No sé desde cuándo, pero París había estado desde hace mucho en mi lista de lugares pendientes que visitar. Se me abrieron ampliamente los ojos cuando, un entonces conocido, me invitó a acompañarles a él y a su amigo en su viaje, tan solo pensado hasta ese momento y ni tan siquiera planificado.

Pocos días después, ya teníamos nuestros tres billetes de avión para el mes de diciembre con destino a París: 6 días fuera de casa (2 días en avión y 4 íntegros en la atractiva ciudad). Fueron varios los meses que teníamos en medio para organizarlo todo: qué haríamos, dónde nos hospedaríamos, qué visitaríamos… y un sinfín de incógnitas.

Poco a poco, durante esos encuentros previos a nuestro tan esperado viaje, íbamos tomando confianza. Confianza y cariño, dos aspectos que pasaron a ser primordiales con el tiempo y más aún durante esos días vividos en la capital francesa. Dos sentimientos que me llevo muy adentro y que permanecerán por siempre.

Llegó Diciembre, pasaron los días a toda luz, y a toda prisa nos dirigíamos al aeropuerto. Llegar casi hasta el avión fue un no parar. Y de repente ya estábamos volando.

I

Lo primero que captó mi cámara fue ese espectacular atardecer que nos anticipaba el aterrizaje a tierras parisinas. Recogimos nuestras maletas y tocaba coger el transporte público: el conocido RER y el Metro, todo un descubrimiento para nosotros que se tornó como lo más normal, algo a lo que no estábamos acostumbrados, e incluso el lugar donde en alguna que otra ocasión nos resguardó ante la lluvia. Toda una aventura fue el no perdernos y coger el transporte correcto para llegar al que sería nuestro hogar durante 5 días, un acogedor estudio perteneciente a una chica francesa, amiga de mis amigos, hasta entonces prácticamente desconocida para mí. Ella residía en uno de los distritos del noroeste de la ciudad y al llegar nos dio la bienvenida con un elegante picoteo francés y un fuerte y cálido abrazo.

Sabíamos que no estábamos en Málaga, pero desde el principio sentimos aquel lugar como nuestro hogar.

II

Tras pasada la primera noche confortablemente, tocaba descubrir las calles de París. Frío, hacía mucho, demasiado para tres malagueños acostumbrados al clima del sur europeo. No obstante, ello no resultó ser impedimento alguno en ningún momento: abrigo, bufanda, gorro y guantes.

Río Sena. Río europeo que fluye únicamente por Francia, siendo el segundo más largo del país (776 km aprox.)

Previamente ya habíamos trazado en el mapa la línea que seguiríamos ese primer día de visita: prácticamente atravesar a pie el centro de la ciudad guiados por el río Sena, partiendo desde la espléndida Plaza de la Bastilla (‘Place de la Bastille’) hasta llegar al admirado Arco del Triunfo (‘Arc de Triomphe’).

Plaza de la Bastilla. Lugar simbólico de la Revolución Francesa. / Arco del Triunfo. Con 50 metros de altura, fue construido por orden de Napoleón Bonaparte para conmemorar la victoria en la batalla de Austerlitz.

Durante todo el recorrido nos cruzamos con varios de los más importantes y conocidos monumentos y edificios arquitectónicos parisinos: la bella Catedral de Notre Dame (‘Cathédrale de Nôtre Dame’), el grandioso Museo del Louvre (‘Musée du Louvre’), el encantador Jardín de las Tullerías (‘Jardin des Tuileries’), la extensa Plaza de la Concordia (‘Place de la Concorde’), la amplia Explanada de los Inválidos (‘Esplanade des Invalides’), e incluso la sorprendente Torre Eiffel (‘Tour Eiffel’), desde donde ya nos cayó la noche.

Columna de Julio. Lleva inscritos los nombres de las 615 víctimas de las revoluciones de julio de 1830, y en su cima es apoya ‘El Genio de la Libertad’, estatua de bronce dorado. / Catedral de Nôtre-Dame. Es una de las catedrales góticas más antiguas del mundo.

Explanada de los inválidos, donde se encuentra el Palacio Nacional de los Inválidos, el cual fue creado originariamente como residencia real para soldados y militares franceses retirados, y que además contiene los restos mortales del emperador Napoleón.

He de destacar el momento en el que llegamos a ésta, totalmente iluminada de forma parpadeante cada cierto tiempo debido a la cercanía de las festividades navideñas en la que nos encontrábamos. Fue todo una odisea el llegar hasta la base de la eminente Torre, con una altura aproximada de 325 metros, tras haber pasado ese día ante nosotros viento, lluvia, e incluso algo de nieve. Llegar allí fue como encontrar nuestro tesoro más preciado.

Torre Eiffel (París, Francia)

Torre Eiffel (París, Francia)

Torre Eiffel. Estructura de hierro, la más alta de la ciudad, y uno de los monumentos más visitados del mundo. Cuenta con una altura de 300 metros, prolongada posteriormente hasta los 324 metros con una antena. Actualmente, además de ser un atractivo turístico, también es utilizada como emisora de programas de radio y televisión.

A partir de ahí, deambulando por el tranquilo barrio del ‘Trocadéro’, conseguimos acceder a la ‘Avenue Kléber’ que nos llevó directamente al Arco del Triunfo, ya completamente de noche y con unas espectaculares vistas de toda París desde su cima. Fue increíble el poder observar la ciudad desde la lejanía, y a la vez el que pareciera todo tan cercano. Todas esas largas avenidas que venía a parar justo en donde nos situábamos. Más increíble, a mi parecer, fue ese juego de luces que nos regalaba la capital: además de las luces provenientes de la gran cantidad de coches que transitaban por sus calles, sus tiendas y sus carteles luminosos, la ciudad estaba repleta de luces de navidad, lo que hacía más especial aún nuestra visita.

Vistas desde el Arco del Triunfo.

Además de todo lo que pudimos observar, fueron muchas las personas que nos encontramos por el camino, a las que observábamos curiosos e incluso con quienes llegamos a intercambiar varias palabras, ya fuese para ubicarnos o para hacer parada en algunas de las tiendas de souvenirs que nos encontrábamos.

Ya había acabado el día, casi sin darnos cuenta. Mi sensación fue la de haber pasado como por varias etapas, como si ya nos hubiese pasado de todo, como si ya conociéramos la ciudad en profundidad. Pero no, tan solo estábamos empezando a descubrir París, sus calles, su gente.

III

Al día siguiente tuvimos suerte. Aún permanecían esas bajas temperaturas que rozaban los cero grados, pero el sol decidió salir y permanecer durante todo el día. Esta vez teníamos decidido subir a la zona norte y recorrer el barrio de ‘Montmartre’, con su maravillosa Basílica del Sagrado Corazón (‘Basilique du Sacré-Coeur’).

También allí se hallaba el hermoso barrio de los pintores, conocido como tal, donde cientos de personas se entremezclaban entre niños y mayores que deseaban ser retratados por los artistas de la zona, quienes vistosamente resguardaban sus obras de arte con multitud de paraguas de colores.

Esa mañana en Montmartre igualmente quedará grabada en mi memoria. No solo por las magníficas vistas, sino por sus viandantes: visitantes en su amplia mayoría, y otros residentes, dotando todo ello de una diversa gama multicultural. Pero lo mejor fue conocer a personas tan interesantes y espectaculares que nos maravillaron con sus historias, su música, sus dotes artísticas… personas que marcan toda experiencia como única e irrepetible.

Músico callejero en Montmartre

Volvía la noche, y la urbe volvía a iluminarse. Bajamos por sus empinadas calles y fueron varios molinos encontramos a su paso, entre ellos el ‘Moulin de la Galette’ o el conocido como ‘Moulin Rouge’, famoso cabaret parisino construido en 1889, situado en el popular barrio rojo de París. Repleto de luces incandescentes sobre ese heterogéneo fondo azul no hacía más que destacar desde cualquier perspectiva en ese décimo octavo distrito.

Moulin de la Galette, Montmartre

Moulin de la Galette (París, Francia)

IV

Nuestro tercer amanecer en París venía cargado de lluvia, quizás siendo algo de esperar en la región francesa. No obstante, no era un problema. No teníamos prisa. Deambulábamos esta vez por un pequeño mercadillo del norte de la ciudad, justo en su periferia. Visiblemente ésta no resultaba ser una zona turística, pero continuaba permaneciendo la esencia parisina: no todo en París era arte, belleza y lujo, la realidad coexistía entre barrios más distinguidos y otros ciertamente más necesitados.

También ese día bajamos al sur de la ciudad. Buscábamos una conocida capilla, la Capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa (‘Chapelle Notre-Dame de la Médaille Miraculeuse’). Además de ser una de las capillas cuyas imágenes son de las más hermosas que yo haya visto, fue allí donde conocimos a una amable y muy simpática monja, quien, según nos contó, llevaba ya en París destinada varios años, pero provenía de nuestro sur, paisana de Granada. Es curioso el grado tal de calidez que se puede llegar a sentir entre personas de una misma nación cuando nos encontramos fuera de nuestra tierra, nuestras costumbres, nuestra cultura y nuestra gente. Ser individuos desconocidos pero al mismo tiempo estar unidos por algo muy cercano.

Rascacielos París

Torre Montparnasse (París, Francia)

Seguidamente nos dirigíamos hacia uno de los rascacielos de París, situado cerca de la capilla: la torre Montparnasse (‘Tour Montparnasse’). Era inmenso. Sus luces iluminaban los bordes del edificio. El levantar la mirada hacia arriba hacía que ese edificio visto desde abajo no tuviera fin. Según descubrimos posteriormente, es el segundo rascacielos más alto de Francia, con poco más de 200 metros de altura y un total de 58 plantas. ¡Casi nada!

V

Prácticamente era ya nuestro último día completo en París. Ya lo sabíamos. Nos quedaba aún mucho que explorar: barrios, edificios, obras de arte, vistas y rincones ocultos, gente a la que conocer y otras muchas experiencias que descubrir. También lo sabíamos. Sin embargo, y a pesar de ello, decidimos volver a recorrer algunas de las calles que ya habíamos visto días atrás, dejarnos llevar y disfrutar del tiempo que nos quedaba.

Quisimos entrar en la Catedral de Nôtre-Dame. Ya desde fuera se podía apreciar sus grandes dimensiones, pero desde el interior en sí todo parecía mucho más inmenso, un lugar repleto de enormes columnas, vidrieras, esculturas e imágenes propias del lugar. Las luces de navidad y las velas destellantes se hacían destacar entre esa atmósfera tan particular. Incluso una pequeña maqueta que simulaba una aldea en miniatura resultó ser de lo más interesante. Así, la catedral se encontraba repleta de gente, turistas que contemplaban admirados y fotografiaban todo cuanto veían. Y nosotros… nosotros caminábamos, observábamos, captábamos todo aquello.

Interior de la Catedral de Nôtre-Dame

Tras ésta, partimos hacia el Museo del Louvre, museo nacional de Francia en el que se encuentra todo el arte que engloban las bellas artes, la arqueología y las artes decorativas. Ubicado en el antiguo Palacio Real del Louvre, es considerado actualmente como uno de los más importantes del mundo. Exteriormente era espectacular. Asimismo en su interior albergaba todo tipo de sutilezas y obras de arte. Accedimos por una de las pirámides de cristal enclavadas en el centro del patio del museo, descendiendo así al recibidor subterráneo por el que se accedía a la gran diversidad de salas del museo. Tan solo una pequeña parte del mismo pudimos recorrer, puesto que no disponíamos del tiempo suficiente como para visitar todas sus plantas, pero fue suficiente como para quedar fascinados ante la presencia de la gran diversidad de arte allí albergada.

Nuestra última noche se tornó una bella despedida entre amigos. Una deliciosa tortilla de patatas española para cenar, algo de beber, música y una fantástica compañía. A la mañana siguiente dejaríamos ese pequeño apartamento y lo echaríamos de menos. Todo.

VI

Sonó el despertador. Había que madrugar, hacer las maletas y recogerlo todo. Dejar ese lugar como si no hubiésemos estado. Tan solo permanecerían el recuerdo y unas lindas rosas sobre la mesa. Subir al metro y al tren ya no resultaba ser tan emocionante como al principio. Sin problema alguno llegamos al aeropuerto, y cansados, ya en el avión, tocaba volver a la realidad: a nuestra realidad diaria. Echar la vista atrás era como si resultara ser un paréntesis en nuestras vidas.

Cercanías Torre Eiffel

Torre Eiffel (París, Francia)

Todo lo que nos llevamos de ese viaje será siempre recordado. El deseo de volver a París es evidente. Vida, arte y gratitud quedarán siempre guardados en las fotos que observo de la ciudad.

Pero también me quedo con algo más, a su vez más valioso, la gran amistad y unión que pueden llegar a construir esos viajes improvisados, repentinos o planeados. Viajes que marcan momentos y experiencias compartidas. Viajes que te ayudan a crecer y descubrir lo que es vivir.

París, la bella París.

Torre Eiffel, París

Torre Eiffel (París, Francia)

París es París

Es cierto que el turista siempre ve la cara amable del lugar. Pero no es menos cierto que París te embelesa, tanto con sus cosas buenas, como malas. Creando en ti una sensación de nostalgia que te invade, como si estuvieras caminando por una página más de un gran libro de historia que hace mucho tiempo que comenzó a escribirse. París es mucho más que postales, monumentos, mucho más que la Torre Eiffel, mucho más que una ciudad. Por eso, todo el equipo de Tottori Trip que viajamos a la capital francesa el pasado mes de diciembre realizamos la primera producción audiovisual de esta revista, un poema visual llamado París es París.