Atardeceres de película cuyo cielo se fija sobre alminares afilados. Olor a mar, sabor a pescado. Aroma de especias e incienso quemado. Tacto de seda en bazares colmados. Conectando dos mundos antiguos, Estambul, la gran ciudad de Europa. En todos los tiempos, puente entre Oriente y Occidente, protagonista de la historia más larga jamás contada…a este lado de su Estrecho.

ESTAMBUL, LLAVE DE CIVILIZACIONES

Anatolia ha sido durante muchos siglos la puerta del mundo. Por ella entraban y salían las rutas comerciales orientadas, por buscar el oriente, hacia China e India principalmente. La extensión de aquellas dos grandes naciones, la antigüedad de su civilización y la profusión de sus productos diferentes altamente valorados alineaban la energía humana en caravanas que trasegaron de uno a otro lado de ese gran puente del Asia menor haciendo importantes a las ciudades encrucijada y a los hombres que las supieron manejar hábilmente.

El Imperio Romano de oriente llegó a ser importante gracias a la ubicación cercana a esta región así como al control del trigo producido en las orillas del rio Nilo. El decaimiento de la Roma occidental no fue sino signo de la necesidad de control sobre el rincón Mediterráneo oriental. Cuando Constantino el Grande plantó las bases de lo que luego sería el Imperio Bizantino, ya debía conocer la singularidad estratégica de aquella ciudad a la que por él se llamó Constantino polis.

El control desde allí del canal de salida del Asia central por el mar Negro, la ruta de la seda por el puerto de Antioquía y la conexión hindú a través del mar Rojo desde Alejandría, convirtió a aquella antigua ciudad a orillas del Bósforo en la llave que gobernaba la puerta del mundo.

Constantinopla, después Bizancio fue el sustento de Rávena y Venecia tras la caída de Roma en el siglo V y posteriormente la razón de ser, por paralelismo, del Imperio Sacro Romano y su heredero el Germánico.

Que el latín y el griego hayan conseguido el estatus de lenguas clásicas es precisamente por la pervivencia de estas en Bizancio, la Nueva Roma y su transposición a la Europa Central hasta finales de la Edad Media. Es por eso que se mantuvieron como vehículos del saber hasta prácticamente el siglo XIX siendo el soporte lingüístico de las Letras y la Ciencia. Por eso y por mucho más, Bizancio fue el Imperio que dió lugar a la Europa moderna (Herrin, 2009).

La supervivencia de esta orilla del Bósforo durante más de un milenio se debió en gran medida a la facilidad de defender mediante murallas su posición privilegiada en la península que se adentra en el mar de Mármara. Sólo el poder atronador de la pólvora pudo lograr lo que durante siglos se resistió a los asedios y maquinaria bélica del medievo. Un nuevo estilo en el hacer de la guerra, que dió lugar a un tiempo nuevo: La Edad Moderna. Antes de eso, la traición del Papado en la Antigua Roma y los aliados de Europa hizo que la IV Cruzada para recuperar los “santos lugares” se convirtiera en un órdago invasior de proporciones genocidas y devastadoras que logró imponer un paréntesis gubernativo de medio siglo a partir de 1204.

Aunque no se incluye en el relato clásico, esa fue la chispa que encendió el orgulloso “Renacimiento Italiano”, cuando las poderosas familias de Bizancio y sus mecenazgos asociados huyeron de la barbarie normanda alojándose en Venecia, puerto de guerra del ya decadente Imperio. Evolucionada la cuestión, la solidez otomana y el crecimiento de la ciudad, convirtió un canal entre mares en el único río marítimo del mundo. Atravesar una gran ciudad como esa, imprime carácter. Un rio cuyas orillas quedan repartidas entre dos continentes diferentes.

Sólo Constantinopla y Beijing pueden presumir de haber sido capitales imperiales durante más de un milenio hasta la Era Moderna. Una en oriente, la otra en occidente, formando un triángulo con algunas ciudades importantes de la India que durante ese tiempo conformó el mundo mismo, en torno al cual, todo lo demás estuvo orbitando.

Al igual que otras tantas ciudades imperiales, conocerla requiere, además de actitud, varios días. A diferencia del resto del país, los trazos antiguos se encuentran casi desaparecidos y la huella del conquistador ha modificado en gran medida aquel pasado milenario. Sólo Santa Sofía se mantiene erguida como testigo orgulloso de los tiempos de Roma y modelo del parámetro arquitectónico que vino después. La torre de Gálata, la columna de Constantino, el obelisco de Tumotsis III y la impresionante cisterna del antiguo palacio imperial (cisterna de Teodosio) son los trazos originales más destacables.

Hagia Sofia
Es el edificio principal de la ciudad, al menos a nivel monumental y no tanto en dimensiones sino por fama y representatividad. Por su posición panorámica queda desplazada por otras más modernas construidas en lugares prominentes del panorama así como la posición marginal que tiene en el conjunto actual al haberse desplazado el centro geométrico del conjunto con el crecimiento urbano.

La basílica de la Santa Sabiduría es paradigma arquitectónico de la planta en cruz griega así como la cúpula semicircular pudiendo considerarse el culmen de la ingeniería romana. Tal es así que en todo el milenio posterior, se mantiene como ejemplo no sólo por quienes la idearon sino también por quienes los conquistaron y sucedieron.

Pese a ser de poca eficacia para el culto islámico frente a las naves longitudinales de cubierta a dos aguas, los turcos la imitaron llegando a imponerse el reto de superarla. La falta de una tradición propia y antigua en los nómadas del Turkestán les llevó a decidirse por seguir el ejemplo grecolatino frente al oriental de los persas y árabes, diseñado para adecuarse al exoterismo del nuevo culto. Pudo ser fascinación, pudo ser rivalidad y necesidad de diferenciación frente a la pujanza oriental que impusieron los mogoles. No obstante, las cúpulas hemisféricas y de bulbo que se extienden hacia el sureste, son una evolución de la gran cubierta de Santa Sofía. La que cierra el Taj Mahal, en Agra, se considera el sumum de todas.

Todo basileus (el rey) ha de tener su basílica (residencia). La física (palaciega) en una necesidad material y la anímica (espirItual) en un sentido simbólico. La derivación del poder celestial sobre el terrenal (la gracia divina) se considera iniciada con el paso de la legitimidad gobernante desde los brahmanes a los kshastriyas (Guénon, 2001). Su paralelo con la divinidad terrestre del faraón en el ámbito Mediterráneo será el precedente de reyes y emperadores en lo sucesivo.

Es por ello que Constantino I, llamado el Grande, hubo de recalcar la imposición lograda sobre sus contrincantes convirtiéndose en monarca absoluto del Imperio Romano. Dejó escrita para la posteridad el alcance de su logro adjudicando su nombre a la ciudad que convirtió en la nueva capital del Imperio, la Nueva Roma. Y así Constantinopla necesitó de una obra que justificara la voluntad divina en el designio del nuevo regidor. Es por ello que se mandó construir la basilica de la Sancta Sophia hacia el año 330.

La planta en cruz griega resulta de la superposición simbólica de la bóveda celeste (el hemisferio) sobre la planicie limitada de lo terrestre (el cubo). En su centro, la proyección de la voluntad divina y su designio para el gobierno en la tierra (altar o trono). Los ábsides periféricos se requieren para la expansión de ese volumen inicial. Santa Sofía y sus émulos posteriores convierten a Estambul en la mejor colección de cúpulas circulares de todo el mundo.

Aunque pocos saben que Rávena conserva la mejor colección actual de arte bizantino, al escapar de la apisonadora iconoclasta del siglo IX y del posterior estuco otomano del siglo XV, Santa Sofía está considerada como la mejor colección de mosaicos del mundo. Devueltos a la luz en los años 30 del siglo XX por la habilidad visionaria de Mustafá Kemal Ataturk que la convirtió en museo aconfesional, ha vuelto a ser restringida y velada bajo los parámetros iconoclastas de una particular visión islámica.

El edificio actual sobrevive desde que el emperador Justiniano mandara restaurar allá por el siglo VI las dos precedentes destruidas por sendos incendios. Como cabe esperar de algo sagrado y regio, el edificio es colosal, dando un poso de antigüedad a la ciudad que provoca una sensación de tiempo atrapado expuesto al visitante. Frente a otros monumentos de similar edad o incluso menos, presenta la dinámica de su vitalidad. Un edificio vivo, con fines de eternidad que parece cumplir los designios de sus promotores.

Palacio Topkapi
El Topkapi viene a ser algo parecido a lo que sucede entre Santa Sofía y sus imitaciones. Dado el despliegue inversor que hubo de hacerse en la mezquita del Sultán Ahmed no parece tener visos de credibilidad la hipótesis de que los otomanos empleaban sus esfuerzos en la guerra y no en el arte. Pero el palacio del sultán, no parece digno del lugar que ocupa vistas las dimensiones de lo que se conoce sobre el palacio real anterior así como de la elegancia y suntuosidad de otras moradas regias en países cercanos (Irán, Uzbekistán, India).

Sin duda lo mejor del Topkapi es su emplazamiento. Situado en el extremo sur de la península que se adentra en el mar de Mármara tiene sin duda el mejor lugar panorámico de todo el antiguo recinto amurallado. De ahí su elección palatina. Cuentan que el conjunto actual viene ocupar una tercera planta de la extensión por la que se extendía el palacio bizantino. Traspasaba los contornos de Santa Sofía y llegaba hasta las proximidades del la actual mezquita del sultán Ahmed.

El conjunto actual es eminentemente un espacio ajardinado. Construido en el contexto del siglo XVI tiene una mezcla entre la austeridad renacentista y la filigrana barroca, bastante alejado de los estilos orientales. Impresiona la extensión y capacidad de su cocina, de la que cuentan que servía unas 5000 comidas diarias entre el personal ocupante del Palacio y visitas.

La mayor parte de los inmuebles son sencillos tanto en construcción como en ornamento. Hoy en día, dedicados en su mayor parte a exhibición museística de piezas de la época vinculadas a la vida palaciega. Lo mejor, sin lugar a dudas, su posición y las vistas que a uno y otro lado se ven del resto panorámico de la ciudad y del conjunto marítimo que forman el Bósforo, el Mar de Mármara y el Cuerno de Oro. A nivel de ostentación, cualquier palacio borbónico de España o de los muchos existentes en la vecina Persia superan la calidad ornamental de sus estancias.

Gran Mezquita del Sultán Ahmed
Lo habitual en un ente conquistador es someter e imponerse sobre quienes son conquistados. La laminación cultural y el cambio de idioma suele ser un parámetro común. Sin embargo hay casos en que el proceso es muy diferente, y a veces, casi inverso.

Vino a ser lo ocurrido con la invasión de Bizancio por los turcos. Aunque al final se impuso una población eminentemente otomana en su lengua, muchas costumbres como la gastronómica siguen manteniéndose eminentemente mediterráneas.

Como ya se ha comentado, en la cuestión arquitectónica, los turcos no tienen un estilo ni escuela propia y adoptan los esquemas que encuentran a su paso o conocen de su entorno. La gran mezquita del sultán Ahmed, construida en pleno siglo XVII, de orientación barroca en Europa, sigue los parámetros constructivos de la basílica de la Sagrada Sabiduría y la ornamentación de los exultantes palacios y mezquitas de Persia. Isfahán, capital de esta última, de plenitud exultante en aquella fecha parece ser la guía inspiradora para esta enorme construcción. La abundancia de revestimiento cerámico vidriado y la tonalidad azurita de su color dominante (el pigmento más caro de la época) le han dado el sobre nombre de “Mezquita Azul”.

Para su construcción se abrió hueco entre los antiguos dominios del Palacio Imperial y del hipódromo. La ubicación es resultante de la necesidad de proximidad al palacio del sultán y el deseo de mantener en pie la basílica de Santa Sofía que seguramente siguió siendo la usada por los sultanes del Topkapi durante mucho tiempo.

Actualmente se encontraba en obras de mantenimiento en su interior y plenamente cubierta, por lo que carecemos de fotos propias. Seguro que no faltan en la web.

Gran Mezquita del Sultán Suleyman
Con la ampliación de la ciudad y el desplazamiento urbano, el centro gravitatorio de la ciudad fue desplazándose hacia poniente. La coronación de la colina por la que se extiende el tramo más antiguo supone un lugar de privilegio que el sultán Suleyman eligió para su obra representativa, convirtiéndola así en la reina de Istambul.

Este formidable edificio apenas tiene vista desde el laberinto urbano que te aproxima hasta él. Incluso a sus pies, falta espacio para poderle apreciar de forma panorámica, como ocutre con otras, de modo que su prominente fachada y agudos alminares te hacen empequeñecer.

Un simple giro de 180 grados, te da respuesta al porqué de su emplazamiento. Las vistas sobre el resto de la ciudad y el Bósforo son sencillamente espectaculares. En sentido inverso, cuando el atardecer recompensa el interés y paciencia de fotógrafos y artistas desde la orilla opuesta, la recortada silueta de esta gran mezquita se hace icónica para la ciudad.

Su interior sin embargo es bastante sencillo. Su arquitectura es réplica simplificada del esquema bizantino y su decoración a base de estuco pintado con formas geométricas simples. No es nada ostentoso ni reúne elementos distintivos que la hagan significarse con respecto a las otras dos más famosas.

El acceso público es abierto sin ningún tipo de limitación salvo la indumentaria. Incluso es de entrada sin cargo.

Cisterna de la Basílica
Las sorpresas de esta fascinante ciudad no se encuentra únicamente sobre la faz de la tierra. A buen seguro también existirán bajo la superficie del mar al que abraza o atenaza, según convenga. A nivel hipogeo sin embargo se encuentra la que pueda ser, junto con Santa Sofía, la perla arquitectónica más antigua que se conserva de la ciudad.

Las necesidades de abastecimiento y sobre todo de resistencia ante el asedio de una joya urbana y estratégica como fue esta llave del mundo llevaron a la construcción de depósitos de agua capaces de asegurar el suministro para una ingente población durante un tiempo prolongado.

La más impresionante de todas, por sus dimensiones, es la llamada Cisterna de la Basilica, que a buen seguro tuvo como finalidad la provisión del Palacio real y su entorno más próximo. El resultado a día de hoy, resulta estremecedor.

Su ambiente silencioso, oscuro, pero ajeno a lo tenebroso por la iluminación y organización de la visita es francamente atractivo. A buen seguro en los tórridos dias del estío la visita puede desearse más que prorrogable.

Un inesperado bosque de columnas de piedra, relativamente bien ornamentadas en capiteles incluso corintios se extiende como sostén de las respectivas bóvedas de ladrillo macizo que forman la cubierta por una extensión de casi 150*60 metros cuadrados. Sus 9 metros de altura, le confieren un volumen de unos 100.000 metros cúbicos. Aproximadamente 100 millones de litros.

Es dificil encontrar algo así disponible a la visita pública. Muy muy recomendable. No se permite el uso de trípode en el lugar (para no entorpecer el flujo de visitas) por lo que es aconsejable el empleo de altas sensibilidades en el dispositivo fotográfico a fin de lograr buenas instantáneas.

Circo o hipódromo
Habituados como estamos a que el circo tiene forma de círculo (como su nombre parece sugerir), en el mundo romano, esa forma es más propia del anfiteatro (doble teatro). El lugar conocido con aquel nombre era un lugar dedicado preferentemente a las eventos equinos, con competiciones de velocidad. Para ello, estaba requerido de pista alargada y una grada desde la que el público pudiera contemplarla. La unión de las pistas de ida y vuelta mediante sendos hemiciclos configuraba la planta característica del mismo. La spina, recorría el eje central o mediana marcando la separación entre ambas calles o carreras.

Es por eso que el nombre más común es el de hipódromo. Aunque el de Bizancio se encuentra plenamente desaparecido (salvo el basamento de uno de sus dos hemiciclos y dos obeliscos que estaban situados en la spina) ha pasado a la posteridad por los cuatro magníficos caballos de bronce que adornaban aquellas carreras fueron usurpados y trasladados a Venecia, ubicándose en la Plaza de San Marcos. Su ubicación se encontraba junto a la actual mezquita del Sultán Ahmed, siendo patente la plaza que ha dejado el hueco que ocupaba.
El circo de Perge es un magnífico ejemplo casi vivo de la forma estructural de este edificio.

Gran Bazar de Estambul
Tal vez uno de los lugares comerciales más legendarios de Oriente Más posiblemente por su difusión que por su historia e importancia histórica en el comercio oriental. Construido tras la conquista turca de la ciudad en 1453 queda fuera de la ruta de la seda cuya embocadura al Mediterráneo fue el puerto de Antioquía. No obstante, el destino final de una ciudad imperial hubo de tener su importancia durante todo tiempo en la llegada de las mercancías de abasto y de lujo refinado.

Aunque es de dimensiones colosales, con unas 4,5 ha de superficie bajo cuyos techos se alojan unas 4000 tiendas de variado tipo, no llega a diferenciarse en mucho de algunos legendarios de Oriente como son el Gran Bazar de Teherán o el de Tabriz.

Resulta notoria la audacia y elegancia con la que los constructores distribuyeron los espacios y generaron una arquitectura cupuliforme a base de bóvedas multinervadas simples o superpuestas que permiten fácilmente abrir vanos por los que entra la luz o sale el aire caliente que se acumula en la parte inferior de la estancia.

El gran bazar de Estambul es sin embargo muy simple a nivel arquitectónico. Bóvedas de espina o de medio cañón con algunas de crucería en las naves centrales conforman el conjunto principal, destacando además por su escasa altura y su pobre ornamentación.

Otra muestra más de que el arte otomano es poco original y no tiene apenas aportaciones originales que puedan conferir solidez a un estilo propio.

Los bazares, a veces construidos o mantenidos por los gremios comerciantes que se cobijaban en sus calles o barrios, son muestra de la capacidad económica de una ciudad y por tanto de su potencialidad recaudadora.

Todo esto y más es el argumento escénico de la ciudad más grande de Europa ahora y desde al menos el siglo IV de nuestra Era. Recorrerla es un paseo en vivo por la historia que ayuda a entender mejor el origen de Europa y el proceso de progreso a lo largo del tiempo, así como muchos de los sucesos que aún siguen activos en nuestros días.

Han quedado muchas cosas por tratar aquí de Turquía y de su capital emocional. Los baños, los puentes, las torres, los barrios periféricos, los bulliciosos muelles de embarque, las dos orillas del Bósforo, sus atardeceres, los palacios de estilo europeo, etc. Ello no es sino una tarea pendiente que excuse el regreso a esta fantástica ciudad.

La conexión desde los principales aeropuertos de España es directa y asequible. Así que no esperes,

¡¡¡NUESTRA HISTORIA PASADA, TE ESTÁ ESPERANDO!!!

Antonio Pulido Pastor
Tottori Trip

Referencias:
Frankopan, P. (2016).- El corazón del mundo. Editorial Crítica. Barcelona
Herrin, J. (2009).- Bizancio: El imperio que dio lugar a la Europa moderna. Editorial Debate. Barcelona