Horas tempranas donde la cabeza necesita cierta tregua para empezar a reconocer formas y recuperar conceptos aprendidos. Uno de los hándicaps del camino son sin duda los madrugones. En este sentido no hay piedad alguna. Una vez recuperado todos los sentidos son pocos los minutos que uno tiene para desayunar y comenzar a poner un pie detrás del otro. Lo que nos esperaba era mucha lluvia, un cielo bañado de gris y una combinación visual algo sorprendente que atrapaba por su grandiosidad.

CAMINO CAPÍTULO 3

De mar a bosque

Si no me equivoco lo primero que atravesamos aquella mañana fue toda la playa de San Lorenzo. El paseo marítimo nos invitaba, nosotros obedientes circulábamos por él acompañados por un temporal nada aragüeño; nos caía una lluvia fina, perpendicular a nosotros, no muy fuerte pero sí persistente.

Hay que dedicar unas líneas al vestuario que caracterizó este día de caminata: como si las bolsas de basura de las casas circundantes se hubieran confabulado para asaltar las calles, todos los peregrinos que andábamos lo hacíamos ataviados con chubasqueros negros, muy feos pero útiles a la hora de evitar la lluvia. Del tránsito por ese paseo marítimo no tengo ni una sola foto, la lluvia amenazaba la lente de mi objetivo y no soy tan osado como para arriesgar la integridad de mi compañera. Una vez pasado el entono marítimo nos adentramos en el campo.

CAMINO CAPÍTULO 3

Este nuevo espacio compartía con el resto de los que ya habíamos recorrido el predominio de la espesura vegetal donde el pintor tiró de demasiado verde a la hora de confeccionar el paisaje. Su particularidad era clara: en el horizonte, por mucho que se avanzara aparecían estructuras industriales, fábricas de diferentes naturaleza.

CAMINO CAPÍTULO 3

En primera instancia tal combinación, fábricas metalúrgicas y bosque parecen incompatibles pero como el propio ser humano, la capacidad de adaptación, en este caso del espacio, es asombrosa. Las fábricas eran imponentes por su tamaño. Con el cielo nuboso y con las grandes construcciones ocupando gran protagonismo parecía que nos encontrábamos ante los restos de una gran batalla que había tenido lugar mucho tiempo atrás. Si no fuera por el humo que desprendían las chimeneas parecían fábricas abandonadas. Las grandes moles metálicas respetaban a su manera el espacio vegetal, e incluso a la industrias ganaderas, otra cosa es cómo tendrán las vacas los pulmones.

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Ya he dicho que este paisaje tiene un carácter propio al resto, pero también comparte otros que nos hacen recordar (si es que somos sumamente despistados) que nos encontramos en Asturias. Hórreos ajenos al paso de los peregrinos o las vacas, siempre atentas al paso de los viandantes; te miran preguntándote, sin gestos ni sonidos, qué cojones haces parado apuntándolas con un cacharro entre las manos.

CAMINO CAPÍTULO 3

Uno de los encantos del camino de Santiago es el paso por entre las casas asturianas. Por un momento ves un hogar ajeno, con sus costumbres, su decoración, en cierta forma mostrando leves señas de la vida de los que la habitan, de la vida de los asturianos.

El bosque nos acompaña, nos guía a través de sus flechas amarillas. Sin aviso las indicaciones se indignan y dejan de aparecer, es entonces cuando nos vemos obligados a preguntar, tarea algo difícil cuando los únicos habitantes que llegamos a ver no se caracterizan precisamente por sostenerse sobre dos piernas. Algo más adelante entramos en una especie de cruce donde el terreno da una pequeña tregua y deja que los habitantes se asienten; este espacio del que hablo (del que no sé si quiera si posee nombre) constaba de una iglesia cerrada, como aquellas que nos vamos encontrando en nuestro camino, unas cuantas casas y dos carreteras que se cruzan formando una especie de plaza cimentada por asfalto. Por delante de nuestras narices, al igual que los hórreos, una mujer pasa sin prestarnos atención, una mujer ya entrada en años calzada con unas madreñas que acaparan toda nuestra atención. Es ella quien nos salva de nuestro lapsus y nos marca el camino. A falta de flechas, las personas.

CAMINO CAPÍTULO 3

Al ser un grupo tan extenso no es raro que en él vayas con unos y con otros. Ese día no estuve ni una sola vez solo como sí paso en el resto de días. Conforme vas avanzando en el camino puedes pasar de andar con una sola persona a de repente ir acompañado por 10.

CAMINO CAPÍTULO 3

CAMINO CAPÍTULO 3

Nos frenamos en seco ante lo que parecían unas vías de tren desoladas, incrustadas en una fábrica inmensa; grandes grúas servían para elevar unas placas de algún tipo de metal, seguramente de toneladas de peso. La bastedad de la maquinaria atrapaba. Las vías reviven y un tren de carga oxidado del siglo pasado (como mínimo) las recorre a baja velocidad. Una vez logramos despegarnos del paisaje mecánico recordamos nuestra naturaleza biológica y sus necesidades, nuestros estómago reclamaban la presencia de un bar en el espacio.

CAMINO CAPÍTULO 3

El paisaje solo presentaba carretera por lo que nos veíamos obligados a continuar. Vimos un bar pero al acercarnos como zombies al asalto de una casa habitada nos topamos con el cartel de «cerrado». Resignados continuamos caminando. El camino también es esto, andar cuando no quieres, cuando las fuerzas te empiezan a fallar.

Nos topamos con la Generosa

Por fin vimos un bar abierto. No he visto un nombre más bien escogido y tan adecuado para un local. Una vez en nuestros puestos apareció una mujer joven, de unos 35 años, flaca, de rostro agradable, con el pelo rubio. Su sonrisa iba acompañada de las preguntas de rigor. Primero llegó un gran bocadillo de casi un metro de longitud. Después le llegó el turno a un plato de quesos. Una vez los platos vacíos hizo incursión toda una procesión de tapas: chorizo, empanada, albóndigas. La propietaria (cuyo nombre no me acuerdo muy a mi pesar) no escatimaba en sacarnos comida, parecía que su propósito era el engordarnos para después cocinarnos a fuego lento y servirnos en forma de tapas. Una vez que ya no pudimos comer más llegó el turno de sus palabras. Nos contó que era propietaria de ese local que alimentaba a los peregrinos. Su generosidad no se quedaba en la comida, nos ofreció su propia casa si teníamos algún problema con los albergues. Era madre soltera y su único propósito giraba en torno a su hijo. A la hora de traernos la cuenta nos cobró solo el bocadillo de un metro de longitud.

CAMINO CAPÍTULO 3

El bosque comenzaba a replegarse y llegaban las personas. Aquí las casas ganan la batalla y se hacen con el lugar. Son ya muchas las personas autóctonas que nos vamos encontrando por nuestro camino y es cuando nos topamos con un señor mayor con rostro amigable. Como parecía receptivo lo convertimos en flecha amarilla. Era una persona encantadora que desbordaba simpatía. Nos aconsejó hacer nuestro último tramo de camino (antes de llegar a Avilés) por un sendero que en un principio parecía que nos desviaba de nuestro fin, pero cuya ventaja residía en que el camino bordeaba todo un río, camino natural frente a la carretera que se presentaba frente a nosotros.

CAMINO CAPÍTULO 3

El inconveniente era que este era más largo algo que molesta cuando ya son muchos kilómetros los que llevas recorridos en un solo día. Aún así valió la pena. El camino desembocaba en un puente que servía como entrada a la ciudad más profunda. Tras una jornada pasada por agua llegamos por fin a Avilés. La ciudad ignora nuestra presencia, ya hay demasiadas personas para caer en nuestra cuenta.

 

Lee el capítulo 1 y 2: El Camino de Santiago