Villaviciosa

Llegamos a nuestro destino tras muchas horas de coche e inmediatamente soltamos nuestras maletas para meternos de lleno en lo que interesaba: los bares. Ya en la calle, desorientado y excitado, veía ante mí locales abarrotados, bullicio sin orden que posiblemente caracterizaba, a esas horas de la noche, las calles de Villaviciosa.

Me fijo en los camareros que atienden sin descanso a los clientes y en principio no veo diferencias con aquellos del sur con los que me encuentro familiarizado, salvo por un detalle: crean una y otra vez hilos de color dorado que se precipitaban sobre el vaso que colocaban estratégicamente bajo sus caderas.

Ni queriendo se podía huir de la presencia de la sidra. Al fin entramos en un bar. Entre el caos de personas, platos volando de mano en mano, cabezas y brazos moviéndose al compás de las conversaciones, se podía entrever el río vertical, el escanciado. 

Comienza el camino

Es un nuevo día y el comienzo de nuestra caminata. Por cierto, el camino lo llevé a cabo con mis padres y con su grupo de parroquia. De la misma forma que son fieles a su fe también lo son al Camino de Santiago, ya que año tras año se ponen a patear uno de sus particulares tramos. Puede sonar nada apetecible ir con un grupo de parroquia, y así lo era, pero puse mis prejuicios a prueba motivado por el ansiado objetivo de ganarle la batalla a la sequía fotográfica.

Ese año decidí “acompañarlos”, y uso las comillas porque por lo general era raro que me encontrara con ellos durante el tiempo que duraban las etapas. Es más, siempre era el último en llegar. Empezábamos todos juntos pero la fotografía actuaba como una roca atada a mis piernas ya que tras 10 minutos andando, todo el grupo, incluso señoras de 60 años, ya me llevaban kilómetros de ventaja. A cada vuelta de esquina aguardaba un proyecto de fotografía, y así, a cada fotografía mayor se hacía la distancia entre el grupo y mi persona. 

Llevaba aproximadamente una hora caminando y naturalmente ya me encontraba solo. El paisaje rural me regalaba escenas a priori inconcebibles en una mente `urbanita´, por ejemplo las vacas que veía a escasos metros de una casa, pastando junto a ropa tendida a su aire. 

El paisaje estaba constituido por pequeños detalles que formaban un todo inconstante: muchas vacas, algunos hórreos, postes de la luz que parecían salir de la propia tierra debido a sus trajes de hojas con los que se revestían, pequeñas manzanas de sabor ácido que se encontraban en los extremos del camino; estos frutos compartían la misma sensación de abandono que los locales de sidra cerrados que dejé tras de mí al salir del pueblo, locales que me fui encontrando cuando tuve que empezar la ruta y salir de Villaviciosa. Los veía como museos mortuorios, museos maltratados por el tiempo y de los que nadie se hacía cargo. Su sola presencia te hacía entrar en contexto; te contaban la unión inseparable entre Asturias y su sidra.

A pesar de la fama social que tiene el Camino de Santiago, encontraba más a animales que a personas. Se podría haber pensado que la gente seguía en los bares, dejando a su suerte a sus animales, ya que eran muchos los metros que caminaba sin la oportunidad de ver otro rostro.

Descarté la hipótesis del bar cuando vislumbré una figura inmóvil que encontré al subir una de las muchas cuestas que aún quedaban. Conforme subía veía de forma más nítida a un hombre sereno, con cara amable, que coronaba la subida. Parecía que cobraba por estar inmóvil. No hacía otra cosa que estar. Le hice una fotografía y se enorgulleció por saber que su trabajo iba a quedar inmortalizado. Sé que soy injusto al insinuar que su trabajo era hacer nada, seguramente el oficio de ganadero tiene que ser duro; pero el papel de fugaz visitante me quitaba la responsabilidad moral de mi injusto pensamiento. 

El camino viraba entre espacio descubierto y la frondosidad más descarada. Había periodos en los que la vegetación formaba túneles naturales que podrían competir arquitectónicamente con aquellos que se encuentran en las autovías.

Los hórreos que aparecían de improviso se presentaban con la misma actitud paciente y contemplativa que tenía el hombre de la cuesta. Éstos otorgaban carácter al camino y te ponían en guardia ante una posible actitud retrospectiva. Me provocaron preguntas como ¿cuándo se pudo construir? ¿qué gentes habrán pasado junto a él? pero la más significativa era ¿cómo demonios lograron que se mantuvieran en pie? Su estructura era una clase magistral de estoicidad. Pensé en aquellas personas que se encuentran en una etapa complicada de sus vidas. Éstas harían mejor en descartar el psicólogo y optar por pillar un billete hacia Asturias y contemplar durante horas el primer hórreo que se toparan en su camino. Sería más efectivo y provechoso a la hora de curar sus inestabilidades. 

Tras el hórreo más camino. Eran ya horas las que dejaba tras de mí. Me encontraba bastante fresco a pesar de que esta era la más dura de todas las etapas que nos quedaban.

No tenía prisa por llegar al primer albergue cuando se presentó ante mí, bajo la imagen de una dicotomía perfecta entre dos ambientes naturales convencionalmente contrapuestos, el final no esperado; una imagen idílica para los indecisos que reúne en un mismo cuadro mar y montaña.

 

Lee el capítulo 1: El Camino de Santiago