CARRETERA HACÍA VILLAVICIOSA: EL CAMINO DE SANTIAGO COMO UNA NUEVA OPORTUNIDAD

Hacía tiempo que el visor no se interponía entre mi ojo y el espacio. Desánimo, desasosiego, falta de voluntad; ingredientes de un cóctel perfecto donde la cámara se encontrara tan aburrida y sola que si hubiera podido se hubiera tirado por la ventana. Ya no existía el interés por registrar, por capturar un momento concreto de mis circunstancias. Todo ello agonizaba en lo más profundo de mi ser ¿Ya no sería fotógrafo? ¿había muerto en mí el poder de la curiosidad?

Es entonces cuando me ofrecen hacer el Camino de Santiago, concretamente un trayecto del camino del norte. Me informaron que recorreríamos gran parte de la costa asturiana, desde Villaviciosa hasta Luarca. Para muchos sería una oferta irrechazable, pero por mi parte dudé mucho antes de decidirme. No es fácil vencer de un solo paso todo el pesimismo acumulado. Aún así, hubo  una idea que provocó un cambio de actitud, y ello no fue el placer de viajar, lo que comería, o a quién podría conocer. Lo que incentivó mi interés fue la oportunidad de captar imágenes, tomarlas a unos mil kilómetros de distancia. Por un momento vi una oportunidad clara. Era ahora o nunca: el  posible renacimiento del interés por la fotografía.

En Málaga, metido en el coche, con la cámara (ya un poco más animada) sobre mis piernas, con la mochila preparada y sin opción a volver a casa, pensaba “¿Seré capaz de conseguir lo que quiero?” “dentro de 7 días y ya en casa ¿estaré orgulloso de haber apostado por esto?” La carretera ya me daba las primeras pistas. A través de la ventana del coche corrían ante mí espacios infinitos, efímeros,  poblados por gigantes metálicos, lineas que aparecían y desaparecían a su antojo, todos con prisas, todos con la intención de dejarme con las ganas ¿no había manera alguna de convencerlos para que se dejasen mirar?

Guarromán fue la primera parada para descansar. Sentados en la terraza de un bar, cuando los camareros dejaban frente a nosotros lo que minutos después ya no encontrarían, vi a un señor mayor que sin saber porqué llamó mi atención. El hombre se encontraba de pie, frente un muro de piedra que formaba esquina, sin moverse. Dejé mi bocadillo (raro en mí) y sin pensarlo dos veces fui a su encuentro. Me acerqué, miré, alcé la cámara y tomé la foto, no sé si buena o no. Lo que sí pude saber fue que una persona que no conocía de nada y un lugar que nunca había visto antes me regalaron lo que tiempo atrás había perdido: el gusto por la fotografía.