Cuando en el año 2003 escribiera el artículo titulado “Los árabes no invadieron la Península Ibérica”, a raíz de la aparición en la revista “Investigación y Ciencia” de otro titulado “Genética e Historia de las poblaciones humanas del norte de África y la Península Ibérica”, no pensé que pudiese llegar a tener tanta aceptación y buena acogida, de modo que fue recogido por diversas páginas electrónicas regentadas por entidades dedicadas al conocimiento de la historia de España en general, de la de Andalucía en particular, o también por aquellas otras que reivindican el hecho nacional y diferencial de Andalucía como heredera principal de los valores y la historia de Al-Andalus. El texto, que despertó gran interés quedó fuera de la red por falta de hosting y vuelvo a incorporarlo de nuevo gracias al ofrecimiento de Tottori Trip.

Años después, aún sigue generando atracción, sin duda alguna por la reciente reedición del libro de Ignacio Olagüe titulado “La Revolución islámica en Occidente”, cuyo análisis es el fondo principal de aquel artículo, al verse apoyado este denostado autor en sus argumentos por los análisis sobre la genética humana en las poblaciones cercanas al Estrecho de Gibraltar que fueron publicados por aquellas fechas. Es por ello, que me ocupé un tiempo después de su revisión y puesta al día.

Durante ese tiempo fue posible además, seguir ahondando en los textos escritos; conocer en mejor medida las tierras del norte africano, así como su historia y leyendas, sorprendentemente paralelas a las encontradas aquí, en lo relativo al mundo islámico y su contraposición con el sustrato original.

La cuestión fundamental, reside en la revisión histórica que supone el hecho de tener que prescindir de una invasión militar procedente de Oriente, en el contexto general de la Historia de la Península Ibérica. Dicha cuestión, es para unos simplemente origen de controversia y escuela, lo que enfrenta a “tradicionalistas” frente a sus críticos, para otros sin embargo, es pieza en la que basan sus argumentos políticos o de pensamiento que llevan ante todo a sustentar el nacionalismo andaluz más radical.

Considerar a la civilización islámica andalusí como algo autóctono, cultivado por los sucesores de la civilización romana o del estado visigodo, la llena, cuando menos, de la misma legitimidad que se arrogan aquellos que posteriormente la conquistaron y anularon, basados precisamente en la continuidad visigótica y el credo romano. Más aún, si rebuscando en los fondos históricos de este suelo, se llega a la conclusión de que la llamada Reconquista, es un eufemismo de efecto legitimador, que tiene como función desviar en el curso de la Historia la invasión militar y sociocultural que llevaron a cabo las dinastías normandas y francas a través de la casa de Borgoña a partir del siglo XI, es entonces cuando entra en crisis el conjunto.

El aspecto que Ignacio Olagüe presenta como novedoso en su libro es la prescindibilidad a que hay que recurrir, al tratar la historia de la Hispania musulmana, de las fuentes tradicionalmente utilizadas para ello, y su aportación consiste en el inédito análisis de las actas conciliares de la Iglesia ibérica, así como el hábil apoyo en aspectos climatológicos, arqueológicos e históricos, sin hablar también del simple sentido común como pueden ser cuestiones de intendencia o la comparación del ejercicio militar de antes y de ahora en los terrenos por los cuales se supone discurrieron unos ejércitos y otros. En resumen, Olagüe llega a las mismas conclusiones que Simonet o Sánchez Albornoz, respecto a la hispanidad o carácter autóctono de la población andalusí, considerando, no obstante, el trasiego de culturas como el hecho diferencial entre la población andalusí y la cornisa cántabro-pirenaica. Los vínculos mediterráneos entre el levante y el sur peninsular serán las vias de entrada y refuerzo de la cultura islámica mientras que los transpirenaicos lo harán con los reinos recorridos por la estela de San Yago, como bien recoge Américo Castro en su “Historia de cristianos, moros y judíos”.
Resulta curioso que el libro de Olagüe, recibiera un premio en 1974 por la Fundación Juan March, y una vez agotada la tirada inicial, quedase relegado al olvido, apartado de los canales de difusión y blindado por los derechos de autor en propiedad de aquella institución. En resumen las conclusiones principales de la obra son:

–      Que la historia de la Península Ibérica en el siglo VIII es oscura y confusa, existiendo pocos testimonios fiables.
–      Que los eventos militares de casi un siglo y medio tras la pérdida de la hegemonía visigótica, no es sino una sucesión de guerras civiles entre los fragmentos de aquel reino medieval, los de la Tarraconense apoyados en sus huestes centro y norte peninsulares, los de la Bética apoyados en sus huestes del sur y de la Tingitana, al otro lado del Estrecho de Gibraltar.
–       Que la islamización de la Península se produce principalmente a partir de la primera mitad del siglo IX y que dicha islamización y consecuente arabización es debida ante todo a las estrechas relaciones humanas existentes entre el sur peninsular y la costa norteafricana. Es lo que viene a llamar la transmisión de una idea-fuerza, frente a la común premisa de la conquista por un contingente militar procedente de Arabia o cuando menos del norte de Africa.

La obra que se estructura a lo largo de más de cuatrocientas páginas es un compendio que reúne las conclusiones y hallazgos de numerosos eruditos en distintas ramas del saber, pero sobre todo de la arqueología, siendo un recital de apuntes y referencias a las obras de los mismos, entre los que destacan Gomez Moreno, Elie Lambert, G. Marçais, Levy-Provençal, E. Huntington, E. F. Gauthier, Asín Palacios, el padre Flórez, el Memoriale Sanctorum de Eulogio de Córdoba, entre otros muchos. En ninguno de los razonamientos que Olagüe edita basados en las obras de estos autores, se advierten trazas de mixtificación o iluminismo, al que aludirán posteriormente la práctica totalidad de sus críticos, sino que, en suma, lo que hace es poner en relieve las reseñas más importantes en cada uno de tales autores, extraer el retal, lienzo o simple hilo, para tejer en perfecta y cohesionada urdimbre la trama que demuestra la originalidad y magnificencia cultural de los habitantes de la Iberia islámica durante toda la Edad Media.

Las conclusiones de aquella obra, que desmoronan la coyuntura tradicional de la Historia Hispánica han sido rebatidas desde los estamentos vinculados a la “oficialidad”, sustentadora de la clásica teoría de la invasión árabe y la posterior Reconquista.

La tendencia de la mayoría de los medievalistas es adherirse sin muchos reparos a estos puntos de vista. El producto más reciente y no el menos curioso de esta tendencia a minimizar el <<impacto>> de la sociedad musulmana sobre la sociedad y civilización españolas es la obra publicada en 1969 por Ignacio Olagüe y titulada <<Les Arabes n’ont jamais envahi l’Espagne>>, en la cual su autor demuestra con la mayor seriedad del mundo –a no ser que se trate de cabo a rabo de una mixtificación- que no hubo conquista en el año 711, y que gran parte de los relatos que se refieren a este acontecimiento y a sus efectos posteriores se han inventado a posteriori para proporcionar una explicación satisfactoria a la lenta y caótica conversión de la sociedad hispánica, ya en su mayoría conquistada por el arrianismo en el curso del s.VIII, al Islam que en esa época se extendía desde el Oriente por toda el área mediterránea.” (GUICHARD, 1976)

la majadera mixtificación histórica de I. Olagüe, según la cual no hubo invasión islámica sino una integración espontánea –y suponemos que también gozosa- de la Hispania romano-visigótica en el ámbito cultural árabe, por simple ósmosis. La repetición resumida de las boberías de Olagüe (pedimos perdón por usar estas palabras, pero por mor de exactitud no hay otras) lleva al autor a deslizar nuevos dislates…” (FANJUL, 2000).
“...en el año 1969 Ignacio Olagüe publicó en París, un sorprendente libro cuyo título era <<Les Arabes n’ont jamais envahi l’Espagne>>. Unos años después dicha obra fue traducida al español. ¿En qué quedamos? ¿Hubo o no invasión de las tierras hispanas por los árabes? Es indudable que el libro de Olagüe por muchas supuestas razones que lo acompañaran, tenía un propósito provocador. En cualquier caso lo cierto es que esa hipótesis ha terminado por naufragar.” (VALDEÓN BARUQUE, 2001).

Entre las consecuencias de las polémicas que han rodeado la historia de la España musulmana, habría que citar la curiosa obra publicada en el año 1969 por un historiador español residente en Francia, Ignacio Olagüe, con el llamativo título de: Les Arabes n’ont jamais envahi l’ Espagne. Este libro, que no se arredraba ante la paradójica negación de la conquista árabe de comienzos del siglo VIII, pretendía restablecer la <<verdad histórica>> sobre las condiciones en las que tuvo lugar la incorporación de la Península Ibérica al área de la civilización arabo-musulmana en la Alta Edad Media….Tales tesis, históricamente insostenibles, no han sido totalmente enterradas con el olvido del libro de Olagüe y reaparecen de vez en cuando; por ejemplo un universitario americano, Norman Roth,…Tales afirmaciones no necesitan comentario. Sus motivaciones <<nacionalistas>> o <<políticas>> y el proceso demostrativo que pretende fundarlas merecerían un examen más profundo.” (GUICHARD, 2000).

Con la excepción de quienes –llevados por retrospectivas (e incontroladas) fobias y filias viscerales- optan por hacer abstracción de la realidad para inventar una historia-ficción (tipo Les Arabes n’ont jamais envahi l’Espagne/La revolución islámica en Occidente de I. Olagüe), todos coincidimos en que la existencia de al-Andalus es consecuencia de la ocupación de la Hispania Wisigothica por un grupo invasor.” (CHALMETA, 2003).
La práctica totalidad de las que hemos encontrado carecen de sólidos argumentos y nadie se ha preocupado de analizar en profundidad la obra de Olagüe con el fin de desmontar uno por uno sus asertos. Solamente Pierre Guichard, desde el primer momento, que en aquellos años andaba por el Levante ibérico en pos de material con el que construir su tesis doctoral, escribe una pequeña obra titulada “Los árabes si invadieron la Península Ibérica”. Aunque es difícil encontrar esta obra, la postura de Guichard queda patente en su tesis doctoral, titulada “Al-Andalus, estructura antropológica de una sociedad islámica en occidente.” En ella, rebate las tesis tradicionalistas, y sobre todo a la obra de Olagüe, fundamentándose principalmente en sus estudios sobre la toponimia del levante valenciano y considerando la existencia real de una invasión y en resumen en su opinión, “No existen pues sino escasas relaciones entre la población actual y la anterior a la Reconquista.”

En su análisis sobre la genealogía árabe y los vínculos agnaticios de los clanes familiares, vincula a los invasores o conquistadores árabes con sus lazos de sangre, de forma que es inexplicable la venida de aquellos sin la cohesión tribal que les caracteriza “Justamente opinamos que el error de perspectiva que se comete sobre el sentido de la asimilación entre vencedores y vencidos, proviene, en particular, del hecho de que se tiende en exceso a considerar a los árabes y a los beréberes que vinieron a establecerse en España como si hubieran sido forzosamente célibes, ávidos de provechosos matrimonios con las hermosas herederas indígenas, e incluso deseosos de integrarse en una sociedad hispano-visigoda culturalmente superior….si se examinan atentamente los textos relativos a las épocas más antiguas, se comprueba que la idea que la idea que acabamos de enunciar se halla en realidad menos justificada que la posición inversa,…, y que consistiría en afirmar que fueron familias enteras o clanes árabes y beréberes, y no aventureros quienes penetraron en España….Durante casi dos siglos, estos árabes y beréberes establecidos en España manifiestan un hosco espíritu de clan y conservan al menos parcialmente, su organización tribal…No se explicarían bien estos comportamientos si no se sustentaran en el mantenimiento de unos efectivos vínculos sociales, si las tribus y los clanes no hubieran seguido siendo, grupos sociales efectivamente reconstituidos en su nueva patria….el número de parientes, la importancia del clan, eran para los antiguos árabes uno de los principales elementos del honor…Sería pues, un grave error imaginar a los emigrados en España como irremediablemente divorciados de sus vínculos norteafricanos y orientales…En nuestra opinión, existían en la España musulmana del s. VIII al X dos sociedades yuxtapuestas de origen étnico más que religioso, ya que los indígenas convertidos al Islam se adscribían al segundo tipo y no al primero. Si nuestra hipótesis es exacta, la sociedad oriental conservó sus propias estructuras, de origen tribal, sin que fuera asimilada como piensan los tradicionalistas, por la sociedad indígena. Hasta nos atreveríamos a preguntarnos si, al menos en lo concerniente a las categorías sociales superiores, no fue precisamente lo contrario lo que sucedió, y si, ante el dinamismo biológico y social de los poderosos clanes o linajes árabe-bereberes, no se registró el debilitamiento e incluso la extinción de las clases dirigentes indígenas.”

Por otro lado “Si admitimos que los nombres de las tribus son algo más que emblemas onomásticos, …., podemos constatar sorprendentes fenómenos de dispersión de un mismo grupo étnico por todo el contorno Mediterráneo occidental…, es muy frecuente, en toda el área de civilización musulmana, y en todo caso en el Norte de África el que localidades, regiones y accidentes naturales ríos, montañas, adoptaran el nombre del grupo humano en ellos establecido….Sin discusión posible, es el grupo étnico el que ha dado su nombre a la localidad…Los nombres de tribus –árabes o bereberes- se encuentran en gran número en España, ya sea como topónimos actuales, ya sea como nombres o comarcas desaparecidas…En este campo no pueden alcanzarse nunca certidumbres absolutas, pero si, por lo menos, grandes probabilidades. Y si siempre cabe la duda sobre el origen tribal de tal topónimo, parece imposible que las numerosas semejanzas entre topónimos españoles y nombres de tribus árabes y bereberes resulten, en conjunto, mero producto del azar.”

Finalmente, postula sobre las cifras de población inmigrante que debió llegar con la conquista, dado que parece imponerse la lógica aplastante de que un destacamento de unos 15.000 hombres como establecen los documentos escritos es claramente insuficiente para conquistar un territorio como la Iberia visigoda en los escasos cuatro años que se le supone. A partir de las hipótesis que con anterioridad hubo expuesto al respecto Claudio Sánchez Albornoz, fijando en unos 30.000 individuos el contingente militar que invadiera las tierras ibéricas, Guichard revisa las distintas fuentes, apoyándose en la cohesión clánica y tribal que mantiene presente a lo largo de toda esta obra. Y así concluye “nos parece verosímil registrar, en la España del s. VIII, un mínimo de ciento cincuenta a doscientos mil guerreros árabes y bereberes, reagrupados en su mayoría en conjuntos tribales y clánicos. Colocados en situación de conquista y de dominación, sus linajes, a la vez agnáticos, endógamos y polígamos, debían poseer una gran capacidad de expansión demográfica,…, sin alteración correlativa de su originalidad étnica, al menos en lo que se refiere a los caracteres no estrictamente raciales.

Mientras que la leyenda de Tariq y Musa se desvanece por sus propios argumentos, apareciendo llena de elementos fantásticos como la Mesa de Salomón, la envidia de Musa sobre Tariq, la sustitución en el imaginario islámico de las columnas de Hércules por los Yabal Musa y Yabal Tar. Mientras todos son unánimes sobre la dudosa veracidad de las fuentes escritas al no ser contemporáneas de los acontecimientos que describen, hechos como que el arco de herradura, atribuido clásicamente a los árabes y musulmanes, exista las iglesias de San Pedro de la Nave (Zamora, s. VII), San Juan de Baños (Burgos, año 661) o Santa María de Quintanilla de las Viñas (Burgos, s. VII), sea una realidad patente y demostrable, junto a algunos otros recogidos por Olagüe, resultan ser elementos objetivos que hacen dudar de todos los planteamientos tradicionales acerca del Islam ibérico, dando con ello una razón a este autor que nadie ha sabido por el momento rebatir correctamente.

Y las cuestiones de logística e intendencia no solamente antes, sino también ahora, son uno de los elementos fundamentales que ha decidido el curso de acontecimientos militares de gran trascendencia a lo largo de toda la Historia (Invasión de Rusia por las tropas francesas bajo la dirección de Napoleón o de las alemanas en la época del III Reich, la invasión de España por los franceses en 1808, o la mismisima conquista del Reino de Granada, que hubo de precisar de los diez años mediantes entre el asalto a la ciudad de Alhama y la colocación del pabellón castellano-aragonés en las almenas de la Alhambra, en una época más cercana y tecnológicamente mucho más avanzada), Olagüe lo señala y Guichard con su aumento del contingente humano de la invasión no hace sino darle la razón.

Por su parte, la hipótesis que plantea Guichard sobre la toponimia, estudiada por él sobre todo en los sistemas montañosos del Levante y Sur andalusí, se queda vana a partir de los planteamientos que establece Miquel Barceló sobre la hidráulica agrícola andalusí, que será determinante tanto en la forma poblacional de la mayor parte de ocupación del territorio, como, en definitiva, en su modelo de sociedad.“Estrechamente asociada a la difusión de técnicas hidraúlicas y a la creación de un espacio agrario nuevo se encuentra la adopción y aclimatación de cultivos venidos de Oriente.” Al-Andalus vendría a ser, pues, el territorio de los espacios irrigados, que ciertamente tuvo su mejor representación desde el curso bajo del Tajo (al-Usbuna), ocupando en sentido levógiro la Península Ibérica por el Guadiana (Santaren, Mertola, al-Garb), Guadalquivir (Ishbiliyya, Qurtuba, Undujar, Yaian), Guadalhorce, (Antequera, Rayyu-Malaqa), Guaro (Balis), Guadalfeo (Almuñecar, Salobreña, Motril), Segura (Tudmir), Júcar (Cullera,), Turia (Balansiyya), Cuenca alta del Tajo, y el rio Ibero (Turtusa, Saraqusta, hasta Tutila , Nájera o Calagurris en su tramo medio).
Para Barceló, el crecimiento poblacional en el sistema de regadío, implica la segregación urbana, pasando a colonizar nuevos territorios y estableciendo sistemas de vínculo familiar, clánico o tribal, de ahí los prefijos Bena-, Beni- en lengua arábiga , siendo obvio que no siempre corresponde a onomástica bereber (caso de Benicasim, Benadalid, Benamahoma, Benagalbón, Benaocaz, Benalmadena, Benalauria, Benefique, Benaojan, Benamocarra, Bentomiz, Benamargosa, Benajarafe).

El espacio hidráulico solo admite la destrucción. La rigidez del espacio hidraúlico y las escasas y normalmente difíciles posibilidades de ampliaciones serias condicionan estrategias específicas de asentamiento y también imponen soluciones sociales al crecimiento poblacional. La fisión o segmentación parece ser la solución más eficiente. Si el espacio hidráulico no puede crecer, si es inflexible, la población sobrante debe emigrar….la alternativa que supone la segmentación tiende a generar el desarrollo de símbolos culturales que permitan el reconocimiento de los grupos y la posibilidad de nuevas fusiones y eventuales nuevas fisiones. Los sistemas genealógicos, que permiten establecer derechos diferenciales sobre los recursos de otros grupos, son las formas más adecuadas para organizar la alternativa segmentaria…
…La alternativa segmentaria, tanto en al-Andalus como en el Magrib, produce una morfología específica de asentamientos campesinos que, si bien la investigación antropológica e histórica ha sabido identificar y estudiar en el Magrib, todavía es una cuestión, para al-Andalus, planteada confusamente a pesar de los esfuerzos precisos y rigurosos de P. Guichard y A. Bazzana. La posible razón, aparte de las reticencias previsibles y enconadas de la historiografía española que siente amenazada su hegemonía interpretativa y expuesta su irrelevancia, hay que buscarla, quizá, en el hecho de que la investigación arqueológica haya estado exclusivamente centrada en los yacimientos más evidentes, los husun y, en cambio, su asociación con los espacios hidráulicos, e, incluso, con los de secano, no ha sido objeto de investigación.” (BARCELÓ, 1996).

Por el lado contrario, la tesis de Olagüe aparece recogida en la obra de algunos autores como Medina Molera y Garaudy, siendo coincidente ampliamente con Roger Collins en su crítica sobre las fuentes históricas en que se basan los postulados más tradicionales. “Ante todo hay que decir que todos los relatos históricos árabes que han llegado hasta nosotros sobre al-Andalus bajo la dinastía omeya (756-1031) son posteriores a los acontecimientos que tratan….Otro tanto cabe decir de las otras fuentes cristianas españolas, una serie de breves crónicas escritas en el reino asturiano a finales del s. IX y comienzos del s. X. Éstas adolecen, además, de la incorporación de elementos legendarios y resultan poco fiables.” (COLLINS 1986)

Finalmente, la tesis de una invasión se desvanece a partir de los últimos estudios efectuados sobre la genética humana en el espacio geográfico implicado en los hechos de que aquí se trata. Si ya anteriormente se había cuestionado el tema a partir de los estudios del Rh y del ADN mitocondrial, los últimos avances de la ciencia permiten actualmente la decodificación del ADN residente en el núcleo celular. La diferencia resulta ser trascendental, puesto que de este modo es posible conocer el rastro genético paterno, mientras que el mitocondrial limitaba el conocimiento a la línea de ascendencia femenina. El código paterno, por tanto, resulta determinante en una cuestión de linajes o genealogía árabe, en la que, como hemos visto anteriormente, resulta fundamental la línea paterna, por ser claramente agnaticio.

Este estudio, se titula como ya dijimos al principio “Genética e historia de las poblaciones del norte de África y la Península Ibérica.”, y puede encontrarse publicado en el número de febrero 2003 de la revista “Investigación y Ciencia”. Dicho estudio es obra de un equipo formado por E. Bosch, F. Calafell, S. Plaza, A. Pérez-Lezaun, D. Comas y J. Bertranpetit, pertenecientes a la Unidad de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

Entre sus asertos más relevantes cabe citar “Con pocas excepciones, todos los marcadores genéticos analizados muestran una separación clara entre las poblaciones magrebíes y las de España y Portugal,…..El análisis de gran cantidad de marcadores nos revela una llamativa ausencia de diferencias entre poblaciones árabes y beréberes. La arabización del Magreb fue un fenómeno básicamente cultural, en que una reducida élite impuso su lengua y religión, sin que hubiera cambios sustanciales en la población local, incluso la actualmente arabófona….

Y concluyen que “Los datos genéticos, con sus limitaciones, han permitido trazar un primer marco comparativo entre ambas orillas del Mediterráneo, con la reconstrucción consiguiente de la historia e intercambios mutuos de sus poblaciones…Los cambios y sustituciones en el credo religioso, en la lengua o en los perfiles de las excavaciones arqueológicas nos hablan de interrelaciones y desplazamiento culturales. El alcance de los procesos demográficos asociados a esas transformaciones culturales halla un correlato genético, cuya magnitud se va desentrañando merced al avance en el conocimiento del genoma. Es una de las múltiples sorpresas que la biología actual nos depara.
Una invasión militar en el 711, capaz de obligar a la transformación socio-cultural de los grandes valles ibéricos solamente pudo llevarse a cabo mediante la aportación de un contingente guerrero numeroso con el que asegurar no solo la fulgurante victoria, sino además, el recambio necesario para la sustitución de bajas por heridas o incapacidad. Si como se sabe, mucha de la población musulmana persistió bajo el cambio forzado de su fe (mudéjares, moriscos o cristianos nuevos), la ausencia genética de marcadores moleculares propios de Arabia en la Peninsula Ibérica y el norte de Africa, solamente deja la opción de que al-Andalus fuese una derivación social, cultural y política surgida de los sucesores de Argantonio,Viriato, Indibil, Mandonio, Séneca, Trajano, Adriano, Leovigildo, Recaredo, Isidoro de Sevilla o el propio rey Roderico.

Queda claro y manifiesto pues, que la atribución de la islamización ibérica a un hecho forzado y violento como pueda ser una invasión o conquista militar continúa siendo un postulado mantenido desde unos intereses muy particulares a lo largo de los siglos. Así frente al giro confesional que se produjo en determinados Estados en épocas históricas y sobradamente conocidos, como pueda ser la de Constantino al Sol Invictus en el ya decadente Imperio Romano (320) o la de Recaredo al Catolicismo en la Hispania visigotica (587), no se acepta en modo alguno que pudiese haber una fase de sincretismo que propiciara la desviación del monoteísmo abrahámico de los bizantinos, que en el s. VII dominaban el sur ibérico y norte africano, hacia el también monoteísmo abrahámico que ya entonces florecía en la no lejana Qairawan.

Sin embargo encontramos que en lugares lejanos de la Península Arábiga como puedan ser Indonesia o China, Mali, Nigeria y Sudán, incluso lugares poco accesibles del Alto Atlas marroquí se ha producido la islamización de sus habitantes sin una arabización que rebase los límites del árabe como lengua sagrada. Por el contrario contrasta con este hecho el descubrimiento y aceptación de la filosofía de la última Revelación por parte de aquellos que conquistaron tierras de Islam, como fuera el caso de los mongoles en Iraq o de los turcos en Anatolia.
Por último, siempre hay que dar las gracias a quiénes, atribuyéndose o en posesión de representación social o política, de modo consciente o inconsciente, dejan liberar las ideas, exteriorizando cuanto lleva en su interior. Unas veces por permitirnos con ello obrar en consecuencia, y otras, por despertar la curiosidad y romper barreras en dirección hacia fuentes del conocimiento y del pensamiento humano tradicional que de otro modo tal vez nunca hubiesemos llegado a descubrir.

Málaga, septiembre de 2006
Antonio Pulido Pastor

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