, que se adelantan hasta sesenta dias respecto a su fenología en comarcas del interior.

En segundo lugar, el agua. Estas montañas son muy generosas en agua. Si bien su posición relativa respecto a la trayectoria de las borrascas atlánticas la mantiene algo alejada de los índices de pluviometría que se producen en el “valle grande” (Wadi al kabir), su altitud, orientación y su proximidad al mar, favorecen la condensación de la humedad marina, elevando sensiblemente los niveles de precipitación  con respecto al entorno.

A ello se une además la particularidad de su litología. Los sustratos que se encuentran en estas montañas son tremendamente pobres desde un punto de vista agronómico. Por un lado su dureza, al tratarse principalmente de afloramientos rocosos. Por otro su elevada pendiente y como remate, las particularidades mineralógicas de los mismos. Las dos tipologías existentes, silícea y carbonatada, correspondientes a los dos tipos fundamentales de roca, gneis y mármol, son pobres para el uso agrícola. Los unos por su carencia en elementos fértiles como carbono, nitrógeno, potasio, los otros por la presencia de elementos tóxicos como el magnesio. Además unos y otros tienen un comportamiento muy distinto respecto a la infiltración del agua. Los silíceos son abundantes en componentes arcillosos, lo que les confiere impermeabilidad y facilita la generación de escorrentías superficiales. Los carbonatados son solubles al agua, facilitando la generación de fisuras y galerías interiores por las que percola rápidamente el agua desapareciendo en superficie. Por contraposición, su riqueza en aguas subterráneas es inversa a la escorrentía superficial. En el caso de los carbonatados, la particular descomposición arenosa de los mármoles, les hace notoriamente más ricos en manantiales y afloramientos que en el caso de otras congéneres como son las calizas jurásicas o las margas del Cretáceo.

En resumidas cuentas, la abundancia en agua ha sido el elemento diferenciador de estas montañas y el que ha permitido la subsistencia del hombre en ellas cuando la relación con el medio natural era sensiblemente más estrecha de lo que es hoy en día. Esta dependencia de los recursos naturales, exige que el nivel de población se mantenga en relativo equilibrio con la capacidad productiva del medio, por lo que estas montañas no hubieron de conocer grandes niveles de población hasta la proliferación del regadío agrícola.

Esta técnica o especialización en el uso agrario, no se extiende por el solar ibérico hasta el surgimiento de Al-Andalus. Es con el florecimiento de la cultura andalusí cuando el regadío prospera en la Península Ibérica como nunca hasta entonces lo había hecho. Son los andalusíes, de cultura eminentemente árabe los grandes especialistas y generadores de los principales espacios irrigados que se conocen a este lado del Mediterráneo. Por otra parte, este dominio y su capacidad productiva es el responsable de un nivel de prosperidad económica que les lleva a destacar con el nivel cultural más elevado del Occidente entonces conocido.

La cultura árabe es el medio por el cual se transmiten hasta Al-Andalus las técnicas y conocimientos en la sistematización de la tierra de los cultivos húmedos del Indostán, las artes y tecnología hidraúlicas de los grandes ríos egipcios y mesopotámicos, así como el amplio elenco de especies vegetales procedente del continente asiático. Todo en conjunto supuso el principal avance de la agricultura en Occidente desde el Neolítico y no habrá otro que le emule hasta el descubrimiento de las Nuevas Indias ocho siglos más tarde con la introducción de los vegetales americanos.

Multitud de especies cultivadas en el territorio andalusí, son desconocidas en el resto del continente europeo, principalmente por el factor climático. La suavidad de los inviernos en los valles y vegas andalusíes es desconocida en latitudes superiores de manera que proliferan aquí árboles y verduras con una diversidad inusitada para la época, permitiendo un refinamiento y diversidad en la dieta cuyas magnificiencias se conocen y alaban actualmente.

Frente al manejo de las especies autóctonas propio de la agricultura de herencia romana, la cultura árabe introduce un sinfín de vegetales exóticos como el qutun (algodón), rúman (granado), badinyánum (berenjena), sukar (azúcar), laymunun (limón), nabátul katani (lino), qunnabun (cáñamo), burtuqalun (naranja), ruz (arroz), túmun (ajo), simsim (sésamo), jiyarum (pepino), qar’aha (calabaza), kamún (comino), fúluh (haba), sa’frán (azafrán), fisfisa (alfalfa), jaxjáx (adormidera), kaxkax (lechuga), isfánaha (espinaca), karunb (col o berza), qarnabit (coliflor), silqa (acelga), yazar (zanahoria), jurxúfa (alcachofa), hindiyya (sandía), anísun (anís), tín (higo), lawz (almendra o alloza), najal (palmera datilera), entre otros. Los productos de huerta, muy variados, presentaban un fuerte contraste con la pobreza omnipresente en los huertos de la zona cristiana. Este apartado de la agricutura andalusí es uno de los que mejor reflejan el óptimo aprovechamiento de los sistemas de regadio desarrollados en los huertos periurbanos explotados de forma intensiva, con dos cosechas anuales, al menos. De esta forma, los andalusíes podían consumir verduras  y hortalizas frescas, prácticamente durante todo el año, ya que las de verano (calabazas, berenjenas, sandías, pepinos, melones, ajos), rotaban con las de invierno (nabos, coles, zanahorias, puerros, acelgas, espinacas, alcachofas), circunstancia que favorecía su dieta alimentaria. (GARCIA SÁNCHEZ, 1995).

Es también la lengua árabe la que da el nombre por el que se conoce aún a la montaña. “Almijara” vinculada al carácter especialmente rocos de la misma (al mihyara, de haÿar, roca o peñasco). La montaña, es en si un escurridero desde el que vierten directamente al mar numerosos arroyos. Esta profusión, si bien no muy caudalosa, permitió una ocupación humana difundida en el territorio, aunque con densidades no muy elevadas. La Tierra, poco generosa con la agricultura, como ya se ha dicho, ofrecía otros recursos que no toleraron a lo largo de la historia grandes números entre sus moradores.

La gran carencia en la Axarquia son los terrenos llanos (excepción hecha de los valles de los más grandes ríos o el poljé de Alfarnate). Consecuencia de ello se desarrollaba una agronomía de montaña, clavada horizontalmente en la verticalidad de sus laderas, capaz de sostener pequeñas huertas de verduras y frutales. Es la época de apogeo andalusí en la que estas montañas estuvieron más pobladas. Esa generosidad hídrica ya referida fue el sustento de una inigualada agricultura intensiva de regadío que aquellos supieron mimar y dominar como nadie. La sistematización de la tierra en ese sentido generó un legado de balates, acequias, aceñas, azudes, albercas, batanes, norias, tahonas, almazaras que se ha mantenido en muchos casos hasta nuestros dias. El regadío fue mucho más extenso de lo que hoy en dia se puede rastrear, confundiéndose a veces con el monte espontáneo en una auténtica simbiosis que aún puede apreciarse en lugares como Salares.

En el tiempo en que la dominaban los moros esta tierra era mucho más hermosa de lo que es hoy día. Actualmente son muchas las casas que se van arruinando y los jardines destrozados; porque los moriscos más bien van faltando que no creciendo, y ellos son los que tienen este terreno labrado y plantado con tanta copia de árboles como aquí se ve. Porque los españoles no sólo en este suelo de Granada sino en todo el resto de España igualmente, no son muy industriosos, ni plantan ni cultivan voluntariamente la tierra, sino que se dan a otras cosas y de mejor gana se van a la guerra o a las Indias a hacer fortuna que no por vía del trabajo. Aunque hoy en Granada no haya tanta gente como en tiempo de los moros, no deja de ser muy populosa, y acaso no haber visto en España otra tierra tan populosa.” (Impresiones de Andrea Navaggiero, embajador italiano ante la corte del emperador Carlos, año 1526).

El yaná’n, huerto o vergel, era la mejor aproximación mundana del paraíso que el muslim o creyente podía tener en su trabajo cotidiano. Los protagonistas vegetales de este escenario fueron muchas de las especies hortícolas que vinieron de Oriente suponiendo para Occidente una revolución agraria con los avances más importantes hasta entonces conocidos. Así, además de las verduras y hortalizas ya referidas, se cultivaban el olivo, almendro, algarrobo, laurel, mirto, madroñero, castaño, encina, ajás o peral,  zifzif o azufaifo,  pistacho o alhócigo, cerezo, zaarur o níspero, espino marjoleto, rúman o granado, nogal, higuera, cidro, naranjo, limón, zamboa o pomelo, serbal, dadí, kadi, membrillo, manzano, almez, acedaraque o cinamomo, mechmech o albaricoque, durazno, ciruelo, palma, avellano, vid, musa o banano y acerolo entre otros.  Gran profusión tuvo el cultivo del árbol fersád o morera, fundamento de la industria sedera, de notoria importancia económica para la comarca y que rivalizara en el mercado europeo frente a los más refinados tejidos de Ghaza o Damasco.

Los huertos, siendo posible, han de estar fronteros a oriente, y en ellos se pondrán lo árboles por orden en líneas rectas; de los cuales, los grandes no se plantarán con los que no lo fueren, ni los que se desnudan con los que no se desnudaren de hoja. De esta última clase se pondrán cerca de la puerta y del estanque el laurel, el arrayán, el ciprés, el pino, el cidro, el jazmín, el naranjo, la zamboa, el limón, el madroñero y semejantes. Los pinos se plantarán donde hubiere necesidad de espesura de sombra y también en medio del huerto; y en las calles y ángulos o esquinas de los cuadros, cipreses. Asimismo cerca del pozo o alberca se plantarán serbales, acedaraques, dadis, olmos, álamos negros, sauces, granados y semejantes; de los grandes de ellos se colgarán parrales, a cuya sombra se refresque el agua…..Cada especie de árboles ha de estar con separación en los grandes jardines y lo mismo los que dieren el fruto a un tiempo se plantarán juntos en una parte para custodiarlos a menos trabajo; y tales son por ejemplo el manzano, el ciruelo, el peral y el albaricoque. Los rosales se plantarán a los lados del huerto. En los sitios húmedos, espaciosos y expuestos al rocío se plantarán olmos, sauces, plátanos, cidros, almeces y laureles, cuidando de que los cidros estén en lugar reservado de los vientos cierzo y expuestos al solano.”. (IBN AL AWWAM).

Esta concepción terrenal del Paraíso viene dada por dos razones muy ligadas a la creencia islámica, basada en la revelación coránica. En primer lugar, Dios es incomprensible, solamente se tiene conocimiento de él mediante sus obras, entre las cuales, la Naturaleza es una de las más evidentes y próximas al Hombre.

Hay en verdad, en los cielos y en la tierra signos para los creyentes. En vuestra creación y en las bestias que Él esparce hay signos para gente que está convencida. También en la sucesión de la noche y el día, en lo que como sustento Dios hace bajar del cielo, vivificando con ello la tierra después de muerta, y en la variación de los vientos hay signos para gente que comprende. (QURAN, 45:3-5). En segundo lugar, la idea del Paraíso, concebido como un jardín por cuyos bajos fluyen arroyos. Para quien haya temido comparecer ante su Señor, habrá dos jardines, frondosos, con dos fuentes manando. En ellos habrá dos especies de cada fruta. Estarán en ellos las de recatado mirar. Además de esos dos, habrá otros dos jardines, verdinegros, con dos fuentes abundantes. En ambos habrá fruta, palmeras y granados (QURAN, 55:46-68). De este modo, no es ya solamente el huerto o jardín, sino que las arboledas proliferan en alineaciones a lo largo de ríos y arroyos, caminos, descansaderos o cualquier otro lugar frecuentado por el hombre.

Cada uno de los grandes barrancos que canalizan el drenaje de la montaña estuvieron avenados por una o varias acequias que surten de agua a los pueblos y sus regantes. Actualmente, el municipio de Salares es el que se conserva en un estado más próximo al original de este sistema. Si bien han quedado en gran desuso, merced sobre todo al despoblamiento sufrido, aún se puede apreciar fácilmente la estructura del regadío existente. Incrustado en los fondos del barranco se generaron las sucesivas bancadas que escalonan el terreno en progresión descendente aprovechando el agua en su descenso gravitatorio. Las acequias (as-suqya) fueron caminos para el agua y también caminos para el hombre. Ahora se ha recuperado esta doble utilidad tanto para el uso agrario como para el turístico o cultural. Siguiendo la línea marcada por la acequia de la margen izquierda se  llega hasta la alberca matriz. Dicha alberca actúa como elemento regulador de caudal de modo que se captan en ella las aguas de corriente para garantizar la presión y caudal necesarios que permitan el riego por inundación aguas abajo.

Lo más espectacular de este sistema y de este lugar es comprobar la simbiosis existente entre el medio natural y el humanizado de manera que uno y otro cooperan en su sostenimiento. El espacio agrario está tan próximo al monte natural que apenas se distingue, apareciendo como una prolongación del mismo e intercambiándose elementos de flora y fauna entre sí. Por otra parte, su estructura ecológica y composición se encuentran tan asimiladas que en realidad no son sino un elemento más del ecosistema, actuando además como regulador en la hidrología del mismo.

Frente a ello, la riqueza forestal se mantuvo como protector del régimen hidrológico, reserva de madera y leña, lugar de pastoreo y caza. Los pinares y robledales que poblaron estas montañas tenían especial significación en el aprovisionamiento de las atarazanas ubicadas en Almuñecar. Su aprovechamiento por parte del hombre, les hizo merecedores de la atención requerida para su conservación frente a riesgos externos, de entre los cuales sobresalen sin duda los incendios espontáneos.

Es este un claro ejemplo del tan pregonado hoy en día “Desarrollo Sostenible”. Este sistema se conserva en esencia tal como fue diseñado y planteado en origen, con capacidad para recuperar su capacidad productiva en cualquier instante. Su hundimiento es debido al abandono por parte de la población nativa, a consecuencia de las nuevas tendencias económicas, poblacionales y de mercado surgidas a mediados de los años setenta. No obstante,existe la alternativa de la Agricultura Ecológica, de la que algunos presumen ser inventores, descubridores o impulsores, cuando pueden apreciarse aquí sus orígenes. Lo que si resulta ser cierto es que nos encontramos ante una sociedad saturada, en la que los excedentes productivos aparecen en cuanto que dirigimos la mirada a cualquiera de los sectores productivos. Asimismo, es una sociedad envenenada, tanto por el afán de producción y lucro como en el más vil sentido de la palabra. A nivel alimentario existe una pérdida de calidad terrible, sacrificada en aras de un desproporcionado aumento de la cantidad y la globalidad, que ha llevado a crisis alimentarias graves y recientes entre las que están la contaminación de carnes por dioxinas, la encefalopatía espongiforme o vacas locas, las crisis de los pollos, de los cerdos, entre las más aparentes, y el paulatino incremento de nitratos, nitritos, fosfatos, herbicidas, insecticidas, tanto en las aguas continentales como en los propios alimentos que se ofrecen para el consumo, lo que resulta ser tal vez más pernicioso y global.

Es preciso que esta sociedad se serene, que se adentre en lugares como estos, donde la quietud, el canto de la oropéndola, o los mirlos, el arrullo del viento en las choperas, el tintineo del agua en acequias y arroyos, desatoran los conductos auditivos, penetran en el alma e inspiran al entendimiento.

Los habitantes de estas montañas deben disponer del agua que les riega, en caso contrario, el excedente quedará a merced de los especuladores que venden el sol y el litoral excusados por una imperiosa necesidad de progreso. No debe perderse la oportunidad del aumento cuantitativo y cualitativo que han experimentado los núcleos habitados litorales, así como la cercanía a grandes núcleos urbanos como Málaga y Granada o la infraestructura desarrollada de cara al mercado internacional con los cultivos tropicales y extratempranos, para que se recupere nuevamente la producción en este importante legado hortícola.

La excelente calidad que se genera en este regadío es la base que compensa los menores rendimientos y la mayor inversión en tiempo y trabajo. La garantía y calidad alimentaria, sin duda será el pilar que moverá la producción alimentaria de los países acomodados, durante los próximos decenios, a lo que ya apuntan las tendencias de las grandes productoras. Solamente lugares naturales pueden producir elementos naturales. Se requieren estrictos controles que sean capaces de garantizar dicha calidad. En este sentido, la figura del Parque Natural, aparece como una excelente oportunidad para tutelar y garante de estas condiciones privilegiadas.

Acércate a tu historia.

Sierras Tejeda, Almijara y Alhama”. Legado Andalusí al natural.