El tiempo no respeta aquello que se hace sin su concurso. (Proverbio árabe)

                 Los bosques son, esos seres vivos, que visten la piel de la Tierra, la engalanan, ornamentan y llenan de vida, sirviendo de conexión entre el cielo y el suelo. Hay quién dice que son el ecosistema terrestre más perfecto, pero eso a mi, me suena a demasiada frialdad técnica y prefiero ponerme del lado de quienes los veneran y tienen por sagrados en aras de esa conexión vertical entre Gea y Cosmos como un tributo al SER en una gran pluralidad de sus manifestaciones. Vuelvo al Paraíso, del que ya hemos tratado en anteriores ocasiones, uno de los lugares más hermosos que conozco. Disfrutar de su belleza y participar en su mejora, es todo un privilegio. Genal, es ya sinónimo de vergel.

CONSTRUYENDO BOSQUES EN EL VALLE DEL GENAL

El valle del río Genal y sus vecinas sierras bermejas son un vergel siempreverde regado por las copiosas borrascas atlánticas y la abundante humedad ambiental que provoca su cercanía al mar. La alta radiación solar recibida, merced a su latitud meridional y el elevado número de días despejados característico del ambiente mediterráneo hacen que este sea uno de los enclaves ibéricos con mayor productividad vegetal, estimada en un crecimiento del 18% anual. Teniendo en cuenta que el promedio nacional es del 3% anual, puede uno hacerse fácilmente una idea comparativa del poder forestador de esta zona.

A esta potencia arborícola se une la parrticularidad de un suelo formado por rocas bien sean tóxicas como las serpentínicas tierras pardas de los suelos bermellones, bien duras como las filitas, cuarcitas y calizas o bien pobres en los iones minerales característicos de la fertilidad agrícola, como ocurre a los suelos roturables derivados de gneises, areniscas o arcillas de bujeo que se encuentran por la zona. El puzzle formado por las diversas combinaciones entre ellas tiene siempre vocación forestal y son escasos los lugares donde se instala una agricultura próspera y potente. Aún así, la alta ocupación del territorio rural `por parte humana cuando la supervivencia estuvo más que comprometida, acabó poniendo en cultivo muchas de estas empinadas y frágiles laderas que se acabaron empobreciendo aún más de forma vertiginosa. Olivares, almendros y sobre todo viñedos ocuparon muchas de estas pendientes.

El caso de la vid resulta un tanto particular. Ubicada en las laderas más pronunciadas, es uno de los cultivos donde se produce la mayor pérdida de suelo. Pese a que en invierno no presenta apenas ninguna parte aérea que reduzca la fuerza erosiva de la lluvia, se le practicaban además algunos trabajos de laboreo. Con ello genera altas tasas de pérdida de suelo por erosión. Además se vió condenado de forma irremisible cuando la plaga de filoxera llegó hasta aquí a finales del s. XIX matando a la práctica totalidad de las variedades existentes y exigiendo un esfuerzo para su renovación. Ello provocó no sólo la pérdida de las plantaciones sino también el colapso de la vida rural adaptada a su cultivo y la producción asociada. De ese modo muchas parcelas quedaron abandonadas a merced de la erosión y de la sucesión vegetal espontánea.

Pero cuando un suelo está muy degradado y en condiciones de gran inestabilidad como es el que se situá sobre laderas muy acentuadas prácticamente queda fosilizado siendo muy lenta su recuperación, cuando no imposible de forma que se mantiene ocupado por matorrales de corta talla y muy abiertos, inmersos en una dinámica donde los flujos de pérdida superan a los de recuperación. La inversión del proceso, no obstante, puede invertirse mediante la intervención del mismo agente que causó su degradación, el hombre.

La política de promoción y recuperación forestal española, al menos la conocida, es de origen borbónico, procediendo del reinado de Carlos III en aquellos tiempos en que se ha dado en llamar “La Ilustración”. Generada por un movimiento de imitación respecto a los Montes de Marina que puso en marcha el ministro Colbert en Francia, la gestión borbónica sigue los Principios de aquella guiada por la directriz de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, I Marqués de la Ensenada. Pero los avatares históricos y económicos hispanos harán que la implantación masiva de las reforestaciones no se produzca hasta el tránsito entre los s. XIX y XX, con especial actividad durante la etapa posterior a la Guerra Civil en los años 40 del siglo pasado.
En el Valle del Genal y su entorno, la atención forestal primaria se centró sobre los predios de propiedad municipal, siendo incluidos en el Catálogo de Montes de Utilidad Pública, deslindados y organizados (ordenados) en muchos de los casos. Destacan así los montes de alcornocal (Cortes de la Frontera, Gaucín, Benarrabá, Algatocin…) y los de pinar (Genalguacil, Casares, Estepona, Jubrique, Igualeja).

La construcción de un bosque es una labor a largo plazo. Tanto, que a día de hoy, en el dinamismo cortoplacista hacia el que miran los interesados políticos de partido, apenas se atiende en la medida de lo correcto y mucho menos de lo necesario. Y aunque se usan algunas herramientas al efecto, períodos de al menos treinta años resultan como poco, inevitables. Eso lleva a que en la mayoría de las ocasiones, los intereses u objetivos con los que se organizan inicialmente queden desfasados o superados por un cambio en los modos de vida y sobre todo, tecnológicos, con lo que en realidad, su previsión de futuro es todo un ejercicio de fe. Valga como ejemplo claro los Montes de Marina ordenados y puestos en regeneración a lo largo del s. XVIII. Con turnos de 120 años para el caso de los montes de pino albar del Sistema Central, su desfase tecnológico les llevó de objetivos inicialmente navales a simplemente madereros de calidad y hoy en día prácticamente a productores de paisaje en un entorno cercano a la gran ciudad que es la capital del país.

La regeneración natural, casi siempre es posible. Los ciclos espontáneos y la interacción de la biodiversidad natural acaba haciendo que la vegetación vuelva a instalarse en un lugar prácticamente desnudo y recupere estados próximos a su original. Es una cuestión de plazos. La sucesión natural requiere de largos turnos o períodos de tiempo y, en situaciones de alta inestabilidad, como es característico en el ambiente Mediterráneo, pueden establecerse ciclos recurrentes donde determinado tipo de perturbaciones intensas o instantáneas revierten la situación o generan una parada o pérdida de vigor en el sistema.

Así, con objeto de acortar los plazos, la construcción de bosques puede ser también artificial, una rama más de la Ingeniería aplicada. En el proceso, se utilizan técnicas de mejora del suelo que tienen como finalidad mejorar su permeabilidad, aumentar su infiltración y capacidad de retención de agua, mineralizar nutrientes para hacerlos más fácilmente absorbibles por las plantas y disminuir la resistencia mecánica del mismo en sus capas inferiores con objeto de que las raíces de los vegetales incipientes que se instalen puedan desarrollarse lo más rápidamente posible a fin de crecer y alejarse de la superficie del suelo, en busca del agua retenida en capas más profundas.

Sobre un suelo pobre o maltratado por la erosión, generalmente desnudo o cubierto por un matorral relativamente bajo, hay que instalar plantas resistentes, espartanas, capaces de soportar duras condiciones generadas por los altos niveles de insolación y evaporación que se traducen en elevadas temperaturas y escasa disponibilidad de agua durante el período de sequía. Entre las posiblidades existentes, son preferibles las especies arbóreas a las arbustivas. Los motivos para ello residen principalmente en:

1.- Mayor desarrollo radicular de los árboles con potencia y profundidad de más alcance. La raíz es un sistema de absorción y bombeo de agua y minerales desde las capas profundas del suelo hasta la atmósfera y la superficie pero también de inyección de anhídrido carbónico en el suelo (CO2), lo que facilita la formación de ácidos que mineralizan el sustrato litológico.
2.- Mayor cobertura vegetal. Producen más sombra que los matorrales tanto por la biomasa foliar como por la mayor altura de la misma, generando una capa de aire intermedia que reduce las temperaturas a nivel de suelo, aminorando de forma notable la evaporación de agua. Ello genera gruesas capas de hojarasca que constituyen un acolchado excelente para la prosperidad de las grandes y delicadas semillas de las especies frondosas (fagáceas por ejemplo)
3.- Los árboles por regla general son adecuados refugios para aves, que las usan como dormidero por su mayor altura que los matorrales. Eso favorece la deposición durante las concentraciones tanto de excrementos como las semillas que van en el mismo o simplemente son transportadas por las aves. Esta circunstancia depende principalmente de la espesura del arbolado, siendo muy notoria en los bordes de los rodales que se forman.

Es por ello que los pinares se han utilizado como la principal herramienta en restauración forestal.

Su uso ha sido un tema controvertido, posiblemente debido a una falta de conocimiento histórico en el devenir de los montes españoles y también a otra de carácter botánico que les lleva a ser considerados como exóticos o ajenos a las sucesiones vegetales naturales en la Península Ibérica. También ha favorecido la confusión la finalidad mixta que se ha buscado en algunas ocasiones, usando especies más productivas o de crecimiento rápido que otras más adecuadas, incluso siendo aquellas exóticas y estas autóctonas (caso de Pinus pinea L.)

En el tema de los pinares artificiales y en concreto en España, se reúnen varias circunstancias.

La primera es que no siempre se han usado para restauración forestal. En algunos casos, (norte peninsular y costa atlántica), se usaron para producir madera, sobre todo en la época donde España era autárquica (Dictadura) y ser autosuficiente era una garantía. Por otra parte, el nivel de desarrollo de un país, pasó de medirse en la cantidad de trigo o pan que consumían en la cantidad de papel que consumía, siendo la pasta de celulosa por tanto un indicativo importante. Eso derivó posteriormente (años 70) por ejemplo en el boom del eucalipto. En el norte, robledales y tierras con menos problemas de recuperación natural, fueron dedicadas a cultivo de pino insigne y posteriormente de eucalipto. Anteriormente, se usaron otras especies como el pino marítimo, el salgareño o el albar para construcción naval. Y así empezó la reconstrucción de bosques en esta como en otras tantas comarcas marginales de la España rural.En el caso que nos ocupa y sirve de ejemplo a estas líneas son los montes públicos Genalgandúa (Jubrique) y Los Ballesteros-Barranca Honda (Pujerra) adquiridos en los años 70 del siglo XX por el Patrimonio Forestal del Estado para su repoblación. La actuación se enmarcaba en la ampliación de la comarca forestal unida a los montes públicos antes mencionados y a la que se sumaban otras acciones similares mediante la puesta en marcha de Consorcios con particulares o Ayuntamientos. Así montes como Acequia de Chúcar, La Raijanilla o Lomas y Ferreiras (Ayuntamiento de Júzcar) se unieron a la iniciativa. Además de frenar la erosión, crear paisaje y otros beneficios ambientales, la actuación tenia ante todo un marcado carácter social destinado a la creación de empleo en el medio rural. Cuarenta años después, los resultados son obvios y se sigue generando empleo y una alta producción económica a su costa, lo que muestra el acierto de aquella decisión. Vaya en pro de la memoria de quienes planificaron y ejecutaron aquellas actividades. Hoy nos toca a otros proseguir la labor técnica de quienes decidieron plantar aquellos primeros pinos.

La política forestal española, diseñada principalmente en la segunda mitad del siglo XIX ha durado prácticamente un siglo (años 80 del s. XX). Disgregadas las competencias del Estado por su transferencia a las distintas Comunidades Autónomas inicialmente se perdió su sentido de cohesión que por ejemplo entra en contradicción con la protección de las cuencas hidrológicas. Por no hablar de los distintos rumbos y orientaciones que cada una de ellas ha dado a los montes cuya gestión fue transferida. Gran parte de los fondos antes empleados en generar empleo dentro de la gestión forestal se han destinado a otros menesteres, con distinto contenido y a veces incluso sin ninguno. De un Estado protector del empleo se ha pasado a 17 gobiernos autonómicos con criterios dispares y a veces con contenido vacío para el destino de esos fondos. Del empleo subsidiario se ha pasado al subsidio desempleario. Esto no influye en el tema que tratamos más que por la pérdida de dedicación presupuestaria que se destina a la gestión forestal de una u otra forma.

La intención inicialmente prevista quedó liofilizada y la gran superficie que se consiguió reforestar, en torno a unas 100.000 ha por provincia (aprox. un 10% de la extensión provincial media) quedó prácticamente parada a expensas de ser realizados los trabajos selvícolas que las masas creadas iban necesitando a medida que avanzaba su normal desarrollo. Y así los montes prácticamente quedaron estancados a la espera de un manejo correcto, víctimas de un cambio tecnológico que depreció o no revalorizó la madera como producto principal en la medida adecuada que permitiese llevar a cabo una autofinanciación de los tratamientos mediante el aprovechamiento de los productos resultantes. Ello les ha hecho víctimas de incendios, plagas y sobre todo de algo que no se habla normalmente, el colapso fisiológico. No hay crecimiento vegetal por falta de espacio en la superficie para el aumento de diámetro, por falta de luz, y tampoco hay crecimiento a nivel de raíces. Eso lleva a estados de decaimiento que acaban en muerte súbita de ejemplares aislados o por rodales, a mayor sensibilidad a enfermedades, plagas y el pisón homogeneizador que siempre pende como amenaza en el ambiente mediterráneo, el fuego.

Donde los montes son accesibles y la rentabilidad de los productos que se obtienen facilita el aprovechamiento de sus productos (madera ante todo), las cortas progresivas van teniendo lugar. Es lo que se ha podido llevar a cabo en montes de topografía no muy accidentada como son los de Sierra Morena, Sistema Ibérico, Alcornocales y en los montes que a que nos hemos referido.

 En otro tiempo, la orientación productiva maderera propició la eliminación del matorral asociado o de progresión que formaba el sotobosque de los arbolados. Ello tenía un mal entendido concepto de la competencia y la producción, así como una absoluta indiferencia o casi persecución por lo que era la biodiversidad salvaje. Actualmente el concepto ha cambiado y la cobertura arbórea sirve de dosel protector a matorral y arbolado de sustitución que lleva a una modificación natural y progresiva del arbolado. La corta progresiva del arbolado inicial en estado maduro, da como resultado un cambio absoluto en la composición vegetal, propiciando la transición hacia el bosque natural.

En este estado final, la regla general es que dominen las frondosas. Sólo en casos extremos las coníferas se presentan de forma espontánea y persistente. Es el caso de los abetares, el pinar de pino albar (Pinus sylvestris L.), el negro (Pinus uncinata Raymond) o el salgareño (Pinus nigra Arnold) en altitudes muy elevadas. También el pino carrasco (Pinus halepensis Miller) o las sabinas (Juniperus sp.) en suelos con yesos o climas áridos y el pino piñonero (Pinus pinea L) o el negral (Pinus pinaster Aiton) cuando los suelos son extraños (alto contenido en magnesio como son las peridotitas o las dolomías). En el resto, son las especies de la familia Fagáceas el estado forestal final más estable y autopersistente. En su curso, las semillas (bellotas, castañas, hayucos) son el germen inicial.

En el caso que analizamos ese proceso ha generado con el tiempo un estrato base formado por las especies del género Quercus más frecuentes en la zona, alcornoque (Q. Suber L) y quejigo (Q. faginea ssp. broteri).

Llegado el pinar a un óptimo desarrollo, se procede a su corta, dando lugar a un alcornocal de sustitución que aumenta así la superficie de bosque autóctono y genera una formación estable, en consonancia con el clima, la biodiversidad natural y es más estable ante perturbaciones como los incendios forestales.Las semillas de Quercus, llamadas bellotas (del árabe al ballut) son pesadas y no tienen elementos propios para dispersión (alas, vilano, flotadores,…) Así que dependen de su poder alimenticio para que la capacidad acaparadora de los animales que las consumen se exceda y se queden abandonadas en lugares adonde ellas las portan. En este caso, lo más habitual y principales dispersores de bellotas son el arrendajo (Garrulus glandarius) y la paloma torcaz (Columba palumbus). Mi compañero Pedro Aguilar, guarda mayor que fue de las sierras Tejeda y Almijara me dijo una vez haber encontrado una paloma y que esta contenía en el buche 9 bellotas de encina.
Es por eso que los Quercus están principalmente presentes en los bordes de caminos, cortafuegos y lugares donde los huecos del bosque dejan crecer a los árboles y les hacen más frondosos y atractivos, además de presentar huecos a los que las aves pueden acceder.

El portador a veces deja caer alguna de las bellotas que lleva, o en el caso del arrendajo, las entierra como provisión para volver a recuperarlas más adelante. Cosa que sucede raramente. Así que las bellotas germinan amparadas por la cama de mantillo que generan los pinos, y el ambiente nemoral que producen (sombra y mayor humedad disponible, además de un suelo más mullido por el sinfin de raíces que ya hay y la vida animal del subsuelo).

A partir de ahí, los árboles crecen en sombra con dominancia apical…más en altura que en anchura, por lo que consiguen alturas más elevadas que los árboles que crecen al amparo del matorral y lo superan pasados los 2 metros que como mucho llega a alcanzar.

Normalmente los trabajos se inician en septiembre y se mantienen todo lo que se puede. Realmente la época adecuada es el verano, porque no llueve y permite la libre circulación de los camiones con pesada carga, sin destrozar los caminos, que no son de piso natural, sin revestimiento.

Las frondosas son más estables frente a los incendios por varios motivos:
1.- El fundamental es el tipo de hoja, planifolio es su denominación más técnica. Eso quiere decir que, frente al aciculifolio, disminuye la relación superficie/volumen de la hoja. De ese modo, se combina o queda menos expuesto al carburante natural, que es el contenido en oxígeno del aire. Es decir, por razones morfológicas o simplemente físicas, arde peor
2.- Por regla general, las coníferas tienen aceites esenciales muy inflamables (cineol, pineno, trementina…) que son volátiles y se convierten en aliados de la ignición y la combustión
3.- Las frondosas por el contrario, suelen tener alto contenido en taninos, que son compuestos orgánicos pesados, no volátiles y dificultan la combustión. Ejemplo más evidente, el castaño
4.- Las frondosas rebrotan fácilmente tras un incendio de forma natural, por su presencia de yemas secundarias, las coníferas no..salvo excepciones como algunos Juniperus, Taxus y dos especies de pino, Pinus canariensis y Pinus rígida.
5.- Algunas frondosas disponen además de gruesas cortezas o de materiales aislantes, como es la capa de tejido suberoso. El ejemplo más claro el alcornoque (Quercus suber L.) y el olmo (Ulmus minor Miller), si bien este en una proporción muy pequeña de su corteza.

Y así, uno tras otro, año tras año hasta que alguien nos suceda en el tiempo.

Antonio Pulido Pastor
Siece.org