El valle del Genal, es una de las comarcas más bonitas de todo el sur europeo. Su habitual intensidad luminosa, su privilegiada temperatura y su acentuada precipitación anual le convierten en un auténtico vergel natural. Sus tierras son más forestales que agrícolas y por eso en ella dominan los bosques y matorrales. Tan debe ser este uno de los rincones privilegiados de la península ibérica que, ya en tiempos de Al Andalus, sus moradores le pusieron como nombre Yannatu-l-lah, “el paraíso de la providencia”. Sus particulares características físicas y sus condiciones climatológicas hacen de este enclave el de mayor productividad vegetal de toda España. Su perfil montañoso asentó en ellas poblaciones que usaron el regadío como técnica de primor para el cultivo del suelo y mantenerse a lo largo de generaciones. Al parón caótico que debió suponer la locura vitícola de los siglos XVII al XIX le ha sucedido un tapiz arbóreo en mosaico que difícilmente se puede encontrar en otra parte.

Al visitante le extraña e impresiona dicha variedad multicolor que, en otoño o primavera pintan el mosaico vegetal que allí se expresa. Esto unido a la abrumadora hospitalidad de sus gentes y la serie de tradiciones antiguas que aún se encierran, le hace un referente inexcusable en el sur de Europa, siendo posible viajar imaginariamente a través del paisaje a más de mil kilómetros en tan solo unos minutos con sólo cambiar de vaguada tras el siguiente recodo en el camino.

Con la llegada del verano, se acentúa de nuevo la actividad en su seno y las laderas de los montes se llenan otra vez de actividad humana. Los grandes colosos y su prolífera cohorte sucesoria se rinden ante el evento productor que se sobreviene.

Cada uno de esos árboles, se ofrece para bailar con un hachero que, como un hábil pretendiente se abraza a su contorno buscando los mejores pasos para llevar a cabo esta singular danza. Este baile no tiene más regla que la persistencia, la ejecución certera y sensible que evite el daño en la capa generatriz que, de nuevo se pondrá a producir una nueva cubierta suberosa. Así durante varios ciclos de nueve o diez años. Trazar y rajar con el hacha, despegar con la burja, son las directrices generales que marcaran los pasos y posturas más convenientes con los que adular a esas singulares bailarinas, las troncas del alcornocal. Desde el pie del árbol hasta varios metros de altura, a veces el hachero se torna en felino o reptiliano, para poder trepar entre los grandes brazos del árbol y conseguir la desnudez permitida en cada caso. “Hasta donde el corcho se de”, es la máxima genérica.

Así, al igual que los grandes cetáceos, estos mastodontes van siendo rajados y desgajadas sus barrigas para dejar salir el producto insustituible que aisla y protege como ningún otro. La industria del silencio, de lo ignífugo, del parquet…y sobre todo del vino, los consume como un producto sin parangón.

A su vez, esta repetitiva rutina, es todo un festival de color y de sonido, un viejo ritual que ya marcha camino de su quinto centenario desde que, a mediados del siglo XVII se empezara a apreciar la corteza del alcornoque como sello guardián de los mejores vinos embotellados. Durante julio y agosto, los aún húmedos barrancos del alcornocal se adornan con el carmin de las flores de adelfa y el nácar de los arrayanes. Sólo en lugares muy privilegiados el raro Ojaranzo, con sus espléndidas flores purpúreas, el frondoso acebo o el laurel se mantienen aún como legado de un pasado clima subtropical. El cortejo de grandes y raros helechos que les acompañaban en aquel clima ancestral, también tapizan de verde el suelo de estos lares e incluso el tronco de muchos de sus árboles más viejos y monumentales. A esa carta cromática de verdes y carmines se agregan los ocres y pardos de la vegetación agostante. Pese al cobijo umbrófilo de la densa cobertura arbórea, los rigores estivales imponen su criterio y la marchitez va imperando en muchos de los vegetales que aquí se encuentran.

Sobre los troncos naturales, un poblado de líquenes y algas de color verdeazulado es desmontado a lomos del bornizo cuando no es el corcho secundero al que llega su turno. Y así, las umbrosas entrañas del alcornocal se tintan con la herrumbre que cubre los troncos de forma inmediata cuando el hacha termina de entonar el característico gemido con el que la pana suberosa se despide de la capa madre que lo ha generado.

Esas corazas decenales se amontonan en el suelo y una recua de acémilas serpentea por las colinas hasta llegar a ellas, para una vez en su lomo, sacarlas hasta cargadero de camión. Las mulas, y más aún los burros, son de esas especies animales en vías de extinción a las que el hombre aún se resiste a rendirles el merecido tributo por deberles gran parte del progreso y la subsistencia en el curso de su historia. Sus libreas y arreos son toda una partitura de texturas y colores. Los saltarines mosqueros, los urdidos ronzales, las albardas, correajes, son un micromundo de dibujos, formas y notas cromáticas que enlazan un pasado lejano del transporte con la actualidad más reciente de los vehículos a motor.

Este año, el suberal y su entorno está de fiesta. El precio del corcho en pie ha sobrepasado el euro y medio por kilo, doblando así la cantidad en que se ha valorado en otros años. Ello hace que los propietarios, muchos de ellos Ayuntamientos, tengan en alta estima a estos montes, que, por su carácter natural, acrecientan su valor además tanto por motivos paisajísticos como por la estabilidad que presentan ante las irregulares y peligrosas circunstancias ambientales del ámbito mediterráneo. De este modo, el monte alcornocal se convierte en un recurso de primera mano para los vecinos que habitan aún estos pueblos. Los ingresos que generan los montes públicos, en definitiva revierten de una forma indirecta sobre ellos. Y también de forma directa para quienes se encuentran vinculados a la gestión y aprovechamiento de los montes. Corcheros, arrieros, transportistas, leñeros, colmeneros, artesanos e industrias de la transformación basan su vida cotidiana en el trabajo que aquí se despliega.

La propia existencia del monte es un recurso en si. En una sociedad que cada vez valora más la sensibilidad, la belleza, la calidad de vida, un paisaje como este, uno de los más aproximados al estado natural del monte mediterráneo y de los más genuinamente ibéricos, por su exclusividad, se convierte en un reclamo de primera mano, sobre todo ante la proximidad del potencial mercado visitante que es el litoral de Málaga y Cádiz o la ciudad de Sevilla, con más de un millón de personas a menos de dos horas de viaje.

Con todo lo visto, es fácil entender al tiempo de la pela del corcho como uno de los momentos de interés en estos montes, ofreciéndose una actividad poco conocida en el ámbito normal ciudadano. En verano además, hay que sumar la calidad de las aguas de este río. Pese a comentarios aparecidos en artículos de prensa recientes, no hay más que aproximarse al Genal, para comprobar el estado natural de sus aguas, transparentes, llenas de vida. Libélulas, mariposas, peces, ranas, galápagos, nutrias, son elementos distintivos y parte de la familia animal de este valle. Las pequeñas balsas artificiales que se instalan a lo largo del cauce, ofrecen la posibilidad para un baño muy distinto a la oferta recreativa que suele presentarse en otros lugares de este entorno meridional. Y para quienes tenemos conexión pasada, memoria de pueblo, es una recreación de vivencias infantiles.

Por tanto. una inmersión en el Valle del río Genal, es una oferta para bucear en el tiempo. Y adentrarse en la cuarta dimensión, es una de las difíciles habilidades para el ser humano, Dese esa oportunidad.

¡SUMÉRGETE EN TU HISTORIA!

Suber-is es el término latino usado para definir la corteza del alcornoque. De ahí su nombre científico Q. suber L. y el nombre portugués de “sobreriro” y “subereira” para el alcornoque y alcornocal. Por eso a este bosque lo llamamos bosque ex suberante, por desprenderse de su cubierta suberosa.

Dedicado:

A todos los habitantes del valle del Genal, guardiantes del Paraíso representados por sus alcaldes.